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viernes 17 abril, 2026

El vino de los buenos días o de los días buenos

La campanilla de la puerta de la farmacia sonó con el timbre suave de siempre, ese que Alberto decía que era casi un villancico perpetuo, porque sonaba más en diciembre que en todo el resto del año. Afuera, la calle del barrio madrileño se llenaba de luces en los arboles y bolsas de regalo; adentro, la farmacia conservaba su orden pulcro, su olor a alcohol limpio mezclado con lavanda, su cálida calma de refugio cotidiano.

Almudena estaba colocando unos apósitos detrás del mostrador cuando vio entrar a Don Julián.

—Buenos días, don Julián —saludó, con la sonrisa que le reservaba siempre—. ¿Cómo van esas piernas?

Don Julian era un anciano de edad indeterminable que vivía en una residencia cercana a la farmacia, viudo desde hace unos años sus hijos le habían ingresado para tenerle de un< casa a ota.

El anciano avanzó despacio, apoyado en su bastón. Llevaba bufanda oscura, gorra bien calada y una bolsa de cartón que parecía pesar más que él.

—Pues ahí vamos, hija —contestó—. No corren como antes, pero aún saben llevarme hasta vosotros.

Alberto se asomó desde el fondo del local.

—Eso es porque las piernas tienen memoria —dijo—. Y saben dónde las tratan bien.

Don Julián río sin dientes. No me los pongo pues no me da la gana, solía decir.

—Tratados bien… pocos sitios quedan ya —replicó—. En muchos te miran como si fueras una receta andando. Aquí, en cambio, siempre me preguntáis si duermo, si como caliente, si me tomo la pastilla como toca.

Almudena negó suavemente.

—No es nada especial, don Julián. Es lo normal.

—Pues lo normal empieza a ser lo raro —dijo él.

Colocaron sobre el mostrador la bolsa con su medicación mensual: el anticoagulante, las gotas para los ojos, el protector gástrico, el de la tensión …el viejo era incapaz de recordar los nombres. Alberto revisó que todo estuviera correctamente dispensado mientras Almudena sacaba una pequeña libreta.

—Venga, don Julián —le guiñó—. Repasamos igual que siempre.

El anciano fue respondiendo, paciente:

—La blanca por la mañana… la azul después de la comida… la rosita antes de acostarme.

—Perfecto —dijo ella—. Y no se olvide de caminar un poco cada día.

—Mi paseo diario hasta la farmacia es sagrado —sonrió él—. Si no existierais vosotros, tendría que inventarlos.

Al terminar, Don Julián miró de reojo la bolsa que había traído consigo.

—Bueno —anunció, carraspeando—, ahora toca lo mío.

Colocó sobre el mostrador la caja de carton y la abrió. Dentro apareció una caja de madera clara, robusta, elegante. En su tapa, grabadas a fuego, unas palabras: “Vinos de Castilla-La Mancha – Denominación de Origen”.

Almudena abrió los ojos.

—Pero don Julián… ¿esto qué es?

El hombre se puso serio de pronto, con una solemnidad que sorprendió.

—Un regalo —dijo—. De agradecimiento. Y no acepto discusión.

—Pero usted sabe que no…

—Ya lo sé —interrumpió—. Sé que no esperáis nada. Que el aguinaldo está en desuso. Por eso mismo quiero darlo.

Alberto abrió suavemente la caja. Dentro brillaban seis botellas de vino: tintos, blancos y un rosado, todos etiquetados con distintas denominaciones de origen de la región manchega: La Mancha, Valdepeñas, Manchuela, Méntrida…

—Son de mi tierra —explicó Don Julián, con voz algo temblorosa—. Yo nací en un pueblo de Ciudad Real, cerca de Valdepeñas. Mi padre cuidaba unas viñas pequeñas. No hacíamos vino para vender; hacíamos vino para vivir.

Los recuerdos parecían asomarle a los ojos.

