Juan A. Gimeno
Con ocasión de la publicación del libro “El tiempo es oro, Economía Política del nanosegundo)”, de Xosé Carlos Arias, la Agrupación Europeísta “cuidar el futuro” del Ateneo de Madrid, junto con la asociación Economistas frente a la crisis y la sección de Economía del Ateneo, organizaron en el mes de junio un debate sobre el tema, del que se recogen a continuación algunas de las ideas expresadas por las personas que intervinieron[1].
La rapidez del mundo tecnológico parece haberse extendido a todas las facetas de nuestra vida. Vivimos una época caracterizada por el aceleracionismo, por la necesidad de querer conseguir todo rápidamente. Vivimos bajo el síndrome de perderme algo si no voy rápido, muy rápido. Parece haberse perdido la noción de que existen límites. Incluso del respeto a los límites si existieran.
Esa aceleración tiene también consecuencias en todos los aspectos, por supuesto en la economía productiva, sobre todo en las finanzas en las que la instantaneidad es una característica dominante. También en las políticas púbicas. Se marginan las políticas a largo plazo, así como la redistribución.
La aceleración puede considerarse ligada al capitalismo desde sus comienzos. Pero pasa a otra dimensión en los años 70 del pasado siglo. La ley de Moore enuncia (desde 1965) que el número de transistores en un circuito integrado se duplica aproximadamente cada dos años: la capacidad de información por chip se dobla cada dos años. Y ahora quizás cada año y medio.
A ello hay que sumar la revolución cultural que supuso concentrar (Milton Friedman dixit) la misión de los ejecutivos de empresa en la maximización del interés del accionista. La lógica de maximizar el beneficio en el menor tiempo posible obliga a planteamientos cortoplacistas y progresivamente especulativos. No es solo acertar sino hacerlo antes que el otro. Se generalizan la falta de control y la inestabilidad.
De nuevo, el fenómeno se agiganta en el mundo de las finanzas. Los sistemas de transacción computerizada realizan miles de operaciones en nanosegundos. Ya no extrañan los denominados flash craks, caídas repentinas inexplicables, colapsos que duran minutos seguidos de una recuperación inmediata. Se supone que se deben a algún fallo de los algoritmos subyacentes. Pero los estudios después de cada episodio observado concluyen lo mismo: no sabemos qué pasó. Inquietante.
La palabra incertidumbre domina el siglo. Mayor velocidad mayor incertidumbre.
Vivimos en una sociedad adolescente: lo mejor está al otro lado. Queremos respuestas inmediatas y las tenemos en Google y en la Inteligencia Artificial (IA).
La inmediatez y las tecnologías han cambiado las relaciones personales.
La información acelerada y continua pierde contrastación y confianza. La política también se hace líquida. No es el tiempo de la economía real sino de las finanzas.

Hemos entrado en el turbocapitalismo. El capitalismo y la tecnología cuando echan a rodar sin cortapisas tienen autonomía propia hasta hacerse incontrolables. El tecno optimismo (¿tecno pesimismo sería mejor decir?) llega a pronosticar que la IA sustituirá paulatinamente a la política tradicional. Las finanzas controlan tanto que ya no controlamos nada.
La política debe recuperar la capacidad de domeñar la economía. Los bienes y servicios públicos permiten en Europa amortiguar los shocks financieros.
Con la pandemia se recuperó en parte la preocupación por la desigualdad. Se cuestionó la idea de la maximización del beneficio a corto plazo para el accionista y se defendió que el beneficio es de cuantos participan en el proceso: no solo los accionistas sino también los trabajadores, proveedores y consumidores, la sociedad y el Estado.
Pero parece que hemos retrocedido de nuevo. Se observa un reforzamiento del poder de las grandes empresas (especialmente las tecnológicas). Se olvidan el diálogo, la reflexión y el equilibrio de poderes. Trump y sus cortos mensajes en redes son adalides de la aceleración. Sus aparentemente erráticas políticas la consolidación de las políticas que favorecen la concentración del poder y la riqueza en menos manos.
Eliminar el tiempo ha hecho también desaparecer el futuro. La incertidumbre y la velocidad generan inseguridad. Incluso parece estimularse esa sensación para consolidar un contexto de miedo. La IA repercute sobre trabajos y salarios que tienden a nivel de subsistencia y generalizan el temor a la desaparición de oportunidades. El malestar proviene de la inseguridad y la desigualdad.
Ese miedo favorece a la extrema derecha entre los jóvenes que no han vivido fuera de la democracia. Las falsas banderas, el nacionalismo de derechas, la exclusión de lo diferente, las soluciones radicales aparentemente fáciles… ejercen una fuerza atractiva que cala tanto más cuanto mayores son la inseguridad y el miedo, cuando menores son los niveles de formación y de espíritu crítico, cuantas menos garantías hay de una información veraz. Esta enumeración da unas pistas serias de por dónde son prioritarias las líneas de actuación.

Hay que reforzar los bienes públicos y evitar o revertir su mercantilización. Hay que renovar el Estado de bienestar y sus políticas equilibradoras a largo plazo. Hay que recuperar el ascensor social y la esperanza para los jóvenes.
Desde esta perspectiva, la vivienda se ha convertido en una prioridad porque las dificultades de acceso refuerzan la frustración. Garantizar ese derecho es medida de protección, de emancipación, de confianza, de redistribución…
Pero la regulación no es suficiente. Solo una ciudadanía implicada y activa puede conseguir renovar capitalismo y democracia.
[1] Por supuesto, las ideas aquí contenidas son, aunque deudoras en buena parte de lo escuchado en el debate, exclusiva responsabilidad del firmante de este artículo.

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