domingo 14 junio, 2026

Regeneración democrática para un país serio

Un gran número de ciudadanos, sea cual sea su edad, nos encontramos indignados y ya cansados con las noticias que continuamente van apareciendo sobre corrupción y comportamientos poco éticos de responsables políticos. Pero, además, como vivimos en tiempos en que las mentiras y las fake news se suman a los hechos y datos objetivos, no tenemos capacidad de saber hoy qué parte de verdad objetiva, qué parte de interpretación exagerada y qué parte de mentira interesada hay en todas esas noticias.

Estamos cansados de lo que está pasando. Ahora toca al expresidente Zapatero, como antes fue el tema del expresidente Aznar y la trama Gürtel, o el expresidente Rajoy y Kitchen, por no mencionar a la esposa y al hermano del presidente Sánchez o al novio de la presidenta Ayuso. Un horror. Cuando, además, repetimos, al saltar las noticias no se puede distinguir qué hay de corrupción, qué hay de comportamiento poco ético o qué hay de falsa acusación.

Y lo más grave es que esta percepción de los ciudadanos acaba convirtiéndose en una creciente pérdida de confianza en las instituciones. Pérdida de confianza no solo en los partidos, sino también en el conjunto de las instituciones públicas.

No hace falta decir la importancia crítica que tiene la credibilidad y la confianza de los ciudadanos en las instituciones de un país para que haya desarrollo y progreso económico, como pusieron de manifiesto Daron Acemoglu y James A. Robinson, Premio Nobel de Economía en 2024. Y más obvio aún es el hecho de que, para que una democracia parlamentaria exista y funcione, esta confianza es fundamental.

De ahí que sea necesario que en España se lleve a cabo una regeneración democrática. Una regeneración que permita recuperar la credibilidad y la confianza de los ciudadanos.

Esta regeneración pasa, entre otras acciones, por una mayor firmeza y agilización en los procedimientos para condenar la corrupción; por la exigencia de una mayor transparencia en las actividades de los responsables políticos; por una regulación clara de la actividad de lobby, hoy todavía insuficiente; y por un compromiso de exigir al Parlamento que cumpla su función de legislar, considerando y debatiendo sobre los problemas reales que afectan a los ciudadanos, y de controlar al Gobierno y la aplicación de sus políticas.

Los ciudadanos no damos nuestro voto a unos futuros diputados para que se dediquen a insultar a sus oponentes políticos. Lo damos para que trabajen en un clima de diálogo y respeto para la mejora del país.

Junto a estas acciones hay otra que resulta también fundamental. Hay que tener un proyecto de país. O, mejor dicho, el partido que gobierna y los partidos que están en la oposición deben tener un proyecto de país. Esto es, un proyecto claro sobre cómo ven cada uno los principales problemas que afectan a la vida de los ciudadanos y con qué medidas o acciones consideran que deben resolverse.

Lamentablemente, hoy no tenemos un proyecto de país hacia donde mirar. O, al menos, ningún partido político lo presenta con la suficiente claridad. Hay solo propuestas de medidas puntuales en un contexto de inercia.

Pero España es una gran nación. Un país al que desde fuera nos ven con una cierta admiración por nuestra tolerancia, respeto, solidaridad y capacidad para reaccionar y actuar. Un país con unas instituciones capaces de mantener liderazgo en el mundo en cuestiones tan importantes como los trasplantes de órganos o en otros campos esenciales.

Por todo ello, desde La Discrepancia, como ya hemos defendido en anteriores editoriales sobre la necesidad de recuperar la calidad democrática, pedimos a los responsables de los diferentes partidos, a las instituciones de la sociedad civil y a todos los ciudadanos que pongan su grano de arena para volver a recuperar el diálogo y el respeto a la hora de analizar los grandes temas que afectan al país.

Por nuestra parte, seguiremos trabajando y facilitando nuestra plataforma para exponer diferentes ideas que ayuden a construir un mejor proyecto de país. Porque una democracia seria necesita instituciones serias, representantes responsables y ciudadanos que no se resignen al ruido, la sospecha y la degradación de la vida pública.

¿Somos un país serio?.

Y si es así, ¿vale la pena el esfuerzo de Regenerar la democracia?

En nuestra Editorial de la semana pasada, “Regeneración democrática para un pais serio” partíamos de la base de que España es un país “serio”. Pero esta afirmación podría no ser cierta, por lo que conviene clarificar esa idea.

¿Qué entendemos por un pais serio?. Obviamente se trata una percepción, pero que ha de estar basada en datos objetivos e indicadores. Por ello, una primera fuente es acudir a la visión que  ofrecen Organismos e Instituciones internacionales de prestigio, y que queda reflejada en los diferentes rankings, objetivos, elaborados con un cierto rigor.

Así, España es un pais económicamente potente, el 12 del mundo por PIB, abierto al mundo, como refleja el que el comercio exterior suponga un 40% de esa cifra del PIB. En cuanto a su distribución, el PIB per cápita ascendió en 2025 a 34.210 euros, lo que en términos de paridad de poder adquisitivo nos sitúa en el 92% de la media de la UE, con tendencia incluso a mejorar posiciones. Sin embargo, si dejamos las medias y nos centramos en las desigualdades, España es el segundo estado de la UE en términos de desigualdad, detrás de Alemania; el 50% más pobre sólo posee el 6% de la riqueza neta total del país, mientras el 5% más rico posee un 43% (comparado con más de un 9% y un 35%, respectivamente de media en la UE). Esto se traduce también en que, como señalaba un investigador de Eurofound, Agencia Europea para la mejora de las condiciones de vida, tenemos una de las clases medias más pequeñas de la UE; tenemos una de las mayores desigualdades salariales entre trabajadores (el quinto país entre los veintisiete de la UE con la mayor disparidad en los ingresos laborales mensuales), y la segunda mayor tasa de pobreza infantil de la UE en 2024. 

