Este texto es una meditación personal sobre la gratitud, la memoria de las alianzas y el daño que puede causar, en política exterior, la confusión entre la firmeza de fondo y la estridencia de las formas. Lo que ayer fue cooperación fecunda para la seguridad de España corre hoy el riesgo de degradarse en ruido, cálculo y desgaste.
La memoria de los años útiles
Hay recuerdos que no regresan bajo la forma de una idea, sino de una atmósfera moral. A veces basta una palabra, un ademán fugitivo, una noticia leída al trasluz de la tarde para que vuelva, con la viveza intacta de lo irrevocable, aquel tiempo en que el peso del Estado se medía en silencios, en llamadas discretas, en informes que llegaban de madrugada y en decisiones capaces de torcerle el curso al miedo. Entonces, las relaciones de España con Estados Unidos e Israel no fueron para mí una abstracción diplomática, sino una experiencia concreta, casi corpórea, de cooperación, lealtad y responsabilidad compartida. En la lucha contra el terrorismo, en el auxilio logístico, en la información que circulaba con la urgencia severa de lo necesario, en esa tarea callada que rara vez comparece ante los focos y, sin embargo, tantas veces evita una tragedia, hallé eficacia, compromiso y también humanidad. Por eso mi gratitud hacia ambos países no procede de una consigna ni de una conveniencia retórica, sino de la memoria, que es la forma más exigente de la verdad cuando ha visto de cerca determinadas cosas. Aún conservo el recuerdo de algunas amistades nacidas en aquellos años arduos, hombres y mujeres de la CIA, del FBI y del Mossad con quienes compartí no solo responsabilidades, sino también una cierta idea del deber. Hay vínculos que el tiempo no desgasta: los decanta.
A veces pienso que solo quien ha transitado de cerca esos corredores reservados del poder comprende en toda su hondura el valor de una alianza bien custodiada. Desde fuera, todo parece frío: siglas, protocolos, reuniones, documentos sellados, rostros graves detrás de una mesa. Pero bajo esa superficie austera discurre una materia más delicada, hecha de confianza, de códigos compartidos, de lealtades que nunca llegan a escribirse del todo. Hubo noches en que una información recibida a tiempo pesaba más que un discurso entero; madrugadas en que una voz al otro lado del teléfono, dicha con precisión y sin énfasis, bastaba para desbaratar una amenaza o impedir que el horror encontrara su camino. En esos instantes uno comprendía que la política, despojada de vanidad y de impostura, todavía podía ser un oficio noble. Y acaso por eso, porque conocí ese reverso silencioso de la cooperación, me duele más contemplar ahora la ligereza con que se dilapida aquello cuya construcción exigió tantos años de paciencia, discreción y esfuerzo.
La crítica y el desengaño
Quizá por eso el presente me produce una tristeza difícil de aprehender del todo. No es solo discrepancia: es algo más íntimo, más próximo al desengaño. Uno puede admitir que el mundo muda, que las alianzas se tensan, que las guerras desfiguran el lenguaje y vuelven más ásperas las posiciones. Pero aun así me resisto a aceptar que, para censurar una ofensiva como la emprendida contra Irán y contra Hezbolá en Líbano, después del espanto vivido en Gaza y del paisaje de destrucción y sufrimiento que ha dejado tras de sí, fuese necesario alcanzar ese grado de hostilidad verbal contra Donald Trump y contra Estados Unidos. La política exterior, cuando está bien servida, conoce el valor de la firmeza serena. Sabe que una verdad dura puede decirse sin estridencia, que una crítica severa no precisa transformarse en aspaviento, que las naciones no se representan a base de ademanes, sino de temple. Sin embargo, no ha sido así. Y al contemplarlo, tengo la impresión de asistir no solo a una toma de posición internacional, sino a una escena cuidadosamente compuesta, como si bajo el estrépito de las palabras latiera una necesidad más doméstica, más inmediata, más electoral.
La diplomacia y sus formas
Con los años he aprendido que las palabras de un gobernante no concluyen allí donde expiran sus frases. Prosiguen su viaje. Cruzan despachos, se archivan en memorias ajenas, dejan un sedimento en la relación entre los países. Por eso me inquieta esa facilidad con la que hoy se confunde la convicción con la sobreactuación. Hay maneras de defender principios sin incendiar puentes, de denunciar lo que se juzga injusto sin deteriorar vínculos levantados a lo largo de décadas, de preservar la dignidad sin convertir la diplomacia en una representación de cara a la galería. Pero para ello hace falta una virtud antigua, casi en desuso: la contención. No la cobardía, no el silencio culpable, sino esa inteligencia moral que sabe graduar el tono porque comprende que gobernar consiste también en prever el daño de las palabras. Cuando esa medida se pierde, la política deja de mirar al interés nacional y empieza a contemplarse a sí misma en el espejo efímero del aplauso.
Porque existe, a mi juicio, una diferencia decisiva entre la autoridad moral y la teatralidad política. La primera no necesita alzar la voz para imponerse; le bastan la consistencia de una conducta, la gravedad de un criterio, la serenidad de quien sabe que representa algo más alto que su propia conveniencia. La segunda, por el contrario, vive del gesto, del énfasis, de esa agitación exterior con la que se intenta suplir la falta de medida. Y yo temo que en este episodio haya demasiado de eso: demasiada escenografía, demasiado afán de convertir una posición internacional en un espejo favorable para la política doméstica. Hay discursos que no se pronuncian para ordenar el mundo, sino para ordenar el patio interior de un partido, de una mayoría o de una opinión fatigada. Entonces las palabras dejan de servir al país para ponerse al servicio de una estrategia. Ese es el instante preciso en que la política exterior se empobrece, porque deja de ejercerse como una responsabilidad histórica y pasa a concebirse como una mera prolongación del cálculo.
