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viernes 17 abril, 2026

El queso con alma

El coche cruzaba la llanura manchega como quien vuelve a leer un libro querido, en cada página, en cada kilómetro hay el recuerdo de un tiempo placentero. Fernando bajó la velocidad al ver, a lo lejos, los molinos recortados contra el cielo de diciembre.

—Mira, Jose —susurró, sin dejar de mirar al frente—. Siguen ahí. Como si lo único pintoresco de esta tierra sólo fueran los molinos.

Josefina sonrió, apoyando su cabeza en el cristal helado.

—Menos mal. Si un día quitan los molinos, yo ya no sabre de dónde soy.

  • La identidad castellano-manchega son más cosas.

La frase le salió a la par de los efluvios que venían de la parte trasera del coche.

 En el maletero, bien sujetos con mantas de cuadros y cajas de cartón, viajaban los tesoros que, unos días después, cruzarían de vuelta la frontera: ruedas de queso Manchego de distintas curaciones, quesos artesanos de leche cruda, otros más suaves, semicurados, alguno viejo como los olivos más antiguos del pueblo.

Se habían desviado a El Robledo (Ciudad Real) para conseguirlos a mejor precio. Alguno más caría a lo largo del viaje. El queso no era lo más importante del viaje. En estos días previos a la Navidad, sus padres,  la tierra, ellos mismos en su reencuentro con el ayer era lo que les hacía vibrar el alma.

Habían salido de Lyon de madrugada, acompañados por la niebla y por la duda de si esa vez sería suficiente con unos días. Nunca se quedaban satisfechos. Cada año, los padres estaban un poco más achacosos, más cansados, y la distancia entre La Mancha y Francia parecía medirse menos en kilómetros y más en preguntas sin respuesta.

—¿Te acuerdas de lo que dijo Camille en la última cena? —preguntó Josefina, rompiendo el silencio.

Fernando rió, imitando el acento francés de su amiga:

—“Vuestro queso ese… manch’gó… es simpático, pero un Comté bien afinado no tiene rival”.

—Pues ya verá este año lo que es rival —replicó Josefina, con orgullo—. Entre el curado, el viejo y el artesano de leche cruda, se le van a acabar las tonterías.

Sería fácil pensar que aquel viaje tenía como objetivo sólo las vacaciones. Pero, en realidad, el plan se había gestado una noche de otoño en su piso de Lyon, cuando, viendo llover tras la ventana, habían sentido la misma punzada: nostalgia de una mesa larga con pan candeal, vino tinto de la tierra y un queso en medio, cortado en cuñas generosas que se ofrecían sin preguntar.

—Nos hemos acostumbrado a los quesos franceses —admitió Fernando entonces—, y son una maravilla, sí. Pero cuando pienso en “casa”, pienso en Manchego. Y en mis padres diciendo “corta un trozo más, que para eso está”.

—Y tus amigos franceses siempre con que si Brie, que si Roquefort, que si Saint-Nectaire… —añadió Josefina—. ¿Y qué saben ellos de ovejas bajo el sol de agosto, de pastores en invierno, de la paciencia de darle la vuelta a las piezas día tras día?

Así había nacido la idea: llenar el maletero de queso Manchego para demostrar, con sabor y no con discursos, que la tierra que los vio nacer no tenía nada que envidiar a la que ahora les daba de comer. Un puente de leche y sal entre La Mancha y Francia.

Cuando por fin entraron en el pueblo, el reloj de la iglesia daba las seis de la tarde. Las luces de Navidad, sencillas y algo desparejas, colgaban sobre la plaza. En la puerta de casa, los padres de Fernando ya los esperaban, abrigados más por la emoción que por los jerseys de lana.

—¡Madre! —dijo Fernando, abrazándola con fuerza, sintiendo lo poco que pesaba aquella mujer que había cargado el mundo sobre sus hombros durante tantos años.

Hijo, que cada vez tardas más —respondió ella, sin reproche, pero con toda la verdad del mundo.

El padre se acercó despacio, bastón en mano, y les pasó a los dos un brazo por la espalda.

Pasad, que hace frío, y la sopa se enfría —ordenó, con ese tono cariñoso que no admite réplica.

La casa olía a lo de siempre: a caldo, a leña, a ropa tendida en el pasillo, a fotos antiguas mirando desde los marcos. En la mesa ya esperaba un plato de aceitunas partidas, unas tajadas de jamón finas como suspiros y, en el centro, como si supiera que su protagonismo iba a ser discutido, un queso Manchego semicurado abierto, con la corteza marcada en espiga.

—Para ir entonando —dijo la madre—. Ya habrá tiempo de probar las delicias francesas que traéis.

_ Queso no, respondió Fernando.

Fernando y Josefina se miraron, cómplices.

—Pues mira, madre, que esta vez las delicias vienen en dirección contraria —bromeó él—. El maletero lo tenemos lleno de queso… pero del nuestro. Es que vamos a resolver una afrenta histórica.

