Autor: Campo y Alma Castilla-La Mancha

La primera nevada de diciembre llegó a Toledo sin hacer ruido, como si no quisiera despertar a las piedras antiguas. Desde la Puerta del Cambrón, la ciudad parecía hecha de azúcar glas. Las luces de Navidad colgaban sobre las calles estrechas y, entre el olor a castañas asadas, había un perfume más tenue y más antiguo: almendra tostada y horno encendido. Ese olor salía, como cada año, de la confitería de María, “La Estrella de Mazapán”, un local minúsculo encajado entre dos edificios altos, en la céntrica calle de Alfileritos, con un letrero de madera y un cristal siempre ligeramente…

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La campanilla de la puerta de la farmacia sonó con el timbre suave de siempre, ese que Alberto decía que era casi un villancico perpetuo, porque sonaba más en diciembre que en todo el resto del año. Afuera, la calle del barrio madrileño se llenaba de luces en los arboles y bolsas de regalo; adentro, la farmacia conservaba su orden pulcro, su olor a alcohol limpio mezclado con lavanda, su cálida calma de refugio cotidiano. Almudena estaba colocando unos apósitos detrás del mostrador cuando vio entrar a Don Julián. —Buenos días, don Julián —saludó, con la sonrisa que le reservaba…

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La helada de diciembre había dibujado encajes en los cristales cuando Cándido abrió la puerta del patio. El aire de La Mancha le golpeó la cara como un recuerdo: seco, limpio, con ese olor indefinible a tierra dormida y a leña que empieza a arder en las chimeneas. Se abrochó el abrigo, tomó la gorra y miró hacia el horizonte, donde los olivos se alineaban en filas perfectas como soldados pacíficos, cubiertos de un velo plateado por la escarcha. —Hoy acaba la campaña, Encarnita —dijo, alzando un poco la voz hacia la cocina—. Lo que no entre hoy, se queda…

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El coche cruzaba la llanura manchega como quien vuelve a leer un libro querido, en cada página, en cada kilómetro hay el recuerdo de un tiempo placentero. Fernando bajó la velocidad al ver, a lo lejos, los molinos recortados contra el cielo de diciembre. —Mira, Jose —susurró, sin dejar de mirar al frente—. Siguen ahí. Como si lo único pintoresco de esta tierra sólo fueran los molinos. Josefina sonrió, apoyando su cabeza en el cristal helado. —Menos mal. Si un día quitan los molinos, yo ya no sabre de dónde soy. La frase le salió a la par de los…

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