El pasado nunca se desvanece; de algún modo, palpita en nuestro presente. Si bien es cierto que la historia no se repite, en momentos críticos como los que vivimos resuenan los ecos de anteriores tragedias. Enric Juliana ha escrito alguna vez que el incierto período en el que nos adentramos se asemeja a un “Weimar global”. El infausto destino de la república alemana, alumbrada por una revolución, erosionada por una caótica sucesión de acontecimientos y finalmente abolida por Hitler, se ha convertido en una evocación recurrente en boca de no pocos analistas políticos. Y aunque conviene manejar con prudencia las analogías, es indudable que la historia de la República de Weimar contiene valiosísimas enseñanzas y – ¿por qué no decirlo? – sobrecogedores paralelismos con determinados fenómenos socio-políticos que se desarrollan hoy ante nuestra atónita mirada.
En ese sentido, resulta altamente recomendable la lectura de la obra, recientemente publicada, del periodista Volker Ullrich “El fracaso de la República de Weimar. Las horas fatídicas de una democracia” (Ed. Taurus), una minuciosa reconstrucción de aquel período histórico, cuyo desenlace había de ser decisivo para Alemania y para toda Europa. Pero, más allá del riguroso trabajo de investigación que sustenta el libro, hay una tesis que el autor pone de relieve a lo largo de sus páginas: en ninguna de las etapas a través de las cuales fue fraguándose el triunfo del nazismo hubo fatalidad alguna, nada estaba escrito de antemano. Los capítulos que jalonan esa historia constituyen una sucesión de encrucijadas. Los distintos actores políticos, desde la izquierda socialdemócrata y comunista hasta los fragmentados partidos burgueses, pasando por los estamentos del Estado y las clases poseedoras, tomaron ciertas decisiones, hicieron determinadas apuestas… y malograron sucesivas oportunidades de consolidar la democracia o, cuando menos, de evitar lo peor. No son insondables designios divinos, ni siquiera las condiciones objetivas en que nos desenvolvemos, sino decisiones humanas, adoptadas en momentos cruciales, las que acaban determinando la suerte de las naciones y de la propia civilización. De ahí la necesidad de forjar liderazgos que sepan leer a tiempo las bifurcaciones que dibuja la historia y tengan la firmeza necesaria para impulsar una alternativa progresista.
La primera república alemana nació del ímpetu de una revolución que desbordó a los representantes de un Imperio derrotado y a los dirigentes socialdemócratas, que habían pactado con los primeros un tránsito al parlamentarismo bajo el manto de la monarquía. La de 1918-1919 fue, de principio a fin, una revolución socialdemócrata. Un levantamiento de masas protagonizado por una clase trabajadora cuyo primer anhelo era recomponer la “unidad socialista”, rota durante el conflicto bélico entre el sector mayoritario del SPD, alineado con “el interés supremo de la nación”, y una importante minoría pacifista y crítica. Una revolución que enarbolaba un programa netamente reformista: no el de una dictadura proletaria, ni una socialización de los medios de producción, sino el de una república parlamentaria que aboliese los privilegios aristocráticos e instaurase un régimen de libertades y amplias medidas de protección social. No obstante, esa revolución fue recibida con temor y aversión – y finalmente sofocada a tiros – por parte del mismo gobierno que las bases socialdemócratas habían encumbrado. La República sobrevivió al descalabro de la revolución. Años más tarde, la izquierda tuvo aún ocasiones de hacer frente al ascenso – en absoluto “imparable” – del fascismo. Pero aquella temprana derrota abrió en la joven democracia alemana una herida que no dejaría de supurar en infectarse a partir de entonces… e instaló una división en la izquierda que persistiría incluso ante la amenaza inminente de un aplastamiento general del movimiento obrero.