Después de cenar, bajaron los cuatro al garaje. Fernando abrió el maletero con una especie de ceremonia silenciosa. Las ruedas de queso aparecieron como pequeños planetas dorados.

—Curado, viejo, semicurado, artesano de leche cruda… —iba enumerando Josefina—. De El  Robledo,  y de una cooperativa que un pastor que aún lo hace con cuajo natural…

La madre pasó la mano por una de las cortezas como quien acaricia la piel de un hijo.

—Esto es más que queso —dijo, emocionada—. Esto es el campo entero metido en una rueda.

—Esto es vuestra infancia —añadió el padre—. ¿Os acordáis cuando venía el quesero a casa, y había que bajar corriendo con la lechera?

Claro que se acordaban. De las madrugadas de invierno, del vaho saliendo de las bocas de las ovejas, del cubo de leche caliente que parecía una luna blanca entre las manos de Fernando niño. De las veces que se colaron en la quesería para ver cómo se rompía la cuajada, cómo se llenaban los moldes, cómo se alineaban las piezas en las baldas de madera.

—Ahí aprendimos muchas cosas sin saberlo —dijo Fernando, ayudando al padre a cerrar el maletero—. Que todo lo bueno tarda, que hay que darle la vuelta a lo que se quiere para que no se estropee, que la paciencia tiene sabor.

—Y que, con pan y vino …no se anda el camino, sin queso no hay nada — carcajeo Josefina—.

Los días siguientes se sucedieron entre visitas, cafés, paseos cortos por el pueblo y largas sobremesas. Cada vez que un amigo de la infancia entraba en el bar y veía a Fernando en la barra, la alegría sonaba a choque de vasos.

—¡Hombre, el francés! —bromeaban—. ¿Ya se te ha olvidado hablar como las personas?

—Todavía sé pedir un chato y una tapa de queso —contestaba él—. Y eso que en Lyon nadie sabe lo que es un chato.

Una tarde, Fernando y Josefina fueron a la cooperativa del pueblo. Habían prometido a sus amigos franceses una cata “seria” de queso Manchego, y querían elegir alguno más con cuidado.

—Necesitamos más variedad —explicó Josefina al maestro quesero—. Algunos son más de sabores suaves; otros, cuanto más fuerte, mejor.

El hombre los miró con ternura, como preguntándose a que tanta ilusión en comprar algo que ellos comían todos los días.

—El Manchego tiene un poco de todo —dijo—. El semicurado es como los niños: alegre, fácil. El curado ya tiene historia, carácter. Y el viejo… el viejo es para los que no tienen prisa.

Eligieron varias piezas. Fernando las pesó con las manos, como si comprobara el peso de sus decisiones que toma en esa multinacional que le había llevado lejos de su pueblo y su gente.

—No sabéis la alegría que me da —añadió el quesero—. Antes, los que se iban fuera mandaban jamón, vino… Ahora también mandan queso. Es como decirle al mundo: “somos quiénes somos”.

La víspera de su regreso a Francia, cenaron los cuatro juntos, con calma. En la mesa no faltaron la sopa, un guiso de cordero y, por supuesto, un queso abierto, esta vez un Manchego viejo de corte frágil y aroma profundo. El pan se desmigaba entre los dedos, el vino tinto dejaba un rastro oscuro en los vasos.

—Nos hacemos mayores —dijo de pronto la madre, sin mirar a nadie en concreto.

La frase quedó flotando sobre el mantel como una migaja que nadie se atrevía a recoger. Fernando bajó la vista hacia el plato.

—También nosotros, madre —respondió, suave.

—Por eso —insistió ella—. Porque nos hacemos mayores todos. Y da cosa pensar que, cuando se acabe este queso, no sé cuándo os volveremos a ver.

El silencio duró lo justo. El padre se aclaró la garganta.

—La vida se ha vuelto muy rara —dijo—. Antes, el que se iba, se iba para no volver. Ahora podéis cruzar media Europa en coche, pero luego no lo hacéis. La distancia que duele no es la de las carreteras, es la de los días sin verse.

Fernando apretó la mano de Josefina debajo de la mesa.

—Lo sabemos —contestó ella—. A veces la vida es complicada, el trabajo, el dinero… Pero hay una cosa que hemos decidido: no queremos que este queso sea la última rueda que comamos juntos en Navidad.

La madre sonrió, con una mezcla de alivio e incredulidad.

—Ay, hija, no me prometas imposibles, que yo ya sé de que va esto.

—No prometo imposibles —replicó Josefina—. Prometo que, igual que llevamos queso Manchego a Francia para que nuestros amigos sepan qué es nuestra tierra, también traeremos más seguido nuestros cuerpos, que son los que os importan de verdad.