—¿Que tiempos! Llevábamos el mosto en pellejos. En invierno, el vino acompañaba a la sopa y al pan duro. En verano, se refrescaba en el pozo. Y en Navidad… —sonrió— la mesa no era mesa sin una  gran botella abierta.

Almudena se había llevado la mano al pecho.

—Es precioso —susurró—. Pero es demasiado.

El anciano negó, con la seguridad tranquila de quien sabe haber hecho lo que correspondía.

—No es demasiado. Es justo. Vosotros dais medicina para el cuerpo… y algo más para el alma. Yo solo traigo vino, que es lo mismo, pero al revés. Y hecho una sonora risa.

Alberto se quedó mirándolo, con un nudo extraño en la garganta.

—Gracias, don Julián —acertó a decir—. De verdad.

—Gracias a vosotros —respondió él—. Cada día.

Pagó su cuenta, tomó el bastón y, antes de irse, se volvió en la puerta:

—En Nochebuena, cuando abráis una botella, brindaréis por un pobre viejo manchego que no ha olvidado el sabor de su tierra y que ya le queda poco para difundir lo bueno que ha vivido.

Y se fue, dejando tras de sí una estela invisible de emoción.

La farmacia quedó en silencio.

Almudena cerró la caja despacio.

—Qué cosas te regala la vida cuando menos las esperas…Ya me gustaría despacharles agua bendita que sanara los años.

—Qué regalo más entrañable —respondió Alberto—. Esto no es solo vino. Es agradecimiento embotellado.

Aquella noche cargaron la caja en el coche y marcharon a su hogar.. En casa, el belén presidía el salón, discreto; las luces del árbol parpadeaban tímidas. Almudena colocó la caja sobre la mesa del comedor.

—Vamos a abrir una hoy —dijo—. No puedo esperar a Nochebuena.

Eligieron una botella de tinto joven de la D.O. La Mancha.. El olor , sintieron, que llenó la estancia de frutas rojas de tierra seca , y una nota de manos callosas.

Sirvieron dos copas.

—Por don Julián —brindó Alberto.

—Por su padre y sus viñas —añadió Almudena.

Bebieron.

El vino era redondo, honesto, sin pretensiones. Tenía fuerza sin aspereza. Sabía a campo seco, a sol largo, a paciencia. Diría el experto.

—Dicen que el vino se parece al sitio donde nace —reflexionó Almudena—. Este sabe a historia.

—A tierra dura —asintió Alberto—. Como la gente de La Mancha.

Se sentaron juntos en el sofá.

—¿Te das cuenta? —dijo ella—. Trabajamos en una farmacia creyendo que solo damos medicamentos. Pero hoy he entendido que también somos un pequeño punto de cariño para las historias de los demás.

—Eso es lo mejor del trabajo de dar remedios que al final no lo tienen —respondió él—. La gente viene a por una ayuda a su dolor, pero termina contándote la vida, compartir es una forma de que duela menos.

Guardaron silencio. Bebieron otro sorbo, lento.

Durante los días siguientes, cada vez que entraba algún vecino conocido, Alberto o Almudena mencionaban casualmente el regalo, advirtiendo que no querían un regalo más pero que estaban emocionados de lo que les había pasado.

—Un cliente nos ha regalado vinos de Castilla-La Mancha —explicaban con orgullo—. Un gesto precioso.

Y ahí empezaban una la conversación.

Un repartidor comentó que su abuelo había vendimiado años en Tarancón. Una clienta confesó que ella solo compraba vinos italianos “porque no sabía que en La Mancha se hicieran tan buenos”. Preguntó dónde podía encontrarlos, le parecía un regalo genial.

—El campo manchego sabe hacer más cosas de las que creemos —replicaba Almudena, me he informado—. Hoy con Google todo esta más cercano.

Llegada la Nochebuena Invitaron a cenar a los padres de Almudena y una hermana de Alberto…La mesa estaba sencilla: cordero asado, ensalada, pan candeal. En el centro colocaron tres botellas ya abiertas: un blanco de Valdepeñas, un rosado de Manchuela y un tinto crianza de Méntrida.

