domingo 19 julio, 2026

Déjame en paz, amor tirano

1ª Parte

Déjame en paz, amor tirano, déjame en paz.

Amadores desdichados que seguís milicia tal.

Lope de Vega

A LOS CINCUENTA AÑOS DE LA MUERTE DE FRANCO

En la historia de los pueblos, casi nada es casual. Nada es azar. Y la Guerra Civil Española, esa tragedia que desangró a la nación, tampoco lo fue. Fue, en su conjunto, el resultado de una acumulación de errores políticos, sociales y humanos que culminaron en una violencia desmedida que no conoció frontera ni moral. Véase Juan Simeón Vidarte: «Todos fuimos culpables». En ese proceso, Franco no fue más que una simple casualidad, aunque muchos hoy lo vean como el epicentro de todo el mal. Franco, en realidad, fue uno más de los generales africanistas que se sumaron a un movimiento que ya estaba en marcha desde la misma proclamación de la II República. Cualquiera de ellos podría haber tomado el control y haber puesto su nombre (Mola, Villegas, Saliquet, González Carrasco, Fanjul, Orgaz, Ponte, Rodríguez del Barrio, García de la Herrán, Varela…) en la historia, porque todos estaban predispuestos y gustosos de ejercer ese tétrico cometido histórico; todos compartían la misma ambición, la misma falta de escrúpulos y, sobre todo, la misma visión de lo que España debía ser, sí o sí, a imagen y semejanza de un paupérrimo pensamiento. Es cierto que se supo poner al frente quien tenía menos escrúpulos y más capacidad de manipulación e imposición sobre quienes le rodeaban.

También es igualmente cierto que el régimen que siguió a la victoria franquista se denominó “franquismo”, pero esa nomenclatura ha sido más un accidente de personificación de la historia que una realidad política tangible, como suele pasar. Franco, como figura central, representó la consolidación de un poder militar, religioso e ideológico que, en poco tiempo, arrasó con las instituciones democráticas, anuló la voluntad de millones de españoles —tanto vencedores como vencidos— y entregó el destino del país a una minoría que le sustentaba y que manejó España con una codicia casi patológica.

Los errores de la República: la imprudencia de unos, la intransigencia de otros

La responsabilidad histórica de la izquierda

Retrocedamos un poco. Para entender el camino que llevó a la Guerra Civil es imprescindible no solo reconocer los méritos y esperanzas que despertó la Segunda República, sino también los graves errores cometidos por quienes estaban llamados a consolidarla. En el seno de la izquierda republicana, y muy especialmente dentro del socialismo, se produjo una rápida radicalización del lenguaje político que erosionó peligrosamente la capacidad de diálogo y de construcción institucional.

Frente a la tradición pactista, la retórica pública fue derivando hacia un discurso cada vez más frentista, donde el adversario era presentado como enemigo histórico, moral y casi metafísico, incompatible con el progreso y, por tanto, prescindible. Aquello desdibujó el principio más básico de la democracia: que la política es el arte de convivir y gobernar con quienes piensan distinto. La izquierda actual, en lugar de generar iconos que no existen, debería reflexionar al respecto.

En ese contexto se produjo una pérdida acelerada de la centralidad política. El socialismo español, que en 1931 había sido uno de los principales garantes del proyecto republicano, fue desplazándose hacia posiciones que renunciaban a la transversalidad social y electoral en favor de una épica revolucionaria.

La creciente influencia doctrinal del comunismo —que penetró en el PSOE con habilidad, discurso y organización— ofreció a una parte significativa del movimiento obrero un marco emocional nuevo: el de la revolución histórica inevitable. Ese marco sustituyó paulatinamente la construcción paciente de una democracia reformista por un horizonte de enfrentamiento total con la España conservadora, católica y socialmente tradicional.

Para muchos socialistas, el adversario dejó de ser un competidor democrático y pasó a convertirse en el último representante de una España imperial fracasada que debía ser superada por la vía de la historia, aunque ello implicara la ruptura social y la guerra.

A este proceso se sumó la influencia de la corriente anarquista, cuyo peso social —especialmente en Cataluña y el ámbito rural— era indiscutible. Pero el anarquismo español, por su propia naturaleza, carecía de un modelo institucional, jurídico o estructural de país.

Su idealismo insurreccional, centrado en la demolición del Estado y en la autoorganización instantánea de la sociedad, era incompatible con la necesidad de estabilizar un régimen democrático nuevo, frágil y con inmensos retos sociales. La izquierda institucional quedó atrapada entre dos presiones contradictorias: el gobierno y la revolución. En demasiados momentos cedió a la segunda, debilitando la primera.

La radicalización no fue solo ideológica: fue también personal. Muchos dirigentes de la izquierda abrazaron una épica política que se alejaba del realismo y de la responsabilidad democrática. La política se convirtió en un terreno para demostrar pureza, heroicidad y fidelidad revolucionaria.

