miércoles 14 octubre, 2026

Ceuta: La crisis empezó antes de que el mar se llenara

Información, responsabilidad, Marruecos y el espejismo de la superioridad moral

Todos aquellos que hemos gestionado o hemos estado implicados en una crisis sabemos fehacientemente que una crisis nunca empieza cuando suenan las sirenas… Empieza mucho antes.

A veces con una fotografía que nadie considera importante. Con un mensaje perdido entre cientos de mensajes. Con un policía que advierte de algo extraño. Con un rumor que comienza a extenderse por una red social. Con un informe que llega a una mesa. Con una conversación entre servicios de inteligencia. Con centenares de jóvenes que empiezan a moverse en una dirección aparentemente inexplicable. Todo puede ser desadvertido si nunca te ha pasado. El gas no te lo dejas abierto dos veces si una ya te llevaste el susto. Te pueden decir que tienes un toc, si revisas la llave una y otra vez, pero tú sabes que siempre es mejor que la explosión.

La crisis comienza exactamente en ese instante cuando la realidad todavía puede ser interpretada de dos maneras: como ruido o como señal y empiezas a no mirar para otro lado. Después ya es demasiado tarde.

Cuando miles de cuerpos entran en el agua, cuando las patrullas están desbordadas, cuando las ambulancias empiezan a circular, cuando una ciudad siente miedo y cuando los ministros convocan reuniones extraordinarias, ya no estamos previniendo una crisis. Estamos sobreviviendo a ella.

Eso es probablemente lo más importante que Ceuta nos está enseñando, que lo importante en una buena gestión de crisis no es solo la comunicación, que tiene sus códigos y hay mucho aprendiz de brujo que cobra bastante por contarlos. Lo esencial en una gestión de crisis es una buena gestión del problema, y para ello hacen falta buenos gestores, no restores ni argumentalistas. Para empezar, no estamos solamente ante una crisis migratoria. Estamos poniendo en evidencia que el Estado a veces, no está cuando tiene que estar. Tampoco únicamente ante una crisis humanitaria, fronteriza, diplomática o de seguridad. Estamos ante todas ellas simultáneamente y, antes que ninguna, ante una crisis de conocimiento y decisión.

¿Quién sabía qué? ¿Cuándo lo supo? ¿Quién comprendió su importancia? ¿A quién se lo comunicó? ¿Y quién tenía que decidir? ¿Y quién la provocó?

Ésas son las preguntas que un Estado serio debería contestar antes de empezar a buscar culpables en una reacción bastante infantil y saber que puede no haber culpables, pero sí responsables. En política, en gestión pública siempre existen responsables, responsabilidad que debe ser ejercida. No vale mirar al campanario a ver si fue el viento el que hizo sonar la campana.

La información que no llega no es inteligencia

Los acontecimientos del 30 y 31 de julio, cuando alrededor de 72.000 personas cruzaron hacia Ceuta desde Marruecos, no surgieron de una absoluta oscuridad informativa. Durante las semanas anteriores sindicatos de trabajadores fronterizos habían advertido del incremento de llegadas por mar y del efecto que estaban produciendo determinados mensajes en redes sociales. Reuters documentó esas advertencias y las peticiones de refuerzo realizadas antes del gran desbordamiento. (Reuters)

Ahora conocemos algo todavía más importante.

RTVE ha informado de la existencia de una alerta del Centro Nacional de Inmigración y Fronteras de la Policía Nacional, fechada el 29 de julio, víspera de la entrada masiva. Algunas informaciones la describen como una advertencia de “riesgo extremo”; la versión comunicada posteriormente por la Dirección General de la Policía sostiene, en cambio, que era una alerta frecuente y que no pronosticaba específicamente lo que iba a ocurrir al día siguiente. (RTVE Play Stories)

Esa contradicción no debe resolverse desde una tribuna periodística. Debe investigarse. Porque constituye precisamente el corazón del problema.

En gestión de crisis no basta con poseer información. Hay que transformarla en inteligencia, es decir, interpretarla, relacionarla con otros indicios, valorar escenarios y ponerla a tiempo delante de quien tiene capacidad para decidir.

