España ha vivido una de esas semanas en las que la actualidad parece empeñada en recordarnos que la historia no espera a que resolvamos nuestras pequeñas miserias internas.
Mientras el Papa León XIV visita España llamando a derribar murallas y a no encerrarnos en los grupos donde ya nos sentimos seguros y el PSOE veía nacer en su interior una contestación organizada bajo el nombre de ReActiva; la guerra de Rusia contra Ucrania volvía a recrudecerse con ataques masivos; y Oriente Medio se hundía un poco más en una espiral de represalias entre Israel, Irán, Hezbolá y Estados Unidos. Recordando, como el famoso mounstro al que cantaba Victor Manuel ( EL CUELEBRE) que está yendo aprender para hablar del revés
y no entederse con nadie ni en chino ni en bable
sobran las palabras
que las palabras se enredan
y forman oscuras las buenas ideas…
No son episodios aislados. Son síntomas de un tiempo desordenado, peligroso y necesitado de política seria. Vamos lo que ya resulta lejano.
El viaje del Papa León XIV a España, no puede leerse solo en clave religiosa. Su presencia en Madrid, su paso por emblematicos lugares celebrando encuentros con una representación plural de la sociedad española ( desde politicos a emigrantes) y sus mensajes recordando las incertidumbres de un mundo nuevo, tienen una dimensión pública evidente a una sociedad que pretende vivir de espaldas a lo que le viene encima.
En una sociedad acostumbrada a levantar trincheras , el Papa ha pedido justamente lo contrario: no encerrarse en el propio grupo, no vivir solo entre quienes ya nos dan la razón, no levantar muros interiores contra el diferente. También habló de los abusos en la Iglesia como una “plaga” y se reunió con víctimas, lo que obliga a recordar que ninguna institución conserva autoridad moral si no es capaz de mirar de frente sus propias sombras.
Esa apelación a la verdad, a la humildad y a la reparación llega a España en un momento especialmente delicado. La vida política nacional se encuentra atrapada entre la judicialización, la sospecha permanente, el agotamiento del Gobierno y la incapacidad del partidos de la oposición y su desnortado lider para ofrecer un horizonte que vaya más allá de la supervivencia táctica. La encuesta de 40dB publicada este lunes sitúa al PP en el 32,4% y al PSOE en el 27,7%, casi cinco puntos por debajo, tras la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero y la entrada de la UCO en Ferraz en el llamado caso Leire. Más allá del dato demoscópico, lo relevante es el hundimiento de la confianza. Donde nadie debe olvidar que en Salas contiguas se juzga a miembros del PP por graves delitos de corrupción del mismo tenor, la utilización del Estado en beneficio propio.
En ese contexto ha surgido ReActiva PSOE, una corriente o movimiento de militantes socialistas que reclama una reacción ética y política dentro del partido y de la sociedad española. Según las informaciones publicadas, el grupo pide elecciones generales este año, que Pedro Sánchez no sea candidato y la apertura de una reflexión profunda sobre la crisis de credibilidad del socialismo español. Laura López Mendizábal, una de sus firmantes y colaboradora de este medio, ha defendido públicamente que en el PSOE “hay wue vencer el miedo a reconocer los propios errores” y que hace falta recuperar una socialdemocracia reconocible, capaz de hablar de vivienda, empleo digno, cohesión social y regeneración democrática…de lo que a los ciudadanos les importa, en definitiva.
Conviene no despachar este fenómeno con suficiencia, como si fuera una anécdota, una pataleta o una conspiración de salón. En los partidos democráticos, los movimientos críticos no son una enfermedad: son un síntoma de vida. Lo patológico no es que haya militantes que discrepen; lo patológico sería que nadie se atreviera a hacerlo. Un partido que solo sabe aplaudir a su dirección acaba pareciéndose demasiado a una corte de bufones. Y una organización política que confunde la lealtad con el silencio termina perdiendo precisamente aquello que dice defender: su utilidad pública.
