Editorial con enlaces
Los incendios forestales ya no pertenecen únicamente al verano. Tampoco pueden seguir siendo considerados episodios excepcionales, accidentes inevitables o catástrofes imprevisibles ante las que los responsables políticos comparecen con el rostro grave, prometen reconstrucciones y vuelven después a la rutina administrativa.
El fuego se ha convertido en una amenaza permanente.
Los incendios de estos días en España, Portugal y Francia, el confinamiento de más de 20.000 personas provocado por la reactivación del fuego de Guimerà, en Lleida, y la sucesión de alertas extremas en distintos territorios europeos muestran que la campaña de 2026 no es una anomalía. Es la continuación de una tendencia conocida, documentada y largamente anunciada.
En La Discrepancia hemos insistido en que los incendios españoles no pueden explicarse exclusivamente por la existencia de pirómanos, negligencias o comportamientos delictivos. Todo eso existe y debe perseguirse, pero detrás de los grandes incendios aparecen causas estructurales: el abandono del medio rural, la desaparición de cultivos y pastos que fragmentaban el territorio, la acumulación de combustible vegetal, la insuficiente gestión forestal y un modelo público que continúa destinando la mayor parte de sus recursos a apagar el fuego, no a impedir que alcance dimensiones incontrolables.
Las estimaciones recogidas por esta revista sitúan el gasto anual español en incendios por encima de los 1.000 millones de euros. Entre el 70 % y el 75 % se concentra en la extinción, mientras la prevención recibe aproximadamente entre el 25 % y el 30 %. Es la expresión presupuestaria de una política equivocada: gastamos enormes cantidades cuando el monte ya arde, pero escatimamos recursos durante los meses en los que todavía podría gestionarse.
El cambio climático no enciende todos los fuegos, pero los convierte en monstruos
Conviene ser rigurosos. El cambio climático no prende por sí mismo una cerilla, no abandona una colilla y no provoca directamente cada incendio. Pero crea las condiciones para que cualquier ignición se propague con una velocidad, una intensidad y una capacidad destructiva desconocidas hasta hace pocas décadas.
Las temperaturas extremas, las sequías prolongadas, la reducción de la humedad del suelo, la vegetación sometida a estrés hídrico y los episodios de viento convierten inmensas superficies forestales en combustible disponible. Aparecen incendios capaces de generar sus propias condiciones meteorológicas, alterar las corrientes de aire, producir pirocúmulos y superar la capacidad de actuación de los dispositivos convencionales.
Copernicus advierte de una prolongación de las temporadas de riesgo, un aumento de los grandes incendios y una expansión del peligro hacia regiones europeas que tradicionalmente no se consideraban especialmente vulnerables. Europa se calienta aproximadamente al doble de la media mundial y el riesgo crecerá especialmente en el sur del continente y en el Mediterráneo.
Frente a esta realidad, las palabras huecas de la política producen una irritación creciente. Cada verano escuchamos que los incendios son “devastadores”, que los equipos trabajan “sin descanso”, que las administraciones mantienen una “coordinación absoluta” y que se adoptarán “todas las medidas necesarias”.
Son fórmulas vacías.
Nadie discute el esfuerzo extraordinario de bomberos forestales, agentes medioambientales, brigadistas, servicios sanitarios, fuerzas de seguridad, voluntarios, pilotos y miembros de la Unidad Militar de Emergencias. Precisamente por respeto a ellos resulta intolerable seguir enviándolos a combatir fuegos cada vez más violentos con plantillas incompletas, precariedad laboral, medios envejecidos y dispositivos dimensionados según los riesgos del pasado.
La política no puede limitarse a elogiar a quienes se juegan la vida mientras posterga las decisiones que podrían protegerlos.
La prevención necesita trabajadores, tecnología y territorio
España dispone de buenos profesionales y de una considerable capacidad operativa. Pero estos recursos son complementarios de los dispositivos autonómicos, que soportan la responsabilidad ordinaria de prevenir y combatir los incendios.
Ahí aparecen las desigualdades territoriales, la fragmentación de competencias, la ausencia de estándares homogéneos, la temporalidad de las plantillas y las dificultades de coordinación. No todos los territorios poseen idénticos recursos, formación, capacidad aérea o sistemas de comunicaciones. Tampoco existe una verdadera carrera profesional común para quienes combaten el fuego.
La prevención eficaz exige personal estable durante todo el año. Requiere gestión de combustible, limpieza selectiva, ganadería extensiva, mosaicos agroforestales, cortafuegos correctamente mantenidos, quemas prescritas, vigilancia, investigación de causas, ordenación de las interfaces entre urbanizaciones y monte, planes municipales de evacuación y una política que haga posible vivir y trabajar en el medio rural.
También necesita tecnología: satélites, sensores terrestres, drones, inteligencia artificial, modelos predictivos, comunicaciones interoperables, cartografía actualizada y sistemas de alerta temprana. Pero la tecnología no sustituye a los profesionales ni limpia el monte. Un algoritmo puede anticipar el riesgo; no puede reemplazar al agente forestal, al pastor, al técnico, al brigadista ni al alcalde que conoce los caminos de su municipio.