Junto a la frialdad de estos datos podemos añadir algo evidente; que la economía española es muy diversificada teniendo productos agrícolas y alimenticios de reconocido liderazgo en el mundo, junto a industrias muy potentes y un sector servicios muy dinámico, e innovador, y con empresas punteras que operan en muchos países. En fin, una economía potente aunque con cosas a mejorar, especialmente en lo que se refiere a reducir las desigualdades.

Y si volvemos a los indicadores, y acudimos a otros más centrados en la “calidad de vida”, podemos ver que nuestro país es valorado, e incluso con una cierta envidia por muchos ciudadanos del resto del mundo, sea rico o pobre, como un país con una elevada calidad de vida y un alto nivel de seguridad ciudadana. De hecho, según el Expat Explorer Survey realizado por HBSC, España es el destino preferente para trabajar por los expatriados, por su seguridad, el clima, y los buenos índices de salud.  

Ahora bien, la “seguridad” y la estabilidad no depende sólo de un nivel más bajo de delincuencia, un bajo uso de las armas por los ciudadanos, y una eficaz y honesto trabajo de las Fuerzas de Seguridad. Así, el Global Peace Index, indicador de referencia que elabora anualmente el Institute for Economics and Peace (IEP), una organización independiente con sede en Australia, y analiza 163 países usando 23 indicadores, recoge a España en el puesto 25 sobre 163. Y es que entre los indicadores, además de la seguridad ciudadana y la ausencia de graves conflictos entre poblaciones, se consideran otros como la solidez de las instituciones, la baja corrupción, un sistema jurídico efectivo, y una inversión pública y privada en educación y sanidad que reduzca las desigualdades. También aquí tenemos un margen de mejora.

Dejando aparte los rankings y comparaciones, hay muchos datos objetivos en diferentes ámbitos, que reflejan que somos un pais robusto, serio y solidario. Basta recordar nuestra posición de liderazgo en temas como los trasplantes de órganos y en otros campos de la medicina, la presencia de españoles profesores en las mejores Universidades del mundo, de investigadores en los centros más avanzados, de directivos y responsables en los mejores Organismos Científicos Internacionales como el CERN, la ESO (Organización de Observatorios Astronómicos), u otras, la presencia de directivos en grandes empresas, y un larguísimo etcétera; o el tener la extensa red de trenes de alta velocidad , o ser un nodo clave en el mundo en las telecomunicaciones.

Podríamos seguir inventariando éxitos, pero no es necesario.  Creo que cualquier lector estará de acuerdo, en mayor o menor medida, que hay base suficiente para pensar que España es un pais serio, aunque tengamos muchas cosas que mejorar.

Esta afirmación nos lleva al punto de partida. ¿Cómo es posible que si tenemos todo esta base, estemos hartos de cómo es nuestro país, y hayamos perdido la confianza en las instituciones, e incluso la esperanza en que la situación cambie y mejore?. ¿Vale la pena un esfuerzo de Regeneración?. ¡Ojo¡ Esta simple pregunta no es la primera vez en nuestra historia que unos hombres o mujeres se la plantearon, y supieron influir para actuar.

La cuestión está en que para conseguir ese cambio o esa Regeneración, hay que partir del análisis objetivo de donde estamos, en que ámbitos queremos que España mejore, y cuales son los principales causantes de los principales problemas actuales, analizar las posibles propuestas de acción y, tras un consenso en los temas básicos, actuar. 

Podemos decir que, hoy, tenemos claro cómo estamos. Lo que no tenemos claro es a donde queremos ir, qué país queremos tener. En definitiva nos falta un Proyecto pais que nuestros dirigentes y responsables políticos no nos definen ni transmiten, tan ocupados como están con la descalificación y el insulto al adversario. Tampoco en los medios de comunicación ,salvo contadas excepciones, vemos un interés prioritario por clarificar y debatir como superar los problemas más importantes para la vida de los ciudadanos. Y menos lo hacen aún, los parlamentarios a los que hemos dado el voto.

Impulsemos pues un debate serio y riguroso sobre cómo resolver el problema de la vivienda, la precariedad laboral,  las necesidades de formación en el mundo actual, la sanidad, la demografía y dentro de ello la gestión de la inmigración y la colaboración intergeneracional, la conservación del medio ambiente, la acción ante los crecientes desastres naturales que irán sucediéndose, la energía, la IA y otras innovaciones tecnológicas, el futuro de algunos sectores industriales,  la transformación digital de la Administración y el acceso asequible para los ciudadanos, la agilización de la justicia, el papel de España en la UE y en el mundo, nuestro papel en materia de seguridad internacional y defensa, .. y varios temas más, que puestos uno junto a otro identifican que país queremos tener.

Aportar ideas para fomentar debates rigurosos y respetuosos en estos campos es el propósito de la Discrepancia, como venimos reiterando desde febrero, tras haber creado  una sección específica abierta a aportaciones rigurosas.: “Ideas para un Proyecto llamado España”.

Se trata de contribuir, entre todos, para que deje de ser vigente y real aquella afirmación, atribuida, aunque no haya constancia escrita, al Canciller alemán Otto Von Bismark, hombre clave en la unificación de su país, que dijo:

 «Estoy firmemente convencido de que España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a sí misma y todavía no lo ha conseguido».

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