Pero la democracia no es el territorio de héroes individuales, sino de ciudadanos. Esa elevación de la política al plano sacrificial contribuyó a dinamitar puentes, a deslegitimar el acuerdo y a instalar la falsa idea de que España solo podía salvarse mediante la derrota total del otro. Al elegir la épica sobre el pacto, la izquierda renunció a construir una España compartida y moderna.

La responsabilidad histórica de la derecha

Pero la derecha también fue protagonista fundamental en la espiral que llevó al país al desastre. Lejos de actuar como freno institucional o como contrapeso modernizador, se atrincheró en una visión del país que no aceptaba la transformación social mínima que exigían los nuevos tiempos.

Es curioso que, en los tiempos de encrucijada, los liderazgos políticos se vuelvan más mediocres y simplistas. La aristocracia nobiliaria, la alta jerarquía eclesiástica y los grandes propietarios rurales reaccionaron a la República con una posición de inmovilismo absoluto, interpretando cualquier intento de reforma como una agresión directa a la esencia de España.

Su negativa a ceder espacio político, económico o simbólico contribuyó a una sensación de asfixia social en amplias capas de la población que veían la modernización como una cuestión de dignidad histórica.

La derecha no solo se cerró al cambio: respondió con creciente radicalidad. El lenguaje público de sus dirigentes se contaminó de la lógica de la confrontación total. Pero esta radicalización no surgió en el vacío: fue, en parte, una reacción defensiva al avance del discurso revolucionario del otro lado.

En lugar de disputar la República desde posiciones conservadoras democráticas, buena parte de la derecha adoptó un marco político inspirado en los movimientos autoritarios que estaban triunfando en Europa.

Se fue instalando una ideología de exclusión: si la izquierda pedía revolución contra la “España antigua”, una parte de la derecha respondió con la idea de una “España verdadera” que debía defenderse del enemigo interno a cualquier precio.

La violencia retórica terminó cristalizando en violencia real. La derecha, en numerosas ocasiones desde el poder institucional o parapolicial, recurrió a la represión como forma de restaurar el orden y castigar la disidencia.

Los militares africanistas, humillados tras el desastre colonial y frustrados en su carrera, se convirtieron en el brazo armado —esperando el momento adecuado— de esa restauración autoritaria. La política se militarizó sigilosamente.

El adversario ya no era una fuerza parlamentaria, sino una amenaza existencial para la patria. La semántica de la derecha se llenó de palabras totales: salvación, cruzada, regeneración, limpieza. Como espejo brutal de la revolución del otro lado, se construyó una contrarrevolución igual de excluyente.

Cuando la política pierde su sentido humano. El punto sin retorno.

Así, cuando los discursos se ocuparon de expulsar de la humanidad al adversario, la política se cerró y se hizo inservible. Izquierda y derecha terminaron siendo fuerzas enfrentadas no por modelos de Estado, sino por legitimidades morales absolutas.

Cada una veía a la otra como una desviación histórica que debía ser eliminada. El debate dejó de ser sobre leyes, presupuestos, educación o propiedad, y pasó a ser sobre la esencia misma de España, sobre quién tenía derecho a ser parte de ella. Cuando no es el ego y el paso a la historia personal lo que preocupa.

Ese fue el punto de no retorno: la deshumanización recíproca. Si el otro no es un ciudadano —sino un enemigo, un traidor o un invasor doméstico— entonces la convivencia democrática se vuelve imposible.

La República se había construido para traer un régimen donde las personas, y no los caudillos, fueran el fundamento del poder. Sin embargo, en la escalada dialéctica, ambos bandos olvidaron ese principio elemental del humanismo: ni el cristiano, ni el republicano, ni el socialista.

Cuando la política se trasladó del Parlamento a la calle, de las ideas a los puños, de los discursos a las pistolas, España quedó sin espacio para la concordia. Y una nación sin espacio para la concordia está siempre a un paso de la violencia que, generalizada, se llama guerra.

Franco, la dictadura y la pérdida de la condición humana

La llegada de Franco no fue una anomalía caída del cielo, sino la consecuencia final de un proceso de degradación política, social y moral que se había incubado durante años y de responsabilidades compartidas. La República había naufragado cuando la política dejó de ser el territorio del acuerdo para convertirse en el campo de batalla de la deshumanización recíproca (1934).

Pero la victoria franquista no trajo una reconstrucción del país ni una restauración de la convivencia; todo lo contrario: trajo la imposición sistemática y deliberada de un nuevo modelo de poder basado en el miedo, la humillación del derrotado y la anulación de la pluralidad humana.

Franco no vino a “restaurar el orden”, sino a sustituir la libertad por un Estado que convirtió la represión en el lenguaje cotidiano de la política. Por ello, cuando algunos hablan de “libertad”, es para que nos tiemblen las carnes.

El franquismo no se limitó a perseguir al enemigo militar: marginó, silenció y expulsó de la vida civil a todo aquel que pensaba distinto, incluso a quienes cuya única falta era no adherirse activamente al régimen.

La dictadura no se definió por la victoria militar, sino por algo más profundo: la negación de la dignidad del otro como sujeto político. El final de la guerra fratricida no fue la paz, solo la victoria.

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