La revolución fue abortada por el conservadurismo que había ido acumulándose en el seno del SPD. Sebastian Haffner describe con acierto el fenómeno en su trabajo acerca de ese trascendental episodio. (“La revolución alemana. 1918-1919”). A lo largo de décadas, la socialdemocracia creció siguiendo las peripecias de la unificación alemana – que no realizó la burguesía, fracasada en 1848, sino Bismark, a la manera prusiana, al frente de estamentos terratenientes y aristocráticos – y del desarrollo imperialista del país. Perseguida durante un tiempo, pero tolerada bajo el reinado de Guillermo II, la socialdemocracia fue progresando de elección en elección, relegando la perspectiva revolucionaria al campo de la retórica mientras iba instalándose en una práctica posibilista. “La política exterior de Guillermo II – escribe Haffner – favorecía sobre todo a la burguesía capitalista, que veía compensada su falta de poder dentro del país por buenas posibilidades de desarrollo exterior. Pero una parte de este nuevo bienestar, fruto de la expansión imperialista, también recaía sobre la clase obrera alemana: su situación andaba lejos de ser la mejor, pero era mejor que la de antes. Y quien percibe una mejora y espera lograr más, pierde las ganas de hacer la revolución.” Llegado el momento crítico de la guerra, a pesar de no desearla y tras unas primeras movilizaciones antibelicistas, el SPD acabó votando los créditos militares. En su fuero interno, “el partido tenía la impresión (…) de que la guerra era la factura que había que pagar” por un cuarto de siglo de expansionismo del que se había beneficiado la clase trabajadora. Pero, sobre todo, los líderes socialdemócratas, después de toda una vida apartados de los centros de poder, sintieron que “se les necesitaba”. Esa aspiración al reconocimiento – y el sentimiento de ser por fin llamados a participar en la dirigencia de la nación -habían de revelarse fatales.
A finales de verano de 1918, la guerra estaba perdida. Desde el Estado Mayor del Ejército, auténtico gobierno del país, se urdió un plan, concebido por el general Erich Ludendorff – que más adelante daría apoyo al emergente movimiento nacionalsocialista -: proponer un armisticio a los ejércitos aliados… al tiempo que se llamaba al SPD al gobierno, de tal modo que fuese la socialdemocracia quien se hiciera cargo de negociar las condiciones de la rendición, asumiendo la responsabilidad de la derrota. (Los mismos militares que la habían propiciado acusarían más tarde a los líderes socialistas de “traición a la patria” y de haber propinado “una puñalada por la espalda” al ejército, supuestamente dispuesto a luchar hasta la última gota de sangre. El mismo presidente de la República, Friedrich Ebert, a quien podrían hacerse muchos reproches, pero desde luego no el de falta de patriotismo, y que había perdido a dos hijos en la contienda, tuvo que soportar una infamante campaña en ese sentido; un acoso que mermó decisivamente su salud y precipitó su fallecimiento en febrero de 1925).
Ignorando por completo que el Estado Mayor ya había adelantado al presidente americano Wilson su decisión de rendirse el 29 de septiembre, Alemania despertó el 5 de octubre con un nuevo gobierno, dominado por los otrora proscritos socialdemócratas, con el príncipe liberal Maximiliano de Baden como canciller. La monarquía aderezada de parlamentarismo apenas duró unas semanas. La barrió el amotinamiento de la marinería. Sabiendo la guerra perdida, la oficialidad quiso, por su cuenta y riesgo, librar a finales de octubre una última y gloriosa batalla naval contra Inglaterra. “Pero las tropas no querían seguir muriendo, (…) y aún menos por el honor de una clase a la que no pertenecían y que no significaba nada para los soldados.” En Kiel, la insurrección desarmó a la oficialidad, liberó a los marineros presos y formó Consejos de obreros y soldados que tomaron el control de la ciudad. La administración siguió funcionando bajo la nueva autoridad popular que había desplazado de un manotazo a la dictadura militar. No fue un levantamiento contra el gobierno, sino contra la reacción militarista que lo amenazaba. Hasta tal punto que los insurgentes entregaron de inmediato el mando de la ciudad a Gustav Noske, miembro del ala más derechista del SPD, enviado por el ejecutivo para hacerse cargo de la situación. Pocos días tardó en restablecer los honores y cargos de una oficialidad a quien la revolución había arrebatado el poder sin ánimo de venganza… pero que jamás perdonaría a la clase trabajadora la humillación sufrida y no cejaría en hacérsela pagar con sangre.
