miércoles 15 abril, 2026

La España de hoy: ¿un país que sigue en guerra consigo mismo? 2ª parte. El hoy.

Continuación de DEJAME EN PAZ, AMOR TIRANO

A LOS 50 AÑOS DE LA MUERTE DE FRANCO

El franquismo como ideología total

Su herencia en los actuales dirigentes españoles

El franquismo fue también una construcción ideológica, un sistema cerrado que pretendió definir no solo quién mandaba, sino qué significaba ser “buen español”. El régimen creó una cosmovisión moral donde la nación se identificaba con la obediencia jerárquica, el catolicismo político, el anticomunismo militante y la unidad territorial concebida como dogma del lado bueno de la historia, expresión que tanto se usa ahora.

Así, el Estado no solo dictó leyes: dictó significados. Determinó quién era persona y quién no; quién era aceptable y quién debía ser silenciado. Convirtió la historia en propaganda, la religión en legitimación política, la educación en herramienta de adoctrinamiento y la moral pública en un espejo obligatorio. No se gobernó España: se rediseñó el alma colectiva, imponiendo una clasificación permanente entre “los buenos” —los afectos al régimen— y “los malos”: el resto.

Un poder que no se limitó a la política

Ese proyecto no fue solo político: fue económico, social y cultural.

El franquismo implicó:

  • La apropiación del Estado como patrimonio privado, puesto al servicio de familias, grupos empresariales y redes de intereses que se enriquecieron bajo la protección del régimen. Grandes fortunas españolas deben su origen a aquel reparto arbitral del país.
  • La conversión de la cultura en propaganda, anulando la creatividad que no servía a la “consigna”, limitando el pensamiento crítico y censurando el espíritu científico.
  • La clausura de la sociedad civil, reemplazada por sindicatos verticales, organizaciones tuteladas y una vigilancia permanente de la conducta y las ideas, incluso de la forma de amar.

Franco y el llamado franquismo no solo gobernaron: ocuparon el espacio público y lo convirtieron en propiedad. Y esa colonización de la vida cotidiana generó una cultura cívica del miedo, la obediencia y el silencio, que penetró en la sociedad de manera tan profunda que sobrevivió incluso a la muerte del dictador.

El franquismo como mentalidad que sobrevivió a Franco

El mayor triunfo del franquismo fue convertirse en algo que trascendió a Franco. Dejó de ser solo un régimen político para convertirse en una cultura que ha sobrevivido durante décadas: una desconfianza mutua, un miedo al conflicto abierto, una preferencia por el orden impuesto sobre la pluralidad negociada, una percepción heredada de que España era un país de enemigos convivientes.

Cientos de miles murieron sin conocer otra cosa que la dictadura, como el abuelo Eugenio, que murió pocos meses antes que Franco y cuyos familiares se lamentaron. Cuando ese país —el del franquismo— llegó vivo a 1975 y pretendía perpetuarse, lo hizo cargado de una memoria marcada por el silencio y por la ausencia de convivencia democrática real, por el miedo a hablar alto, como hacen los españoles que diría León Felipe.

Por eso la Transición no fue únicamente un proceso jurídico: fue principalmente una resurrección moral, que algunos quieren perder y olvidar.

La Constitución de 1978: el reencuentro político y moral de un país roto

En este contexto histórico cobra su verdadero valor la Constitución de 1978. No es —como a veces se caricaturiza— solo un texto legal: es la construcción del primer gran pacto nacional sin vencedores ni vencidos. En un país con siglos de guerras civiles, pronunciamientos y depuraciones, la Carta Magna representó algo nunca logrado con éxito: el abandono simultáneo de las trincheras.

Fue tres cosas —a no olvidar—:

  • la renuncia de quienes querían revancha;
  • la renuncia de quienes no querían reformas;
  • y la construcción de un espacio político común donde cupieran todos.

No para tolerarse, sino para reconocerse.

Como decía Machado, no se trataba de eliminar a los contrarios, sino de encontrar en ellos a los complementarios. Y en ese reconocimiento, aunque parezca paradójico, hubo también una dignificación de quienes murieron esperando ese día.

La Constitución devolvió la ley como expresión de la voluntad popular, no del poder impuesto; el Estado de derecho como “muro protector de la persona”, no como herramienta para aplastar a los disidentes; la libertad como punto de partida, no como concesión del gobernante.

