Alfonso Garrido
Comía con unos amigos después del merecido, magnífico y solemne acto de homenaje a Javier Lambán en su Senado, cuando se supo la noticia del resultado de la vistilla en el Supremo sobre la revisión de medidas cautelares a los señores Ábalos Meco, don José Luis, y García Izaguirre, don Koldo.
Veníamos de paladear, (aunque fuera por la malhadada causa del postrer adiós a nuestro compañero) un memorable acto de contenido político libre y ejemplar. Veníamos de asistir a un acto que “se convirtió, por arte de la voluntad compartida, en un precioso oasis de la política en su versión más noble y necesaria: la maravillosa conjunción del consenso”, como así lo definió mi compañero y empero, amigo, Juan de Justo.
Quienes acabábamos de reencontrarnos en el noble y para mí añorado viejo Salón de Plenos del edifico de la madrileña Plaza de la Marina, para recordar a nuestro Javier, habíamos vuelto a disfrutar con la política grande, ésa que está desaparecida, verdaderamente en combate, en contraposición a la forma de hacer política, con minúsculas, que es la que nos invade en estos procelosos tiempos.
Se glosó, con sabiduría por todos los intervinientes, no sólo conmilitones de Javier, su forma de entender la política, su sentido de España, su defensa de la igualdad de todos los españoles con el sentido y alcance en que lo hace nuestra Constitución de 1978, el que resulta ser mejor documento político de la historia de España (Alfonso Guerra, dixit), basado en el consenso, en el reencuentro, en el diálogo, la cesión y el reconocimiento respetuoso al discrepante de pensamiento. Es decir, que palpamos en el ambiente, el espíritu de la transición. De ese denostado, por la ignorancia que nos atormenta, espíritu de la que llaman casta del 78. ¡Y qué casta!, miren ustedes. Quien sepa y pueda, que la mejore.
Hubo allí amigos, compañeros y adversarios de Javier. Sólo adversarios que no enemigos, reconociendo esa forma de hacer política que deberíamos rescatar del olvido y abandono que de ella han hecho todos nuestros hispanos líderes actuales y que está en fase de extinción.
Esta forma actual de hacer política es donde, como tantas veces he mantenido, el adversario es ahora enemigo; es la política que cabe y le sobra espacio en los doscientos ochenta caracteres de un tuit; en la que se mira con luces cortas, muy cortas, y donde el mejor argumentario parlamentario es el “y tú más” con contenidos de tacticismo torpe y cortoplacista.
Ahora se verbaliza la forma de comunicar la argumentación política, no con contenidos que alumbrar pudieran las soluciones que cada ideología aportare a lo que en la calle se demanda de quienes nos gobiernan en cada nivel institucional. No. Ahora se interviene en los actos políticos, sobre todo si el discurso tiene mucha audiencia de medios, sólo para sumar puntos en este campeonato en el que contienden nuestros próceres y que consiste en ver quién hace la gracieta más aguda (¿?), incluso trabucando el palabrerío con que nos obsequian, (mal día el miércoles pasado para el líder opositor) y sobre todo, desgraciadamente, menospreciando e insultando, que eso, aún suma más.
No creo que la propuesta que en el mismo acto del Senado hizo Felipe González de que hubiera un alto el fuego de insultos, de al menos un mes, tenga eco. No vende. Los pingües beneficios los ven claramente en lo contrario. Por cierto, vean y oigan queridos lectores, el discurso de Felipe González en el Palacio Real, el día en que el otro Felipe, el Sexto, le entregó el Toisón de Oro. Los discursos de ambos Felipes, debieran ser puestos como lección a imitar y practicar, sobre todo, por muchos de ésos a los que más arriba me refería. Pero claro, también bebían ambas intervenciones en ese espíritu de la denostada cosecha del 78.
Pues sí. De ahí veníamos, de reencontrarnos con esa ya lejana forma de entender el quehacer de la política, cuando, de bruces, nos dimos con el resultado de la vistilla del Supremo: prisión comunicada y sin fianza para ambos viajeros del celular de la Benemérita con destino a Soto del Real.
Reconozco que la cara que se me quedó no era fácilmente definible. No sé cómo me la verían mis compañeros de mesa, pero por dentro, volvían a rompérseme las entrañas de mi forma, y la de muchos de mi tiempo, de estar en la actividad política, de entender la dedicación a la política. La política como servicio y entrega para la mejora de las condiciones de vida de mis conciudadanos y, sobre todo, la de aquéllos a los que tantas y tantas circunstancias sociales le dieron menos posibilidades de bienestar.