Acabar con una revolución que “detestaba de todo corazón” y concebía como una catástrofe, irreconciliable con su aspiración “a una democracia burguesa y parlamentaria, un gobierno compartido por socialdemócratas y partidos burgueses de centro, un Estado donde reinasen la paz, el orden y el bienestar, un Estado de las clases medias donde los trabajadores tuviesen también una parte de ese bienestar”. Esa fue la obsesión que guió todos los actos de Ebert. No hay espacio en un artículo para pasar en revista los episodios de aquellos meses decisivos. La revolución llegó a Berlín, animada por la misma intuición que había encendido su llama en Kiel. De tal modo que fue imposible mantener el plan inicial: la monarquía cayó, la República fue proclamada… y el gobierno pasó a ser enteramente socialdemócrata, bajo el liderazgo de Ebert, quien tuvo que encabezar fugazmente un consejo de “comisarios del pueblo”, surgido de la agitación fabril de la capital. El instinto de clase del movimiento obrero apuntaba a la necesidad de aprovechar las semanas de desconcierto de las clases dirigentes, así como la desmovilización del ejército, para consolidar la democracia mediante una rápida reorganización del Estado, barriendo los vestigios feudal-burgueses del antiguo régimen. No se trataba de imponer una dictadura de los consejos, sino de sostener desde su recién conquistada autoridad el despliegue de una democracia parlamentaria plena, con libertad para todos los partidos, y en cuyo marco progresaría el movimiento socialista. Pues era de temer que, a la primera ocasión, las fuerzas reaccionarias se lanzasen a la yugular de la recién nacida república. Y así sucedió en diciembre de 1918 en Berlín, aunque la revolución ganó esa primera batalla. Pero el gobierno, empeñado en su idea de “mantener el orden” a toda costa, se abalanzó contra los sectores más combativos del movimiento de masas; prefirió confiar en las fuerzas del viejo Estado, formalmente bajo su mando, antes que en el certero instinto de los trabajadores. Noske recurrió a los Freikorps, unidades paramilitares de extrema derecha. Tanto en Berlín, en enero de 1919, como a lo largo de los meses sucesivos en las distintas localidades donde persistían los consejos de obreros y soldados, lo que derivó en sangrientos episodios de guerra civil. Fueron esas unidades las que asesinaron a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. Un crimen que sería el preludio del destino trágico de Alemania y que abrió un foso insondable de división y resentimiento en las filas de la clase obrera. (Una acción infame que se quiso enmascarar con la leyenda de una “insurrección espartaquista” que nunca existió. Rosa Luxemburgo y su compañero, a pesar del prestigio ganado por su firme oposición a la guerra imperialista – y más allá del eco de sus críticas al diletantismo y a las maniobras de Ebert y Noske -, carecían aún de predicamento sobre unas masas obreras que, mayoritariamente, permanecían fieles al SPD. Rosa y Karl representaban, eso sí, una esperanza; eran la semilla de un socialismo democrático consecuente, alternativo a la pequeñoburguesa estrechez de miras de los líderes reformistas. Con la torpe complicidad de los mismos, la contrarrevolución aplastó esa semilla antes de que pudiese germinar).
La socialdemocracia pagó cara la represión desatada sin complejos por Noske. Las fuerzas contrarias a la República se envalentonaron. En marzo de 1920, un golpe militar trató de instaurar una dictadura bajo la batuta del terrateniente prusiano Wolfgang Kapp. Una potente huelga general frustró esa intentona. Pero, el mal estaba hecho. Si bien Ebert siguió como presidente de la República, la socialdemocracia perdió para siempre su preeminencia y la posibilidad de regir los destinos de Alemania. Finalmente, la gran depresión de 1929 – el país ya había vivido la locura de la hiperinflación de 1923 y sufrido las duras condiciones de reparación impuestas por el Tratado de Versalles – llevó al colapso la gran coalición del SPD con los partidos burgueses, de centro y católicos, liderada por el canciller socialdemócrata Hermann Müller. La exigencia de más y más recortes sociales la hizo insostenible. A partir de entonces, bajo la tutela presidencial del viejo mariscal Hindenburg y a golpe de decretos, se sucedieron gobiernos cada vez más escorados hacia la derecha… mientras se disparaba el paro – hasta rondar los diez millones de desempleados – y crecía la fuerza del partido nazi. (La experiencia del gobierno estatal de Turingia – donde se halla precisamente la ciudad de Weimar -, al cual se incorporaron los nazis en minoría en 1930, demostrando su capacidad para dictar condiciones a los exhaustos líderes de la derecha tradicional y normalizar las políticas fascistas, constituyó una suerte de ensayo general. Salvando todas las distancias, es imposible no pensar en las tribulaciones del PP a la hora de conformar sus gobiernos autonómicos con Vox).
Al cabo, sucedió lo que se venía gestando. En enero de 1933, Hindenburg propuso a Hitler asumir la cancillería al frente de una coalición de partidos fragmentados que subestimaban la determinación del führer y creían tenerlo “rodeado”. “Cinco meses, nada más, precisó Hitler para consolidar su poder”, subraya Volker Ullrich, ilegalizando a los partidos de izquierdas, desmantelando los sindicatos, suprimiendo la igualdad jurídica de los judíos, así como las libertades democráticas y emancipándose de cualquier control parlamentario… La vía hacia el Tercer Reich estaba expedita.