Por eso resultan tan pobres algunas reacciones desde el aparato socialista. Óscar Puente ha defendido estos días que Pedro Sánchez sigue siendo el “mayor activo” del PSOE y ha considerado un exceso hablar de corriente interna. Tiene derecho a hacerlo. Pero el problema no se resuelve negando su existencia ni reduciendo toda crítica a una incomodidad pasajera. La pregunta no es si Sánchez ha sido un activo en determinados momentos. La pregunta es si hoy el PSOE puede reconstruir su credibilidad, su proyecto de país y su autoridad moral sin abrir un proceso real de revisión política, orgánica y ética.
*La izquierda española debería aprender algo elemental: no basta con advertir del peligro de la derecha y la extrema derecha. Hay que merecer la confianza de la ciudadanía. Y esa confianza no se exige; se gana. Se gana con transparencia, con ejemplaridad, con primarias limpias, con órganos de control fuertes, con militancia respetada y con un programa capaz de responder a las heridas reales del país: la vivienda imposible, la precariedad laboral, la desigualdad territorial, la fragilidad de los servicios públicos y la pérdida de futuro de demasiadas generaciones.
*
Pero mientras España se consume en sus batallas internas, Europa vuelve a mirar hacia el Este con inquietud. Rusia ha intensificado sus ataques contra Ucrania con drones, misiles y golpes sobre infraestructuras críticas. Reuters informó de uno de los mayores ataques recientes contra Kyiv, Dnipro y Járkov, con decenas de muertos y heridos, mientras Ucrania sostiene que ha recuperado más de 600 kilómetros cuadrados en 2026 y que la línea del frente sigue siendo difícil y dinámica. La guerra no se ha congelado. Se ha transformado en una guerra de desgaste, tecnología, drones, agotamiento civil y amenaza permanente.
La señal más grave es que el conflicto ucraniano ya no puede separarse del deterioro general del orden internacional. El derribo de un dron en el espacio aéreo de Letonia por un Rafale francés de la OTAN recuerda hasta qué punto la frontera oriental europea se ha convertido en una zona de fricción constante. Y el informe del SIPRI sobre la renovación de arsenales nucleares vuelve a colocar ante nosotros una palabra que creíamos relegada a los manuales de la Guerra Fría: escalada.
A esa inquietud se suma Oriente Medio. La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán cumple ya cien días sin salida clara, con miles de muertos, negociaciones bloqueadas y un intercambio directo de ataques entre Israel e Irán. Este lunes, el ejército israelí aseguró haber golpeado objetivos militares en el oeste y centro de Irán tras lanzamientos iraníes contra territorio israelí. Al mismo tiempo, la Armada iraní efectuó disparos de advertencia contra buques estadounidenses cerca de Omán. El riesgo de que la región deje de ser un tablero de guerras contenidas para convertirse en un incendio abierto es cada vez mayor.
Y aquí aparece la cuestión central de esta semana: ¿ qué política necesitamos cuando el mundo se vuelve más peligroso? No una política de gestos. No una política de trincheras. No una política de adhesiones personales. Necesitamos una política adulta, capaz de decir la verdad aunque duela, de corregir el rumbo sin esperar al naufragio y de comprender que la democracia no se defiende con propaganda, sino con instituciones limpias, partidos vivos y ciudadanos exigentes.
El mensaje del Papa, el surgimiento de ReActiva, la guerra en Ucrania y la escalada con Irán hablan, cada uno a su manera, de lo mismo: de la necesidad de romper los encierros. El encierro de las iglesias que no escuchan a sus víctimas. El encierro de los partidos que no escuchan a sus militantes. El encierro de los bloques geopolíticos que solo saben responder con más fuerza. El encierro de las sociedades que se acostumbran a mirar el desastre como si fuera una serie de televisión y a escuchar un frivolo comentario de un tertuliano.
Desde La Discrepancia creemos que esta semana exige una conclusión clara: España necesita serenidad, sí, pero no una serenidad anestesiada. Necesita una serenidad activa, crítica, incómoda, capaz de levantar la voz sin caer en el grito. Porque callar ante la degradación de los partidos, ante la guerra, ante el miedo o ante la mentira no es prudencia. Es dimisión cívica.
Y este no es tiempo de dimitir como ciudadanos. Es tiempo de volver a pensar, volver a discrepar y volver a construir.