Un informe que duerme en una mesa no protege ninguna frontera. Un informe o una alerta que llega al destinatario equivocado incapaz de decidir, tampoco. Y una información relevante que no modifica ninguna decisión es administrativamente información, pero operacionalmente casi nada.

Por eso resultan tan graves las noticias conocidas el 2 de septiembre. El informe del CENIF remitido a la Audiencia Nacional recoge imágenes y datos según los cuales gendarmes uniformados y agentes marroquíes de paisano habrían guiado parte del flujo hacia determinados accesos. Sin embargo, el director general de la Policía ha puntualizado que el informe no atribuye formalmente al Estado marroquí la planificación o ejecución de toda la operación. La Fiscalía deberá ahora valorar el material. Y el gobierno actuar.

Prudencia, por tanto. Pero prudencia no significa silencio.

Nadie puede afirmar todavía que Marruecos organizara la crisis. Eso parece evidente y sería gratuito hacerlo. Pero tampoco podemos proclamar, antes de terminar la investigación, que Marruecos fue completamente ajeno a ella. Un Estado democrático investiga antes de absolver y antes de condenar.

La Discrepancia había empezado a hacerse las preguntas

Vista ahora la hemeroteca de La Discrepancia, resulta interesante comprobar cómo distintas firmas fueron aproximándose al problema desde perspectivas diferentes.

El 29 de julio, antes de la gran oleada, Abdelhamid Beyuki publicaba Ceuta 2026: más allá de la crisis migratoria y advertía precisamente contra la tentación de interpretar lo que estaba ocurriendo como un simple episodio migratorio. Señalaba la convergencia de factores económicos, demográficos, jurídicos y geopolíticos en el Estrecho. (LA DISCREPANCIA)

Carlos Penedo llevó después la reflexión directamente al terreno de la inteligencia del Estado, recordándonos que Ceuta y Melilla no pueden gestionarse únicamente desde la urgencia fronteriza. (LA DISCREPANCIA)

Mohamed Nouri introdujo otra dimensión imprescindible: la desinformación, las redes sociales y la necesidad de una nueva doctrina europea para el flanco sur. Porque una frontera moderna ya no empieza en una alambrada; puede empezar días antes en un teléfono móvil situado a cientos de kilómetros. (LA DISCREPANCIA)

Y Rafael Vera formuló el 31 de agosto, en Ceuta, la frontera de las dos verdades, la pregunta que sigue suspendida sobre todo el episodio: quién detectó la primera señal, quién la escuchó y por qué la prevención llegó después del desconcierto. (LA DISCREPANCIA)

No son cuatro explicaciones incompatibles. Son cuatro pisos del mismo edificio: Información, Inteligencia, Geopolítica, Decisión.

El Gobierno ha respondido mejor económicamente de lo que previno políticamente. El éxito en la búsqueda de soluciones viene por parte del Ministerio de Economía.

Conviene reconocer también aquello que contradice cualquier relato demasiado fácil. España no ha abandonado económicamente Ceuta.

El Plan Integral de Desarrollo Socioeconómico aprobado en 2022 contempla 354,68 millones de euros, procedentes de los Presupuestos del Estado, fondos estructurales y el Plan de Recuperación. (La Moncloa)

Y el Consejo de Ministros acaba de aprobar un extraordinario plan de choque de 309 millones para los cuatro últimos meses de 2026: 90 millones para seguridad, 118 para acogida humanitaria, 80 para empresas y trabajadores y 21 para reforzar servicios esenciales. Es una movilización equivalente, según el propio Gobierno, aproximadamente al 16% del PIB ceutí. (La Moncloa)

Por eso puede formularse una conclusión incómoda pero razonable: el Gobierno ha respondido mejor económicamente de lo que previno políticamente. Ha aparecido el Estado cuando la crisis ya estaba encima: con policías, militares, acogida, fondos, Frontex, ayudas empresariales y refuerzos administrativos. Todo ello era necesario.