Amargas enseñanzas
Echando la vista atrás, Sebastian Haffner escribe: “A largo plazo, la huida del káiser y la caída silenciosa de la monarquía resultaron fatales por cuanto significaban. La clase alta alemana se veía privada de su tradición y su fuerza, a la contrarrevolución que había de venir le confería un carácter desesperado y nihilista que difícilmente hubiese tenido como movimiento de restauración monárquica. Y dejaba un vacío que acabaría llenando Hitler.” La democracia alemana sólo podía consolidarse a caballo de la revolución. Darle la espalda hirió de muerte a la República de Weimar. “Es cierto que la revolución no es algo que se hace por placer, como también lo es que corresponde a la política hacer todo lo posible por evitarla a través de reformas preventivas. Toda revolución es un proceso doloroso, sangriento y terrible, como un nacimiento. Pero, del mismo modo que un nacimiento, toda revolución triunfante constituye un proceso creador, un germen de vida.” He aquí la primera gran lección de Weimar. La etapa convulsa en que ha desembocado la crisis de la globalización neoliberal será prolija en tensos conflictos de clase. Saber leerlos y tener la audacia necesaria para liderarlos, renunciando a las rutinas de unos tiempos que ya no volverán, he aquí el desafío que se planteará a la izquierda.
La segunda gran enseñanza se refiere justamente a su unidad de acción, valiosa sobre todo en fases defensivas de las conquistas sociales y las libertades. Alemania brindó al mundo el más dramático ejemplo de una guerra, fratricida y suicida, en el seno del movimiento obrero. “En el Sexto Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en septiembre de 1928 en Moscú – recuerda Volker Ullrich -, se estableció la nueva ‘línea general’: según ella se estaba ante el comienzo de un período caracterizado por una ‘crisis final’ del capitalismo que habilitaría nuevas perspectivas para la revolución proletaria. El ‘enemigo principal’ era la socialdemocracia, que, según se decía, estaba sirviendo de ‘última reserva de la burguesía’ y mostrando ‘muchos puntos de contacto’ con la ideología del fascismo.” He aquí también un discurso cuyas resonancias son perceptibles en algunas airadas críticas de la izquierda radical de hoy en día. Desgraciadamente, cuando el Komintern adoptó la línea del “social-fascismo”, la ocasión revolucionaria ya se había desvanecido, lo que se cernía sobre Alemania era la amenaza del fascismo. Comunistas y socialistas disponían de fuerzas organizadas, sindicales y de combate, suficientes como para hacer frente a las SA antes de que fuese demasiado tarde. En realidad, la gran burguesía tardó en ponerse al lado de Hitler. “La SA reclutaba sobre todo a jóvenes de las clases medias dominados por el miedo a la proletarización”. Sin embargo, la división de la izquierda impidió una respuesta. El izquierdismo estalinista fue incapaz de entender el conflicto existencial que existía entre la socialdemocracia y el régimen de terror que proyectaba Hitler. “El gobierno de Hitler – escribía Trotsky en mayo de 1933 – necesita abolir la socialdemocracia. Sólo puede realizar su tarea aplastando la resistencia del proletariado y eliminando todos los posibles órganos de su resistencia. En eso reside el papel histórico del fascismo.” Los dirigentes socialdemócratas, por su parte, desmoralizados, tampoco llegaron a imaginar la radicalidad del proyecto nazi: esperaban tener que soportar, a lo sumo, un período liberticida similar al que habían conocido bajo las leyes antisocialistas de Bismark. Cuando Hitler fue nombrado canciller, hubo tardíos llamamientos al frente único obrero, formulados como un ultimátum; hubo manifestaciones de protesta… incluso la convocatoria, por parte del KPD, de un paro general que, con su limitada implantación fabril, los comunistas no tenían fuerzas para organizar. Pero los sindicatos se mantuvieron a la expectativa, por miedo a caer en una provocación. En esa atmósfera de temerosa resignación, hasta el Comité Central de los Alemanes de Creencia Judía llamó a “esperar en calma”, confiando en la salvaguarda de sus derechos al amparo de la Constitución. Sabemos lo que siguió. El movimiento obrero más poderoso de Europa sufrió así la mayor de las derrotas; una derrota sin combate cuyas consecuencias se hicieron sentir durante años.
A pesar de la lejanía en el tiempo – y a pesar de la disimilitud de muchas circunstancias -, resulta del mayor interés revisitar aquella tragedia. Justamente porque, de ser cierto que nos hallamos inmersos en un “Weimar global”, la historia de Alemania nos enseña que sólo la lucha consciente zanjará nuestro destino.


