María José Vicente Vicente, profesora de Ciencias Políticas y Sociología
A LOS 50 AÑOS DE LA MUERTE DEL DICTADOR
Soy nieta de la guerra civil e hija de la Transición. Mi abuelo, funcionario del Estado durante la República, que había conseguido su plaza con 18 años, cargaba con esa mochila de silencios tan característica de su generación. A sus hijos les ocultaba los recuerdos dolorosos, pero a mí me transmitía, con nostalgia por su juventud arrebatada y advertencia, sus vivencias del Madrid de los años 30. Siempre subyacía una lección fundamental: los valores de fraternidad y humanidad han de trascender cualquier sistema político.
Leía con curiosidad el eurocomunismo de los 70 mientras compraba el ABC por costumbre. Escuchaba a políticos de distintas ideologías -«todo el mundo tiene algo importante que contar»- y defendía el diálogo por encima de todo, de ahí que se enfadara tanto con el televisor porque Felipe y Julio tuvieran tan mala relación política.
Desde mi posición como profesora universitaria, constato cada día el divorcio entre lo que supuso la Transición como eje vertebrador de un nuevo camino, de nuestra casa común de convivencia y la percepción de las generaciones actuales. Encuentro estudiantes comprometidos con problemas actuales -emergencia climática, desigualdad, derechos digitales- pero con conocimiento fragmentario de cómo se construyó esta democracia que hoy disfrutamos.
La Transición española representa uno de los procesos de modernización política más notables del siglo XX europeo. No fue simple transferencia de poder sino compleja rearticulación donde actores con legitimidades enfrentadas construyeron un marco de convivencia. El mérito fundamental de aquella generación no fue la perfección de sus soluciones sino su capacidad para priorizar la gobernabilidad democrática sobre la pureza ideológica.
Resulta metodológicamente incorrecto juzgar las decisiones de 1978 con parámetros del siglo XXI. Cada generación opera dentro de condicionantes históricos específicos. La verdadera sabiduría política consiste en entender esas restricciones contextuales. Los constituyentes no partían de cero: heredaban las consecuencias de una guerra civil y cuarenta años de dictadura.
Los desafíos contemporáneos son indudablemente distintos -crisis de vivienda que afecta especialmente a jóvenes, precariedad laboral estructuralizada, emergencia climática urgente- pero la esencia del método para enfrentarlos sigue siendo la misma que hizo posible la Transición: capacidad de pacto, visión de Estado y renuncia al maximalismo. Aquella generación demostró visión política, racionalidad política, no mera ambición de poder que vacía de contenido intelectual y moral a quienes deben servir al interés general.
La calidad de una democracia se mide por su capacidad para procesar conflictos sin polarización. Confrontar ideas forma parte del pluralismo político; la confrontación es necesaria, no así el enfrentamiento. La generación del 78 comprendió que la democracia es, por definición, el gobierno de la palabra frente a la imposición violenta. Supo distinguir entre lo fundamental, que es la convivencia – y lo accesorio, que son las diferencias ideológicas legítimas dentro de ese marco.
Como académica comprometida, observo la necesidad de una pedagogía constitucional que, sin eludir las sombras del proceso, transmita la extraordinaria dimensión de aquel logro colectivo. No se trata de idealizar el pasado, sino de comprender su complejidad para extraer lecciones aplicables al presente.
La educación cívica democrática es esencial para formar ciudadanos críticos, responsables y comprometidos con los valores constitucionales. Enseña a convivir en diversidad, defender derechos cumpliendo deberes y participar críticamente en democracia. Sin esta base ética, la sociedad se debilita, prima el interés particular y se erosiona la confianza que sustenta toda democracia digna de ese nombre.
El legado del 78 no es monumento estático, sino pacto vivo de convivencia que cada generación debe reinterpretar y actualizar. Su vigencia no reside en la repetición mecánica de sus fórmulas, sino en la aplicación creativa de sus principios rectores: diálogo, pluralismo, moderación y lealtad constitucional.
En tiempos de mirada cortoplacista, de tacticismos frente a la política pública, de mensajes escuetos que pretenden viralización máxima y del anodino, pero peligroso mensaje de desprecio y hasta de odio creciente, estos valores no representan nostalgia conservadora, sino condición de posibilidad para una democracia funcional. La España constitucional nos interpela desde la permanencia de sus enseñanzas fundamentales: que la política es el arte de lo posible, que la democracia exige concesiones recíprocas y que ningún proyecto colectivo puede construirse sobre la negación del adversario.
La memoria histórica auténtica no nos ata al pasado, sino que nos libera para enfrentar el futuro con perspectiva. El recuerdo de errores cometidos y aciertos alcanzados constituye capital cívico imprescindible para navegar la complejidad del presente.
Cuatro décadas después, este legado mantiene sorprendente actualidad. Frente a la tentación del enfrentamiento estéril, nos recuerda que las grandes transformaciones requieren consensos básicos. Ante la polarización, reivindica la cultura del encuentro. Frente al inmovilismo, propone la reforma constante dentro del marco constitucional.
La tarea que tenemos por delante no es diferente en esencia a la que enfrentaron los constituyentes: construir desde el realismo sin renunciar a ideales, transformar sin destruir, innovar sin despreciar lo valioso del pasado. En este sentido, el espíritu del 78 no es reliquia sino un cuaderno de bitácora para el futuro.
La democracia española ha demostrado una notable fortaleza superando crisis económicas, tensiones territoriales y desafíos sociales diversos. Esta capacidad de adaptación forma parte del ADN de nuestro sistema político y es quizás el legado más valioso de aquella generación que supo mirar al futuro sin rencor. La tentación del enfrentamiento y la simplificación excesiva siempre está presente, pero la historia nos enseña que los caminos del extremismo y la polarización suelen llevar a callejones sin salida.
El verdadero homenaje al legado del 78 no es la repetición acrítica de sus fórmulas sino la aplicación creativa de su espíritu a los desafíos del siglo XXI. Se trata de ser tan valientes y lúcidos como fueron ellos y ellas, adaptando a nuestro tiempo aquella capacidad de construir puentes donde antes había abismos.
Aquella generación no era perfecta. Cometió errores, dejó heridas sin cerrar, heredó silencios incómodos. Pero tuvo algo que hoy escasea: la convicción de que España era más importante que cualquier sigla, cualquier ego, cualquier estéril fricción. Supo distinguir entre lo accesorio y lo esencial. En eso radica su grandeza.
Como académica, exijo rigor. Como nieta de la guerra, trabajo convencida por la convivencia sana que da una robusta cultura democrática. Como hija de la Transición, reconozco y anhelo futuro. Desde esta triple mirada, afirmo: no necesitamos política que renuncie a su historia para parecer moderna. Necesitamos política que sepa beber de lo permanente: honestidad, respeto, lealtad a las instituciones, cultura del esfuerzo, unidad por encima de trincheras. Esto no tiene que ver con etiquetas predefinidas ni con nostalgia: es ante todo sentido común.
La España del 78 ha de llevarnos a la reflexión continua sobre no traicionar lo logrado, pero con amplitud de miras para tampoco dormirnos en los laureles. Nos pide que miremos al futuro sin arrogancia y al pasado sin complejos. Porque lo que está en juego no es el relato de lo que fuimos sino la posibilidad de seguir siendo.
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