Y si además uno ve que eso se hace desde esas siglas por las que con esa misma forma de entender la política, tantos y tantos dieron lo mejor que supieron sacar desde los talentos con que fueron dotados, e incluso pagando con su propia vida, es que los palos del sombrajo se te caen y tiran por tierra el empeño y dedicación de quienes tanto por los demás hicieron.
No sé la cara que se me quedó. Mis compañeros de mesa lo saben. Pero sí sé lo que, en lo más dentro de mí, sentí. Y no por primera vez, pues capítulo repetido empieza a ser éste de la desazón y desesperanza, sobre todo desde mi casa ideológica donde se han pervertido modos y maneras de hacer política. Y no me refiero sólo a la impensable situación de ver entrar en prisión a los dos anteriores secretarios de organización federales, los pilotos del armazón diario que hacen funcionar, hacían, a una de las más eficaces y eficientes organizaciones políticas del contexto socialdemócrata. Cuesta creer ver investigados y encarcelados a quienes apoyaron para su ascensión gloriosa al actual secretario general. De aquel Partido grande por el que fichó Javier Lambán por convicciones. Y lo hizo porque vivía para la política, que no de la política y a cualquier precio.
La desazón es por el conjunto de negaciones que ríanse ustedes de las de San Pedro. Es toda esa mezcla de hábitos actuales y que lo son en contra de los que fueron santo y seña de la casa que Pablo Iglesias (el auténtico) fundara.
Es ese cúmulo de cosas que (sin exhaustividad) van, desde el día de las oscuras maneras de aquellas “inolvidables” primarias; por el no pactaré con la muchachada podemita para no perder el sueño; por aquella lejana afirmación de que no voy a tener que repetir hasta diez veces que no pactaré con Bildu; por vivir sin presupuestos, y sin despeinarse, año tras año; por confundir partido e instituciones con ministros secretarios generales regionales y candidatos autonómicos, pero eso sí, fieles seguidistas; por entregar un concepto de España que todos entendíamos como solidario e igualador, integrador, identificable con nuestra historia reciente y constitucional (¿verdad, Javier?). Y, además, entregar ese modelo de España, ejemplar, a quienes justamente lo que quieren es dinamitarlo, despedazarlo y aterrizar en esa plurinacionalidad indefinida que dicen somos, al mercantil precio de un puñado de votos, y para colmo, gestionado y negociado ello, otrora, por uno de los inquilinos de Soto del Real y ahora, por un valedor del intitulado democrático régimen venezolano, que, no obstante, esperemos no arregle a su manera el inquilino del despacho oval.
Y lo que es peor para mí, es el daño reputacional a las siglas. Eso que se consigue en décadas, en muchos, muchos años de ser reconocido de manera inconfundible; éste mi Partido ha derivado hacia unas posiciones de podemización/sumarización que lo hacen emigrar a mucha distancia del espacio de centroizquierda que ocupó y que es el que da y quita gobiernos. Y ese espacio que deja el PSOE en el espectro ideológico del centro que ocupó en parte, no lo ocupa nadie, pues el otro gran partido español, por las mismas o similares razones cortoplacistas y miopes, se deja encantar por los cantos de sirena que entona don Santiago que, efectivamente, éste sí que es el que cierra España. Pero la cierra para propios y extraños. Los extremos ganan. Y los españoles huérfanos se apartan cada vez más de la política que ahora no da soluciones a sus necesidades de cada amanecer.
El horizonte electoral autonómico próximo, con Extremadura, Castilla y León y Andalucía dará inmediatas pistas de hacia dónde nos deslizamos.
Pero la pregunta del millón es qué necesita el Presidente del Gobierno y Secretario General del PSOE para definitivamente no seguir huyendo hacia adelante y esperar que hasta 2027 sigamos como si no pasara nada. Y pasa. Y gravemente. Motivos menores en entidad y cuantía propiciaron adelantos electorales. Otro Presidente y Secretario General del PSOE, el que sigue dictando clases de auténtico maestro, disolvió la Quinta Legislatura al ver que no iba a tener presupuestos para 1996. Y perdió las elecciones. Pero se vivía para la política y no de la política. Que viene la derecha, si viene, no es ningún argumento definitivo teniendo convicciones democráticas firmes. Como al igual debiera decir la derecha si el caso estuviese en sus manos. Que podría serlo.
Pero, …¡claro!, la “casta” del “régimen” del 78 no sabía, no sabe hacer política.
No obstante, y a pesar de la cara que se me quedó, y que sigo teniendo, alberguemos esperanzas. Escasos motivos hay. Pero, confiemos en que el espíritu de los Javier Lambán de la política, aflore y triunfe.
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