La fragilidad de las alianzas
España no debería olvidar, además, que la confianza entre las naciones se asemeja mucho a ciertas amistades verdaderas: tarda años en edificarse y apenas unos minutos en agrietarse. Yo he visto de cerca cómo opera esa trama discreta de colaboración que no comparece en los titulares y, sin embargo, sostiene muchas veces la seguridad de un país. He visto cómo se comparten alertas, cómo se cruzan informaciones decisivas, cómo una conversación a tiempo puede evitar una desgracia. Por eso sé que las alianzas fecundas no se improvisan y que tampoco conviene ponerlas al servicio de una conveniencia partidista. Duele advertir que una relación asentada en intereses compartidos, en esfuerzos comunes y en una larga historia de cooperación pueda verse expuesta a una tensión innecesaria por la ansiedad de obtener una ganancia inmediata. Gobernar, al cabo, debería consistir también en pensar en el día siguiente, en ese momento en que se apaga el foco, se vacía la sala y permanece únicamente la verdad desnuda de las consecuencias.
El rédito interno y la factura exterior
Y hay algo más, quizá lo más desolador. No cabe hacerse ilusiones con la idea de que todo cambiará cuando en Washington cambie el color del poder. Los gobiernos pasan, pero los climas políticos perduran; las palabras dichas con exceso no desaparecen, quedan suspendidas en el aire de la relación bilateral y aguardan. El ruido de Trump, con su manera abrupta y desbordada de intervenir, podrá cesar algún día, pero su eco seguirá ahí si desde España no se ha sabido responder con prudencia, con distancia y con una voz propia menos dependiente del provecho inmediato. Entretanto, los beneficios políticos de esta actitud resultan demasiado visibles. Bajo esta confrontación se adivina un cálculo: reagrupar una parte de la izquierda en torno al PSOE, atraer incluso a sectores más radicales, aunque se pierda terreno en el centro. Las elecciones regionales y el pulso de las encuestas parecen narrar, por debajo del discurso moral, esa historia menos noble y más terrenal. Y acaso esa sea la razón de fondo por la que no se ha querido moderar nada: porque la ganancia interna, al menos por ahora, compensa el deterioro exterior.
La historia, además, enseña que entre los países casi nada se olvida por completo. Cambian los presidentes, los ministros, los embajadores; se renuevan los equipos, se alteran las prioridades, mudan los acentos ideológicos. Pero queda un sedimento. Queda una cierta impresión de quién estuvo, de quién falló, de quién exageró, de quién confundió el interés permanente con la ganancia pasajera. Por eso me parece ingenuo pensar que bastará con esperar al siguiente inquilino de la Casa Blanca para que todo recobre, por arte de magia, su temperatura anterior. No funciona así la vida de las naciones. Las relaciones exteriores no son una pizarra que pueda borrarse cada cuatro años, sino una escritura lenta, a veces casi invisible, sobre la memoria de los Estados. Y esa memoria, aunque no alce la voz, pesa. Pesa en los gestos, en las prioridades, en las simpatías, en la disposición a ayudar cuando llega la hora difícil.
Lo que queda cuando pasa el ruido
Tal vez por eso, cuando pienso en todo ello, no siento ira, sino una melancolía grave, casi doméstica, como la que dejan las cosas valiosas cuando uno presiente que están siendo malgastadas. Sé que en política exterior casi nada se quiebra de un día para otro. Las fracturas llegan despacio, con la lentitud con que se enfrían las viejas confianzas. Primero es un gesto, luego una palabra, después una reserva, más tarde una ayuda que tarda, una comprensión que se debilita, una mano que ya no acude con la misma convicción. Todo sucede sin estrépito, como se apagan tantas realidades esenciales en la vida: no con un estallido, sino con una disminución; no con un derrumbe visible, sino con una lenta retirada del calor, de la cercanía, de la voluntad. Me temo que eso es lo que puede aguardarnos. Y entonces, cuando haya pasado el ruido, cuando se hayan consumido los beneficios de la escena, cuando el aplauso se vuelva recuerdo y la conveniencia cambie de dueño, quedará España, quedaremos los españoles, frente al precio real de lo que hoy se dice con ligereza. Quizá ese precio no llegue con nombre solemne ni con apariencia dramática. Quizá comparezca, simplemente, en la hora exacta en que necesitemos comprensión y encontremos distancia; en el instante en que busquemos apoyo y hallemos frialdad; en ese punto delicado en que un país descubre que la confianza ajena ya no posee la misma densidad de antes. Entonces comprenderemos que ciertas palabras nunca fueron solo palabras, del mismo modo que ciertas lealtades nunca fueron solo gestos. Y acaso sea tarde para lamentar lo que pudo decirse de otro modo, con igual firmeza y con menor daño. Ese es, al menos, mi temor. No un temor partidista, ni ideológico, ni táctico, sino algo más sencillo y más hondo: el temor de quien sabe que las naciones también pueden empobrecerse moralmente cuando convierten sus relaciones esenciales en material de consumo interno. Y ese precio, como sucede tantas veces en la vida y en la política, lo acabaremos pagando entre todos.