Brindaron en silencio. El vino, el pan y el queso fueron quedándose en el centro de la mesa como un pequeño altar doméstico. Allí estaba todo: el campo, el trabajo, las renuncias, la sencillez de una forma de entender la vida en un mundo lleno de incertidumbres.

No hacía falta decirlo en voz alta, pero todos lo pensaron: mientras pudieran sentarse alrededor de un queso, partirlo sin prisas y mojar el pan en aceite  y a sorbitos tomarse una copa vino, la vida seguiría teniendo un lugar firme al que volver.

Días después, en Lyon, en el salón de su casa y con Camille de principal invitada junto a mucha gente más. Habían prometido “una soirée du fromage espagnol”, y la curiosidad era un invitado más.

Camille, con su seguridad habitual, abrió la primera rueda.

—Alors, ça, c’est quoi exactement? —preguntó, teatral.

Fernando le quitó el cuchillo de la mano con delicadeza.

—Esto, ma chère, es queso Manchego. Este es semicurado: suave, pero con carácter. Luego abriremos un curado, y si os portáis bien, un viejo que ha esperado más de un año para estar aquí.

Colocaron las cuñas en una tabla. Josefina sacó del bolso una hogaza de pan que había traído del pueblo, cocida en horno de leña, y una botella de vino tinto manchego.

—Para hacer la prueba completa —explicó—. Este queso se entiende mejor con pan de verdad, no baguetes de supermercado, y vino que no finja ser bueno.

El primer bocado fue un momento de verdad. Camille masticó despacio. Sus amigos franceses, acostumbrados a comparar todo con algo conocido, esta vez se quedaron sin referencias claras. Toma ya.

—C’est… —buscó la palabra— chaleureux. Cálido. Firme. No es un queso que se excuse.

Abrieron el curado, luego el viejo. El salón se llenó de aromas a leche, a frutos secos, a campo seco que no se rinde al frío. Entre bocado y bocado, Fernando y Josefina iban contando historias: del pastoreo, de la quesería, de las meriendas de pan, vino y queso al caer la tarde, de la mesa larga de Nochebuena en el pueblo. Historias con Campo y alma.

—Comprendo mejor ahora —admitió uno de los amigos—. No es solo sabor. Es todo lo que viene con él.

Josefina sonrió.

—Exacto. Para nosotros, el queso Manchego no es solo “producto típico”. Es la forma en que aprendimos desde niños que con pan, queso y , ahora adultos, un poco de vino se puede construir una vida sencilla pero llena de fortaleza, incluso cuando el mundo alrededor se vuelve una tormenta de prisas y pantallas.

Camille alzó su copa.

—A vuestro queso —brindó—. Y a vuestros padres, que os enseñaron a comerlo así con corazón.

Fernando completó:

—Y a todos los que, cuando emigramos, no se quedaron solo en la nostalgia, sino que nos empujaron a llevar la tierra en el maletero y en la mochila.

Bebieron. El queso Manchego, en sus distintas variedades, había ganado la batalla más importante: no la del prestigio, sino la del respeto. A nadie se le ocurrió compararlo ya con un Comté o un Brie. Era otra cosa. Distinta. Con identidad.

Más tarde, cuando todos se fueron, Fernando y Josefina se quedaron un momento en silencio, recogiendo la mesa. Del plato central quedaban apenas unas migas y un par de cuñas tímidas.

—¿Te das cuenta? —preguntó ella—. Hemos hecho un puente de leche y sal entre ellos y nosotros.

Fernando asintió, aunque pensó que era un poco rebuscada la reflexión.

—Y entre aquí y el pueblo. Mientras sigamos trayendo queso, pan y vino, seguiremos trayendo también a nuestros padres, a los amigos, a la vida de allí. Aunque no podamos estar todo lo que quisiéramos.

Se acercó a la ventana. Afuera, Lyon brillaba con luces de Navidad, sofisticadas y perfectas. Dentro, el resto de pan manchego y la última cuña de queso parecían una pequeña isla de otro mundo.

—La próxima Navidad —dijo, sin darse importancia— no serán solo los quesos los que viajen. Seremos nosotros los que nos quedemos más tiempo. O quizá… —miró a Josefina con una mezcla de miedo y esperanza— quizá haya que ir pensando si no ha llegado la hora de que el queso deje de viajar tanto y sean nuestros amigos franceses los que vayan a conocer la llanura.

Josefina recogió el plato, se comió la última cuña de un bocado y sonrió.

—Sea como sea —respondió—, mientras haya en la mesa un Manchego, un poco de pan y un vaso de vino, sabremos por dónde sigue el camino.

Con el ripio …la noche los envolvió con su rumor lejano. Y, en algún lugar de La Mancha, unos padres mayores, sentados junto a la estufa, pensaron al mismo tiempo: “Ojalá el año que viene no vengan solo a por el queso”.

Campo y alma

Queso

 DOP QUESO MANCHEGO

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