Pero sobre todo devolvió algo que España había perdido demasiado tiempo atrás: el fin del miedo. Mi padre, un niño de la guerra, siempre bien afeitado y, como mucho, con un bigotito de los años 50 y 60, empezó a dejarse barba el día de la aprobación de la Constitución, barba que le acompañó hasta su fin. Para él —decía— era su homenaje constitucional: que nadie le dictaba ya cómo tenía que ir y… qué pensar.

No nos equivoquemos: la vida de España fue, es y será de gente muy corriente que no quiere estar en ningún lado de la historia, ni buenos ni malos, solo vivir libremente, en paz y lo mejor que sea posible.

Por ello, cuando un pueblo puede votar, expresarse, criticar y participar sin arriesgar su futuro, el silencio deja de ser obligación. Y cuando la política deja de dividir entre hijos de Dios e hijos del Demonio, los ciudadanos empiezan a reconocerse como comunidad. Como dijo Gabriel Celaya en su “España en marcha”: españoles con futuro y españoles que, por serlo, aunque encarnan lo pasado, no pueden darlo por bueno.

La España de hoy: ¿un país que sigue en guerra consigo mismo?

Hoy, no creo que —al menos— los políticos sean conscientes de ello. El debate público español parece estar atrapado en los ecos del pasado. No discutimos ideas: discutimos identidades ideológicas heredadas. Seguimos buscando héroes mártires, culpables, absoluciones y condenas. La confrontación se ha convertido en una estética: la bronca por la bronca, el grito sobre la razón, el insulto como argumento político.

Franco está muerto y España sigue siendo un país en guerra consigo mismo.

Pero cuando España —sus dirigentes— se mira en el espejo del conflicto permanente, como si la Guerra Civil estuviera siempre a cinco minutos de reencarnarse, comete un error fundamental: seguir librando batallas que ya nadie puede ganar y que la mayoría de los ciudadanos tampoco tiene interés en librar.

Las instituciones han dejado de ser casa de todos para convertirse, en demasiados discursos, en botín político de unos o de otros. La palabra “consenso” se pronuncia con sospecha, como si pactar fuera rendirse, como si acordar fuera traicionar. Mutarse en rojo, en fascista o —lo que es peor— en un moderadito apóstol de la equidistancia.

Ese es el legado más persistente del franquismo: la idea de que España es una ecuación de dos bandos irreconciliables en guerra eterna por la razón verdadera.

Premisa falsa. La historia lo demostró en 1978: España sí puede convivir consigo misma. Y cuando lo hace, avanza.

Mirar adelante: del miedo a la madurez democrática

España no necesita más Franco ni más antifranquismo militante convertidos en nuevos dogmas. Ambos, cuando se absolutizan, se vuelven cárceles: uno del pasado defensor de esencias trasnochadas; el otro del pasado traumático que obliga a ganar la guerra que perdieron los abuelos.

Lo que España necesita —y ya ha demostrado que puede ofrecer— es:

  • ciudadanos que no teman al pluralismo,
  • dirigentes que no se alimenten del odio ni lo multipliquen,
  • instituciones que no respondan a la lógica de vencedores y vencidos,
  • y un sistema político que no olvide que la democracia es, ante todo, una pedagogía de la convivencia.

El futuro no está escrito ni garantizado, pero sí depende de una elección colectiva: seguir condenados a una guerra moral interminable y absurda, o continuar —como en 1978— buscando lo que une en lugar de lo que extermina.

Porque al final, solo hay una lección que permanece: un país no son sus caudillos, ni sus dictadores, ni sus epopeyas. Un país es su gente. Y solo cuando esa gente puede mirarse sin resquemores ideológicos, entonces —solo entonces— una nación empieza realmente a ser libre, sin traumas del pasado.

España necesita encontrar su voz no en la confrontación, sino en el entendimiento de que lo que nos une hoy —a pesar de todas las diferencias— es mucho más grande que lo que nos separó ayer. De lo contrario, no habrá futuro, solo un eterno retorno a las mismas luchas, los mismos miedos, las mismas divisiones. Y eso, como todo en la historia, no es ni casualidad ni accidente: es elección. Allá cada cual con su responsabilidad.

Una cuestión final

Robert Capa, el fotógrafo húngaro, murió hace tiempo y, además, cuentan que la foto del miliciano fue un montaje.

Merece la pena sin dudas escuchar esta breve intervención de Felipe González en la entrega del Toisón de Oro.

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