Europa se ha despertado esta semana mirando hacia un lugar que hasta hace unos días pocos sabrían señalar en un mapa, Sajonia-Anhalt, uno de los Länder de la antigua Alemania Oriental, donde tras los resultados electorales, muchos se llevan las manos a la cabeza.
La explicación más cómoda es conocida. El populismo, las redes sociales, la desinformación… Discursos simples para problemas complejos. Dejando entrever ese punto adolescente que parece impregnar a la sociedad actual, que se muestra aparentemente incapaz de asumir responsabilidad alguna, y cual jovenzuelo lo lleva todo hacia un locus de control externo, la responsabilidad siempre es de otros, o bien lo eleva a lo etéreo e indefinido y por tanto fuera de la capacidad de acción. ¿Y si ejercemos de adultos responsables y tratamos de analizar con un punto de autocritica lo que ocurre a nuestro alrededor?.
La naturaleza tiene una curiosa obsesión por el equilibrio. La supervivencia de los organismos vivos depende en buena parte, de mantener sus constantes internas mientras el entorno cambia. Cuando algo las altera, aparecen mecanismos compensatorios que intentan restaurarlas. ¡Es la homeostasis estúpido!
Las sociedades no tienen hipotálamo, naturalmente. Pero están formadas por millones de “hipotálamos” que sí reaccionan ante la percepción de pérdida, amenaza o desequilibrio. Y quizá ahí haya una clave.
Durante las últimas décadas Occidente ha vivido una transformación cultural extraordinaria, que la ha ido separando de sus principios fundacionales. Globalización, inmigración, nuevos modelos familiares, nuevas concepciones sobre el sexo y la identidad, revisión del pasado, cambios en el lenguaje y nuevos consensos morales. Muchos de ellos han supuesto avances evidentes. El problema no aparece necesariamente cuando una sociedad cambia. Aparece cuando una parte de esa sociedad empieza a sentir que ya no puede debatir el cambio y se termina percibiendo como una imposición. O que como se decía en mi pueblo, les das la mano y te cogen el brazo, vamos que se fuerza el cambio, más allá de lo que el sistema de homeostasis social permite.
Nuestro cerebro lleva especialmente mal que alguien pretenda decidir por él lo que puede pensar, decir o elegir. La psicología se refiere a este fenómeno como reactancia, cuando percibimos amenazada nuestra libertad, aumenta nuestra motivación por recuperarla. Dicho de forma menos académica, prohibir algo es una excelente manera de volverlo atractivo.
Y mi hipótesis es que durante años hemos jugado alegremente con ese mecanismo. Lo políticamente correcto nació de una intención razonable, construir sociedades más respetuosas. El problema comienza cuando pasamos de censurar el insulto a censurar opiniones, de proteger a las personas a proteger solo algunas ideas, de considerar algunas afirmaciones equivocadas a considerarlas moralmente inadmisibles, de la sana sátira a la incapacidad de reírnos de nosotros mismos.
Y quizás esto no quebrante la homeostasis, hasta que el ciudadano empieza a hacerse demasiadas veces una pregunta inquietante antes de hablar, ¿esto se puede decir?. Esto es un punto de inflexión. Porque conseguir que las personas callen es relativamente sencillo, tenemos ejemplos en las dictaduras a lo largo de la historia y continentes. Ahora bien, conseguir que cambien de opinión resulta bastante más complejo.
Podemos expulsar determinadas ideas de una universidad, una empresa, un medio de comunicación o una cena entre amigos. Pero una opinión que es forzada a desaparecer de las conversaciones no desaparece necesariamente de la cabeza, a veces simplemente pasa a la clandestinidad. Hasta que encuentra un sitio donde poder tener salida, como por ejemplo una urna. Ese pequeño recinto donde no hay observadores externos, sólo un ciudadano y una papeleta.
Y aquí volvemos al conceto de homeostasis, tal vez ese ciudadano no se haya desplazado tanto. Tal vez lo que haya cambiado es el mapa que tiene alrededor. Y como todo sistema en la naturaleza trata de contrarrestar los cambios del entorno, con ajustes internos que sostengan ese equilibrio. Y entonces puede terminar votando a alguien situado bastante más lejos de lo que él mismo está.
Aquí es donde el diagnóstico se vuelve más incómodo. Porque si se cree que millones de europeos se han convertido súbitamente en extremistas, la reacción del sistema es sencilla, intensificar los cambios que en realidad les han empujado a esa posición, en lugar de reflexionar, actuar y tratar de volver hacia ese equilibrio que no debió perderse, para no forzar esa homeostasis, esa obsesión de la naturaleza en mantener el equilibrio.
En la sociedad esto lo vemos como un péndulo, que oscila de un lado a otro, movido por una inercia, que se alimenta de los extremos. Y este es el verdadero peligro, porque los extremos mantienen una curiosa relación simbiótica, se odian, pero se necesitan. Cada disparate de uno alimenta el relato del otro y viceversa. Y cuanto más se excita el sistema, más difícil resulta regresar al equilibrio.
También sabemos algo de eso desde la neurociencia. Cuando vivimos bajo una percepción constante de amenaza, el cerebro simplifica. Divide el mundo con mayor facilidad entre nosotros y ellos. Reduce los matices. Busca certezas. Prima respuestas emocionales rápidas sobre deliberaciones complejas. Magnífico escenario si hay un depredador detrás de un arbusto, pero desastroso para una democracia.
Por eso quizá Sajonia-Anhalt debería preocuparnos, pero no por el resultado electoral, sino porque quizá sea otro síntoma de que estamos perdiendo ese espacio central donde una sociedad puede discutir sobre inmigración sin xenofobia y sin ingenuidad, sobre igualdad sin discriminación y sin dogmatismo, sobre identidad sin tribalismo y sobre progreso sin asumir que todo aquello que heredamos merece ser demolido.
Quizá algunos ciudadanos sí hayan abandonado el centro, pero convendría preguntarse si otros simplemente sintieron que el centro los abandonaba a ellos.
Porque el péndulo no se mueve solo. Y antes de escandalizarnos por lo lejos que está llegando hacia un lado, quizá deberíamos preguntarnos cuánto tiempo llevamos empujándolo desde el otro.