Los incendios son una cuestión de seguridad y defensa
Ha llegado el momento de romper otra barrera conceptual. Los incendios forestales no son solamente un problema ambiental. Son una cuestión de seguridad nacional y europea.
Cuando un incendio obliga a evacuar decenas de municipios, corta carreteras y líneas ferroviarias, destruye redes eléctricas, amenaza embalses, interrumpe comunicaciones, afecta a instalaciones industriales o expulsa durante semanas a miles de personas de sus viviendas, estamos ante una crisis de seguridad.
Los incendios pueden paralizar territorios enteros, deteriorar economías regionales, destruir explotaciones agrícolas, comprometer el suministro energético y generar movimientos masivos de población. También pueden ser utilizados de forma intencionada como instrumento de desestabilización o sabotaje. En un contexto internacional caracterizado por las amenazas híbridas, la protección del territorio, de sus infraestructuras y de sus recursos naturales forma parte inseparable de la política de defensa.
La presencia de la UME no militariza la respuesta. Reconoce que las emergencias de gran magnitud requieren logística, comunicaciones, movilidad, disciplina operativa y capacidad de despliegue propias de una política moderna de seguridad.
Pero la UME no puede convertirse en la solución automática a todas las insuficiencias civiles. Su eficacia no debe servir como excusa para debilitar los servicios autonómicos, locales y forestales. La defensa frente al fuego exige un sistema escalonado: comunidades preparadas, capacidades nacionales robustas y una reserva europea capaz de actuar inmediatamente.
Europa debe convertirse en una potencia de protección civil
La Unión Europea ha reforzado sus mecanismos de respuesta, pero todavía no dispone de una verdadera política común de incendios forestales con recursos suficientes, presupuesto plurianual, mando coordinado, formación homologada y capacidad de intervención inmediata.
Europa necesita una agencia de emergencias suficientemente dotada, bases permanentes distribuidas por áreas de riesgo, una flota aérea europea y equipos terrestres multinacionales entrenados conjuntamente.
También debe financiar prevención, no solo asistencia cuando los Estados ya han sido superados. El fuego no se apaga con recomendaciones.
Si la Unión Europea sirve para disciplinar déficits, regular mercados, fijar objetivos industriales y coordinar la defensa del continente, también debe servir para proteger a sus ciudadanos cuando arden sus pueblos, sus bosques y sus casas. Los incendios no entienden de competencias autonómicas, fronteras estatales ni calendarios presupuestarios.
Si Europa no sirve para esto, habrá que preguntarse seriamente para qué sirve.
Gobernar es anticiparse
Nadie puede alegar sorpresa.
La obligación de las instituciones no consiste únicamente en responder cuando aparece la columna de humo. Consiste en haber previsto el riesgo, haber mantenido las plantillas, haber gestionado el territorio, haber probado los planes de evacuación y haber explicado a la población cómo actuar.
Gobernar una crisis no es comparecer ante las cámaras después del desastre. Gobernar es anticiparse.
Los incendios que vienen no se combatirán solo con más aviones, más soldados o más discursos. Se combatirán recuperando el territorio, dignificando a sus profesionales, utilizando la ciencia, coordinando las administraciones y construyendo una Europa capaz de proteger realmente a sus ciudadanos.
Todo lo demás será volver a mirar las llamas, pronunciar palabras solemnes y esperar a que las cenizas oculten, una vez más, la responsabilidad política.
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LaDiscrepancia.com · Incendios forestales
LA DISCREPANCIA · EDITORIAL
La Discrepancia ante los incendios forestales
Este editorial forma parte de una línea continuada de análisis de La Discrepancia sobre incendios forestales, cambio climático, gestión del territorio, protección civil, salud pública y seguridad colectiva. Los títulos siguientes son enlaces activos.
Francisco Castañares, ante un verano en llamas: cuando el monte avisa antes de arder
Advertencia sobre acumulación de vegetación, abandono rural, prevención y profesionalización de los dispositivos.
Análisis desde la gestión integral de crisis, la seguridad nacional y la protección de infraestructuras críticas.
Los incendios forestales en España: causas, contexto y dinámicas estructurales
Estudio sobre causas humanas y estructurales, abandono rural y desequilibrio entre prevención y extinción.
Editorial sobre imprevisión institucional, insuficiencia de la política forestal y reproches partidistas.
Incendios de sexta generación: el nuevo paradigma del fuego
Explicación de los megaincendios capaces de generar fenómenos atmosféricos propios y superar la extinción convencional.
El problema principal no es el cambio climático, es la falta de gestión forestal
Entrevista sobre política forestal, prevención durante todo el año y deficiencias acumuladas en la gestión del monte.
Incendios intencionados y política inadecuada
Análisis sobre incendios provocados, modelo forestal y responsabilidad de las administraciones.
Incendios y salud: contaminación extrema
Estudio sobre humo, partículas contaminantes y deterioro de la calidad del aire.
Desastres y otros riesgos extraordinarios
Reflexión sobre vulnerabilidad social, emergencias y necesidad de una política pública integral.
Conclusión común
Los incendios no comienzan cuando aparecen las llamas, sino mucho antes: cuando se abandona el territorio, se debilitan los servicios públicos, se precariza a los profesionales y las instituciones sustituyen la prevención y la planificación por palabras vacías.
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