Juan A. Gimeno*
La Agrupación Europeísta “cuidar el futuro” del Ateneo de Madrid organizó el pasado mes de octubre un debate sobre el tema de las migraciones, a propósito de la publicación del estudio “Migratio”, de Carlos Giménez, catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid. Se recogen a continuación algunas de las ideas expresadas por las personas que intervinieron[1].
La inmigración ha escalado entre las principales preocupaciones de la ciudadanía. alimentando prejuicios, dificultando el diseño de políticas eficaces y abriendo espacio a discursos excluyentes que tensionan la cohesión social. Ese fenómeno aparece muy ligado al auge de los partidos de extrema derecha que arrastra en esa actitud anti migratoria a partidos conservadores tradicionales e, incluso, a algunos de izquierda. Destacaba el Financial Times hace poco que la extrema derecha despegó cuando los conservadores primero y muchos socialdemócratas después empezaron a asumir ese discurso.
La propaganda consigue deformar la visión social de la realidad. Según las encuestas, la ciudadanía española estima que los migrantes representan un 30% de la población total (un 13’4% en realidad en 2024) y que absorben un 55% de las prestaciones sociales (en realidad un 11%).
El debate puede abordarse, como dice la convocatoria, desde la ética, el derecho y la economía, pero también desde otros muchos campos como la sociología o la historia. Porque las migraciones son la norma en la historia de la humanidad. Desplazarse no es normalmente una elección, sino necesidad por la miseria, la violencia o el cambio climático.
El miedo a la inmigración está cargado de racismo (trato diferente a refugiados ucranios que magrebíes) y aporofobia (distinta acogida a los millonarios jeques árabes o futbolistas que a trabajadores), y estimulado por la fobosfilia: el interés de muchos sectores por despertar el miedo en la población. Un miedo que parece querer desviar la atención, de forma que se mire a los lados y no hacia arriba: pobres contra pobres, hombres contra mujeres, jóvenes contra viejos…
Son las políticas liberales de reducción del gasto social y las privatizaciones de servicios públicos las responsables de los problemas en el sistema sanitario público o de otras carencias de servicios, no los migrantes.
Es triste que la Iniciativa legislativa popular en favor de la regularización extraordinaria de inmigrantes se encuentre estancada sin llegar a materializarse. Como consecuencia, una parte muy importante de la población —el conjunto de las personas de origen migrante, no solo los irregulares— es políticamente invisible.
En 2024 la UE aprueba el Pacto de Migración y Asilo que reforma las políticas europeas en el ámbito migratorio. Por desgracia, como denuncian las ONGs, no busca proteger a las personas, sino que refuerza las políticas de externalización de fronteras y el retorno a terceros países, con escaso respeto a los derechos humanos
Vivimos una globalización descompensada. Extremadamente liberal con los movimientos financieros, abierta (con sus hipocresías) a bienes y servicios, y extremadamente restrictiva en los movimientos de personas.
A pesar de todo, entre 2019 y 2025, la población extranjera entre 15 y 64 años, por tanto, en edad de trabajar, ha aumentado en España en 1,6 millones. En el mismo periodo, los nacionales de la misma franja de edad han disminuido en 15.000 personas. Gracias a la inmigración estamos compensando nuestro invierno demográfico y podemos cubrir numerosos puestos de trabajo que los nacionales no desean hacer (cuidados, agricultura, servicios de hostelería…
Las personas no abandonan fácilmente sus lugares de origen. Se ven expulsados y acuden allá donde existen oportunidades de empleo. El mayor nivel de vida de nuestras sociedades hace que determinados empleos sean rechazados por trabajadores nacionales y en esos nichos las personas inmigrantes encuentran su oportunidad de entrada.
El debate se ha generado en parte artificialmente porque no había tal problema en la sociedad española. Pero encuentra caldo de cultivo adecuado en la precarización social y el estancamiento del ascensor social.
No podemos ignorar que en determinados colectivos sí se percibe a las personas inmigrantes como una amenaza: se sienten como competencias a sus empleos, a sus costumbres, a sus prestaciones sociales… Por ello hay que ser conscientes de que para ellos estamos realmente ante un problema. Y debe cuidarse la normativa de determinadas convocatorias sociales para evitar que los criterios fijados tiendan a favorecer de hecho a la población extranjera casi en exclusiva.
Hay bastante hipocresía en las posiciones antiinmigración. Porque el capitalismo necesita mano de obra barata que encuentra en las situaciones de irregularidad que favorecen la explotación.
Debemos desmontar frases hechas que generan un atractivo inmediato en buena parte de la población como que nuestra nación o nuestra cultura están en peligro. Debemos evitar los enfrentamientos en binomios falsos basados en el origen o de las personas. Hablemos de demócratas o no demócratas, machistas o no machistas, violentos o pacíficos… que de todo hay en todas las nacionalidades. Y esas son las auténticas dicotomías.
Hay que insistir en que no hay personas ilegales. Determinadas legislaciones pueden colocar a algunas personas en situaciones administrativas irregulares. Pero eso no afecta en nada a la dignidad y a los derechos de cada una de ellas.
Tenemos que asimilar la riqueza cultural que aportan las distintas procedencias. Tenemos que aspirar a la convivencia cultural ciudadana, no a la mera coexistencia. Tenemos que poner el énfasis en lo común reforzando la interculturalidad más que la multiculturalidad.
El mundo educativo debe asumir su responsabilidad en la formación en el respeto debido a los derechos de todas las personas y a la diferencia. Es deseable reconocer cuanto antes el derecho al voto para que sus necesidades cuenten para los políticos de forma adecuada.
Tampoco vale el paternalismo asistencial o la dogmatización con aires de superioridad. Es imprescindible el diálogo crítico ante determinadas costumbres que no consideramos admisibles, especialmente en lo que atañe a las mujeres. Y, en los casos extremos y sólo como última instancia, acudir al derecho penal.
Se habla de que la mejor forma de evitar las migraciones es una buena ayuda al desarrollo de los países de origen. Pero no podemos olvidar (y menos en España) cómo las remesas de emigrantes son un factor fundamental de apoyo a los países de menor desarrollo y que, de hecho, significan cuantías notoriamente superiores a toda la denominada ayuda oficial al desarrollo de los países ricos.
La experiencia muestra que endurecer las fronteras no detiene la migración. En cambio, la vuelve más peligrosa, fomenta la irregularidad y alimenta el negocio de las mafias.
Es un tema complejo con distinta incidencia en según qué colectivos. Pero no nos debe asustar la diferencia. Viva la interculturalidad y el enriquecimiento de la diversidad.
* Presidente de la Agrupación Europeista Cuidar el Futuro del Ateneo de Madrid. Exrector de la UNED y militante en Economistas sin Frontreras, Economistas frente a la crisis y la Plataforma por la Justicia Fiscal.

[1] Por supuesto, las ideas aquí contenidas son, aunque deudoras en buena parte de lo escuchado en el debate, exclusiva responsabilidad del firmante de este artículo.
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