La primera nevada de diciembre llegó a Toledo sin hacer ruido, como si no quisiera despertar a las piedras antiguas. Desde la Puerta del Cambrón, la ciudad parecía hecha de azúcar glas. Las luces de Navidad colgaban sobre las calles estrechas y, entre el olor a castañas asadas, había un perfume más tenue y más antiguo: almendra tostada y horno encendido. Ese olor salía, como cada año, de la confitería de María, “La Estrella de Mazapán”, un local minúsculo encajado entre dos edificios altos, en la céntrica calle de Alfileritos, con un letrero de madera y un cristal siempre ligeramente…
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