Nuestra forma de gobierno se llama democracia porque no se fundamenta en los pocos, sino en los muchos; en la diferencia individual, nunca en la uniformidad impuesta. Por ello, nuestra Constitución es un sistema donde, ante todo, la ley rige para todos por igual y no diferencia por ideología, genero, raza, religión …
La conversación pública en España ha quedado atrapada en la lógica estéril del saldo de caja, una tiranía de la contabilidad que ha sustituido al debate moral, los míos son más que los tuyos. La democracia, esa empresa ética y civilizatoria, se presenta como un juego de suma cero. Un lado celebra con estruendo sus éxitos —el crecimiento económico, los avances sociales o la posición internacional— como si estos fueran logros arrancados ex nihilo y producto exclusivo de una genialidad ejecutiva y por otro, se tiran cohetes con los fracasos del adversario. Las mujeres sin sus diagnósticos en tiempo o sin sus pulseras anti-maltrato, mientras nos pegamos en debate estéril sobre el aborto.
Vamos por partes. Esta retórica, que impregna el discurso del presidente del Gobierno, ha normalizado la idea de que la salud democrática se mide únicamente por el PIB y el BOE. Es un error de apreciación que oculta el verdadero termómetro del sistema: la calidad moral de su liderazgo y la robustez de sus instituciones. La democracia no es solo gestión; es el andamiaje invisible, el pacto cívico que permite que todo lo demás sea posible.
El estigma del “Tú Más”: La Parálisis Ética de los partidos
Cuando un gobierno presenta su gestión como un triunfo absoluto frente a la catástrofe, incurre en la falacia de que solo puede haber un ganador en el juego político, obligando a la oposición a ser percibida como el enemigo de la nación. Este es el espíritu que alimenta la respuesta automática del «tú más», un whataboutism que paraliza cualquier debate ético genuino y que ha destrozado el componente moral que debe motorizar cualquier proyecto colectivo.
El estigma del «tú más» permite a las dos grandes formaciones políticas mirar la paja en el ojo ajeno mientras ignoran la viga que les atraviesa el propio. La oposición, en su obsesión por desgastar, olvida la máxima moral: «consejitos doy que para mí no tengo«.
Se puede ser eficiente en la gestión económica y, al mismo tiempo, negligente en la observancia moral. De nada sirve al Partido Socialista presumir de liderazgo progresista si la historia reciente y actual del partido se ve lastrada por dos de sus máximos dirigentes de los últimos años señalados por la Justicia, uno de ellos en prisión preventiva y el otro en la antesala de su destino judicial. Esta realidad, por sí sola, invalida cualquier argumento simplista. Los fallos éticos y las responsabilidades penales de la cúpula dirigente no pueden ser compensados con éxitos legislativos.
Y si el Gobierno actual tiene una deuda histórica con la socialdemocracia del pasado, el Partido Popular debe una explicación al liberalismo demócrata cristiano que fundamentó la actual Europa. Su ansia por volver al poder no se puede asentar en la demonización, sino en los méritos propios. Recordar que el PP se vio forzado a salir del Gobierno por hechos probados de corrupción —con una lista ignominiosa de exministros y altos cargos pasando por la cárcel, y causas aún pendientes— no es revancha, sino un recordatorio de que quien a hierro mata, a hierro muere. La corrupción ha transitado por los pasillos y cuartos de su propia sede sin que se hayan asumido la responsabilidad política correspondiente. No se cura la herida de la corrupción propia haciendo creer a la sociedad que los únicos corruptos son los otros.
Este enfoque binario, que prioriza la confrontación sobre la integridad, tiene un efecto corrosivo más grave: convierte la política en un campo de batalla para bajos instintos y entrega espacio a la extrema derecha. Al reducir el debate a una pelea de cloacas, se permite que un populismo con liderazgo mediocre y sin discurso de Estado (VOX) gane enteros como opción para la sociedad española. Ni unos ni otros pueden combatir al populismo con más populismo.
El Espectáculo Global y el Contrato Fundacional de Europa
El deterioro ético interno se produce en un momento de fractura global. La política exterior española no puede actuar con performances diplomáticas de alto calado, lo que está pasando en el mundo no puede ser un ejercicio de escenografía que rechina con la realidad. El problema de fondo es que figuras de liderazgo populista mundial como el presidente de Estados Unidos, basando su política en el poder militar y una «paz armada» del más fuerte, nos aparte de manera peligrosa del modelo europeo.
El proyecto de Europa nació de una gran convergencia: la socialdemocracia, que garantizaba la justicia social, y el liberalismo demócrata cristiano, que aportaba el valor de las instituciones y el libre mercado ético. Ambas corrientes, aunque en competencia, compartían un sustrato moral y un respeto irrenunciable por la legalidad y el pluralismo y un respeto claro a las reglas democráticas.
Si hoy estas dos fuerzas mayoritarias no vuelven a converger en un entendimiento fundamental sobre la ética y el respeto institucional, la deriva radical será impensable. No se trata de diluir las ideologías, sino de encontrar un punto común donde la verdad y la integridad no sean negociables. La política exterior de España, como la de Europa, no puede ser solo un espectáculo de firmeza moral, un día de la semana, si carece de esa firmeza el resto de los días.
Esta dicho hasta la saciedad, la defensa de la democracia española pasa por una doble regeneración urgente:
Regeneración Ética: Exigir un estándar de probidad absoluto a todos los actores políticos, sin excepción ni atenuantes. La decencia cívica exige mucho más que el mero cumplimiento de la legalidad; exige una autocrítica radical real y no sólo dialéctica en lugar de una defensa corporativista de los nuestros.
Regeneración Institucional: Recuperar la capacidad de acuerdo para fortalecer las instituciones básicas y enfrentar de manera consensuada los desafíos del siglo XXI, sin ventajismos partidistas.
España no es una isla en este laberinto global. Sus problemas institucionales y éticos se reflejan en las grietas de la estructura europea. Solo un compromiso renovado con la verdad, la rendición de cuentas y la decencia —por encima de la propaganda de logros— podrá devolver a la democracia española su vitalidad y su autoridad moral en el concierto europeo y mundial.
La democracia no es un producto que se compra con crecimiento o se vende con políticas sociales, ni la oposición democrática a los gobiernos se la pide, como en las fiestas de los pueblos, que la banda no deje de hacer ruido. La democracia es una práctica diaria que se construye sobre la confianza y se destruye con la soberbia. Es hora de que el liderazgo político comprenda que la acumulación de éxitos coyunturales no redime el vaciamiento ético. Ni el griterío tiene valor propositivo.
Solo la integridad moral de los líderes, y no su supuesta infalibilidad, puede garantizar el futuro de una España plural y justa.
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