—Todo un recorrido por Castilla-La Mancha —explicó Alberto—. Gracias a un vecino agradecido.

Sirvieron primero el blanco.

—Esto va perfecto con el marisco —comentó la madre de Almudena—. No tiene nada que envidiar a los gallegos famosos.

Después el rosado. suave, limpio, alegre.

—Este es una caricia —dijo la hermana de Alberto—.

Y por fin el crianza. Oscuro, profundo, equilibrado. Nadie habló durante el primer sorbo.

—Este… —empezó el padre de Almudena— esto es serio.

Alberto sonrió.

—Serio como el campo —afirmó—. El vino manchego no busca artificio: busca verdad.

Levantaron las copas.

—Por la gente buena —dijo Almudena—. Esa que tiene tiempo para agradecer.

—Y por la tierra —añadió Alberto—. Cada uno la suya. Que sin hacer ruido nos da tanto.

—Qué mundo tan raro —susurró—: una farmacia de Madrid y unas viñas de Ciudad Real unidas por un anciano y seis botellas.

—No es raro —replicó Alberto—. Es lógico. La bondad siempre encuentra caminos.

Se quedaron un rato mirando las luces del árbol.

—¿Sabes qué pienso? —dijo ella—. Que este vino no solo está bien hecho; está bien pensado. Detrás de cada botella hay gente que sigue apostando por quedarse, cuidar el viñedo, mantener una tradición.

—Y nosotros, desde aquí —respondió Alberto—, ayudamos a que esa tradición siga viva simplemente contándola. Eso debe ser el consumo responsable.

En los días posteriores, algunos clientes pidieron consejo, después que la conversación aflorara una y otra vez.

—¿Dónde consigo esos vinos manchegos que habéis probado?

Y Alberto respondía:

—Buscad denominaciones de origen: Valdepeñas, La Mancha, Manchuela, Méntrida.  Buscar en la página Campo y Alma del gobierno de Castilla -La Mancha. No os equivoquéis.

A veces, Don Julián entraba para saludar. Les guiñaba el ojo.

—¿Seguís dando guerra con mis vinos, todo el mundo me cuenta

—Y la que te darán —reía Almudena.

El 6 de enero, antes de cerrar por la tarde, abrieron la última botella de la caja. La compartieron solos, tras apagar las luces de la farmacia.

Alberto dijo:

—Este vino ha sido el regalo más bonito de esta Navidad.

—Porque es agradecimiento convertido en sabor —respondió Almudena.

Brindaron una vez más.

Y comprendieron algo sencillo y profundo:

Hay regalos que alegran una noche.

Y hay regalos que te enseñan a mirar mejor todos los días.

El vino de Castilla-La Mancha había sido eso: una lección embotellada de campo, bondad y memoria; un recordatorio de que en cada copa hay historias esperando ser contadas, personas que siguen cuidando la tierra para que otros, muchos kilómetros más lejos, puedan brindar sin olvidar de dónde viene el sabor que los reúne.

Y mientras levantaban las copas por última vez, ambos pensaron lo mismo:

Que en un mundo acelerado, desangelado, embroncado, con malas contestaciones y prisas, aquel vino había logrado lo que solo los grandes productos y los grandes gestos consiguen:

Detener el tiempo.

Vinos

DOP ALMANSA:

DOP JUMILLA:

DOP LA MANCHA:

DOP MÉNTRIDA:

IGP VINO DE LA TIERRA DE CASTILLA:

DOP VALDEPEÑAS:

DOP LOS CERRILLOS:

DOP MANCHUELA:

DOP RIBERA DEL JÚCAR:

DOP UCLÉS:

DOP VALLEGARCÍA:

DOP CASA DEL BLANCO:

DOP CAMPO DE CALATRAVA:

DOP MONDÉJAR:

DOP PAGO LA JARABA:

DOP PAGO DEHESA DEL CARRIZAL:

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