A Pedro Simón
A menudo, no nos damos cuenta
de que la vida
también puede resurgir
cuando ya parece tarde.
Creemos que los años
van cerrando las puertas.
Que los sueños caducan,
como si cumplir años fuera aprender a despedirse.
Pero la vida
no se escapa por las rendijas abiertas del recuerdo
ni por las cicatrices en el mapa de nuestra piel.
Todavía quedan abrazos
que no se han dado,
palabras que aún no han encontrado su voz,
amistades que llegan cuando parecía imposible
hacer sitio a alguien más en el corazón.
Entonces, aparece lo inesperado,
que no siempre trae buenas noticias.
A veces, se sienta a nuestro lado
con el nombre de una enfermedad.
Y da igual que la piel sea vieja
o que apenas haya aprendido
a escribir su nombre
en un cuaderno de colegio.
El dolor
nunca pregunta la edad.
Solo entra,
solo rompe,
solo obliga
a mirar de frente
lo que nadie quería mirar.
Y hay una tristeza
que no hace ruido.
Se llama soledad.
La que convierte la casa en un eco de televisión a todo volumen.
O en un silencio que no deja respirar.
Y duele,
duele tanto
que parece imposible seguir.
Nadie debería sentirse invisible.
Estamos hechos para encontrarnos,
para escuchar y ser escuchados,
para descubrir que alguien pronuncia nuestro nombre
como quien enciende una luz.
Una vida
no se mide
por las veces que todo salió bien,
sino por las veces que decidió levantarse,
abrir la puerta
y seguir deseando
que aún haya alguien
esperando al otro lado.
Sin pedir permiso
entra el miedo.
Tiene el rostro
de una mala noticia,
de una sala de espera,
de un nombre
que hubiéramos preferido no conocer.
Y, a veces, es demasiado pequeño el cuerpo
que tiene que sostenerlo.
Entonces, el mundo contiene la respiración.
Y, sin embargo, hay una niña que sonríe.
Un niño que seguirá inventando
cuentos y personajes
con una vía en el brazo.
Hay una madre que aprende
a no derrumbarse
delante de unos ojos
que todavía confían.
Hay un padre que descubre
que la ternura
también sabe llorar.
Y la esperanza,
sin hacer ruido,
se sienta con ellos.
No para prometer,
solo para quedarse.
La vida tiene la díscola costumbre
de desobedecer.
También existen otros fríos.
No vienen del invierno.
Vienen de una silla vacía,
de una conversación
que nunca llega,
de un teléfono
que ha olvidado nuestro nombre.
La soledad,
cuando no se elige,
es una casa sin ventanas.
El amor nunca hizo ruido,
nunca necesitó grandes palabras.
Quizá, por eso, lo inesperado
no era la enfermedad,
ni los accidentes,
ni el miedo,
ni los años.
Lo inesperado
era descubrir que todavía quedaba
luz
en una ventana que todos daban por apagada.
Y que la vida, al final,
no se parece a las grandes victorias.
Se parece a alguien
que, cada mañana,
vuelve a elegirnos
como si fuera la primera vez.