Pero la excelencia en gestión de crisis no consiste en movilizar muchos recursos después de recibir el golpe. Consiste en conseguir que el golpe sea menos probable, menos inesperado y menos devastador. La prevención siempre resulta menos fotogénica que la respuesta; precisamente por eso suele recibir menos atención política.

El muchacho que mira Europa desde el teléfono.

Pero sería un error contemplar únicamente mapas, informes y servicios secretos. Al otro lado existen personas. Entre ellas, miles de adolescentes.

El desempleo entre los jóvenes marroquíes de 15 a 24 años alcanzó en 2025 el 37,2%. (HCP Marruecos)

Pensemos qué significa eso cuando ese mismo muchacho tiene Europa entera dentro del teléfono. No compara únicamente salarios: compara vidas. Ve Madrid, Barcelona, París, universidades, viajes, coches, estadios, influencers. Ve a Lamine Yamal y establece en él su modelo de referencia.

No es serio afirmar que los jóvenes marroquíes vienen a España porque quieren convertirse en estrellas del fútbol. Pero Lamine Yamal constituye una metáfora formidable de algo mucho más poderoso: la posibilidad.

El verdadero efecto llamada no es siempre una regularización. A veces se llama futuro con luces de colores.

Una política inteligente con Marruecos debe controlar fronteras y simultáneamente comprender qué es lo que mueve a quienes intentan atravesarlas. Y ahí está la gran asignatura pendiente con Marruecos: cómo ambos Estados superan sus estereotipos y prejuicios de antaño.

La falsa superioridad moral

Aquí aparece además una reflexión que la izquierda debería hacerse.

Durante demasiados años una parte de ella ha considerado palabras como frontera, seguridad, autoridad, nación o devolución casi sospechosas ideológicamente. Es un enorme error.

Defender una frontera democrática no es reaccionario. Aplicar una resolución de retorno conforme a la ley no es xenófobo. Proteger a un menor no significa admitir que cualquiera pueda entrar. Perseguir un delito cometido por un extranjero no significa criminalizar la inmigración.

La izquierda posee una extraordinaria tradición moral construida alrededor de la igualdad y la protección de los vulnerables. Pero una tradición moral no concede superioridad moral automática a nadie. Como la historia nos demuestra, también hay corruptos de izquierdas, y personas honestas de derechas. Y hace falta ser muy descriteriado para pensar que existe un lado bueno de la historia y un lado malo, y que uno siempre está en el bueno.

El Estado del bienestar europeo fue construido después de la Segunda Guerra Mundial mediante el esfuerzo, el conflicto y también el acuerdo entre socialdemócratas, democristianos y liberales, y olvidar esto está empezando a crear serios problemas de futuro. Europa funcionó cuando esas tradiciones aprendieron no solamente a enfrentarse, sino a contaminarse. Quizá necesitemos recuperar algo de aquello.

Del mismo modo, la derecha debería abandonar la apropiación del patriotismo. Ceuta no se defiende mejor porque se grite más veces que es española. Se defiende con inteligencia, inversión, empleo, vivienda, agua, educación, seguridad y proyecto.

Aznar afirmó recientemente que la soberanía nacional no tiene vacaciones. Tenía razón en algo. Solo faltaba completar la frase: la inteligencia tampoco debería tenerlas.

Marruecos: conocer antes que sermonear

Después está Marruecos. Nuestro error histórico consiste en oscilar entre dos extremos: considerarlo un enemigo permanente y preocuparse por cada cañona que compran, o tratarlo como un socio tan indispensable y siniestro al que resulte incómodo exigirle explicaciones.

Marruecos no necesita ser ninguna de esas dos cosas. Es nuestro vecino. Y los vecinos no se eligen, como los hermanos, y nos gusten más o menos tenemos que apechugar con ellos con sus vicios y sus virtudes. No queda otra. Bueno, sí queda resolver las discrepancias a tiro limpio o haciéndonos la vida imposible, pero eso no renta para ninguno. Y ya lo hemos probado.

El Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación firmado en 1991 resulta sorprendentemente moderno leído treinta y cinco años después. Habla de cooperación económica, científica y universitaria; intercambio de estudiantes, profesores e investigadores; formación profesional; turismo, agua, energía y diálogo cultural. Incluso reclama superar los viejos malentendidos y las aprensiones colectivas entre las dos sociedades. (BOE)

Quizá no necesitemos inventar una política completamente nueva. Quizá necesitemos tomarnos mucho más en serio la que escribimos. Traducir autores marroquíes al castellano y españoles al árabe y al amazigh, cosa que no se hace. Cuantos más marroquíes conozcan el castellano y las culturas españolas, mejor para España y menos resquemores; el conocimiento del otro no es una amenaza, es una garantía de diálogo.

Multiplicar intercambios universitarios. Crear programas compartidos de Formación Profesional, cuando en España están empezando a faltar profesionales en diferentes actividades, como la construcción sin ir más lejos. Relacionar empresarios, policías, profesores, jueces, periodistas y estudiantes. Formar a nuestros propios responsables políticos en historia, economía, cultura y sociedad marroquí. Y abandonar esa vieja costumbre occidental de visitar al vecino para explicarle constantemente lo que debe hacer. Qué bueno sería crear una comunidad digital de medios de comunicación que tuvieran un flujo permanente de intercambio.

Menos sermones. Más conocimiento. Más cooperación cuando nuestros intereses coincidan en múltiples temas, y mayor firmeza y claridad cuando no coincidan. Eso es una política exterior adulta.

Cuando las cámaras se marchen

Dentro de unas semanas Ceuta dejará de abrir los informativos. Ocurrirá otra cosa. Siempre ocurre. Entonces comenzará el verdadero examen.

Habrá que saber si los 309 millones fueron realmente ejecutados. Si se investigaron los fallos de información y se corrigieron. Si Policía, Guardia Civil, CNI, Interior, Exteriores y Seguridad Nacional aprendieron a compartir mejor lo que saben. Si Marruecos ofreció explicaciones suficientes. Si Europa comprendió que Ceuta no es únicamente una frontera española, sino una frontera europea. Si seguiremos invirtiendo en colaboración y seguridad mutua cuando ya no haya periodistas.

Y si somos capaces de imaginar Ceuta no únicamente como el lugar donde España termina, sino como el lugar desde el que puede empezar una relación diferente con África desde la U.E.

Porque una crisis no se mide solamente por los daños que provoca. También por lo que una sociedad aprende después de sufrirla. Somos poco de aprender, es la verdad. Ceuta ha pagado ya un precio demasiado alto para que todo termine en una comisión parlamentaria; tres ceses, alguno llegará; algunos cientos de millones; unos cuantos discursos patrióticos y una visita Real.

La primera obligación de un Estado es saber. La segunda, comprender. La tercera, decidir. Y solo después actuar.

Cuando alteramos ese orden ocurre lo que vimos en Ceuta: primero llega la realidad y después empiezan a llegar las explicaciones. España y Marruecos seguirán frente a frente cuando esta crisis termine. La geografía no admite mociones de censura o de confianza.

Por eso tendremos que aprender a conocernos, cooperar, exigirnos y vigilarnos sin convertir cada desacuerdo en una guerra, ni cada gesto de cooperación en una rendición. Hacer que las dos orillas parezcan una.

Y Ceuta seguirá allí. Española cuando las cámaras filmen el Tarajal. Española cuando un ministro aterrice. Española cuando un ex presidente pronuncie un discurso. Pero, sobre todo, española cualquier martes de febrero, cuando aparentemente no ocurre nada y precisamente por eso debería estar funcionando todo.

Termino por donde empecé. La resolución de las crisis pasa porque exista gestión eficaz y gestores capaces y responsables. Y cuando se resuelva esta, Ceuta y los ceutíes seguirán allí y Marruecos y sus instituciones. Por ello hay que buscar cómo nos ponemos a trabajar para que el futuro sea diferente, el futuro es ya.

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