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sábado 29 agosto, 2026

¿Quo vadis?

Esta pregunta retórica, hecha en latín, que parece que así da un plus de cultismo, con base en la tradición cristiana, amplificada desde la literatura por la pluma de Henryk Sienkiewicz (1896) y el cine por la dirección de Melvin Leroy (1951), es habitualmente fuente de reflexión cuando nos encontramos ante callejones sin salida en cualesquiera de las habituales circunstancias vitales.

Esa pregunta me la hago, nos la hacemos muchos, creo, en lo político, no en lo literario o en lo cinéfilo, y además, en plural, y sería un ¿Quo imus?, es decir, ¿Dónde vamos?

Acaso la pregunta mejor formulada sería ¿Quo Hispaniam ducimus?, o sea ¿A dónde llevamos a España?, o, acaso, con más corrección, diríamos que a dónde la están llevando nuestros democráticos y legítimos representantes.

Y lo peor es que a muchos, seguros que tan ignorantes como yo, nos cuesta trabajo encontrar respuesta. O, insisto, desde nuestra ignorancia, no encontramos respuesta.

Pero mi preocupación, que comparto contigo, querido lector, es que mal está que no la sepamos los que en esto de la gobernación no estamos. Y es que, por haberlo estado en otro tiempo y circunstancia, nos reprochan los actuales próceres, que estamos en una especie, según ellos, de resentimiento, un respirar por la herida, o como algunos nos dicen, es que no entendemos lo que pasa porque estamos descontextualizados (sic) y fuera del sentir de las nuevas sociedades.

Pues va a ser que no. Nuestra preocupación es porque sin que muy unamuniano sea, ni depositario de verdades absolutas y excluyentes en esto de lo público, a muchos nos duele España. ¡Claro!, que cuando una persona de izquierda dice la palabra España y no el estado español, o el plurinacional estado éste que nos venden, inmediatamente, para estos nuevos líderes de las izquierdas españolas, somos gentes de la fachosfera. ¡Vaya por Dios!

Y es que la España a la que me refiero, nos referimos, es la que diseñamos con grandeza de miras, y de miras hacia el futuro, es la España que tanto costó forjar en la ahora malhadada Transición (con mayúsculas) y plasmada en la más aceptada y consensuada de las Constituciones españolas, la de 1978, la única que no se hizo desde media España contra la otra media como había ocurrido en nuestra reciente historia.

Esa Constitución decidió “establecer una sociedad democrática avanzada”, constituyéndose en un “Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político…”; que dice que “la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”, y cuya “… forma política … es la Monarquía parlamentaria”. Y todo esto sigue vigente. Insisto: sigue vigente.

Y con esas sencillas bases decidimos crear un modelo, que con sus luces y sombras avanzó con zozobras y tensiones económicas y sociales y pese al desgarro del terrorismo (Que, por cierto, visto lo que estamos viendo, pareciera que nunca nos azotó, con tanto “hombre de paz” que nos ilumina).

Y aquel país, aquella España, se hizo un sitio, y no secundario, entre los iguales que hasta entonces la habían ignorado. Y ello no fue fruto de la improvisación. Fue fruto de una hoja de ruta, realista, no utópica, medida, y en muchos, en los fundamentales aspectos, consensuando entre los partidos, que se llamaban y eran, de gobierno, las líneas fundamentales de las políticas de estado que, como tales, sorteaban en lo básico, los cambios electorales sucesivos.

¿Dónde ha quedado esto?

Pues se nos está yendo por el sumidero. Y el tapón de ese sumidero lo están quitando entre todos quienes son nuestros actuales próceres de lo público. Unos más que otros, aunque empeñados parecen estar en quién tira antes y más fuerte del tapón. Los unos gobernando, los otros aspirando a gobernar donde no lo hacen. Y tanto montan, montan tanto, los unos como los otros. Soy pesimista. Lo sé. Y no lo soy habitualmente. Pero denme alguna, por pequeña que sea, ilusión para no serlo.

Cambiar el modelo de estado, cambiar la posición de España en el mundo, y especialmente en Europa; cambiar nuestras alianzas estratégicas, no sólo las militares; modificar nuestras posiciones de relación con los vecinos, con todos ellos; dar respuestas distintas a las mantenidas hasta ahora en hacienda pública, seguridad interior, modelo territorial, financiación de todas y cada una de las administraciones públicas; apuesta por lo público en servicios esenciales sanitarios y educativos; nuestro gasto en seguridad y defensa; políticas migratorias; nuestras pensiones, nuestra dependencia, nuestras igualdades en derechos y obligaciones vivamos donde vivamos y seamos como seamos cada uno. ¡Ay los perdidos consensos!

Y paro aquí. Podríamos, empero, seguir enunciando cosas que, si miramos atrás, a no hace tanto tiempo, hemos visto cómo, o se han ido cambiando a la chita callando, o se van insinuando, como quien no quiere la cosa; pero van generando un ambientillo enrarecido en el que quienes ganan, (¡cuánto y cómo!), sólo son quienes nunca habríamos sospechado son ahora los mejores compañeros de viaje de ésos que fueron y se llamaban partidos de estado. Los unos y los otros. Tirios y troyanos.

Resulta que esos partidos que se entendían en lo fundamental, que propiciaron con sus respectivas renuncias, un modelo, que modélico fue para pasar de dictadura a democracia, ahora, como tantas veces repito y repetiré, sólo se relacionan para insultarse. Vivan los bloques. Viva el insulto. Viva el …y tú más.

Hoy, desde la izquierda democrática fraguada en el PSOE desde Suresnes y en el PP que heredó a AP y la UCD en muchos aspectos, se han mutado en otra cosa; los que bebían en el centro en que se posicionaba y se sigue posicionando el electorado básico de España, el que da y quita gobiernos, ora girando hacia aquella izquierda, ora hacia aquella otra derecha, han devenido un fallido trasunto de lo que fueron.

Mis conmilitones del PSOE, algunos, la dirigencia, creyeron que los asaltantes del cielo del 15M y los sucedáneos nacionales y regionales de los acampados en la Puerta del Sol eran la solución, y eso que no se podría dormir en tranquilidad con determinados compañeros de cama; la podemización de este mi Partido, que sí ha hecho suyo el sustrato ideológico de este otro Iglesias, basa, al parecer, su futuro en quedarse con ese cuerpo electoral que los hechos demuestran son insuficientes para el buen gobierno. Demostrado queda que son enemigos declarados del modelo del 78, y que, por insuficiencia electoral, incluso han necesitado apoyarse en presuntos progresistas, nacionalistas excluyentes, populistas, supremacistas y xenófobos de lo propio español y de lo extraño. Así se configura la posición política de la izquierda española. Ni el camarote de los Hermanos Marx. (De los de Groucho). Pero aquel camarote tenía su gracia. Éste, más bien, no.

Andan buscando, según confiesan algunos, una “Segunda Transición” (¿?) no se sabe con qué salida, aunque desde luego se trasluce que sería revirtiendo lo que, en la Carta Magna del 78, en muchos de sus mandatos se contiene y empezando por el trofeo de caza mayor que es el modelo de estado en toda su extensión. Síntomas, haylos.

Frente, la derecha democrática española, la que coadyuvó a nuestra Transición, también tiene lo suyo. Huye también de ese mismo centro que da y quita gobiernos y, al calor de la radicalización de esas derechas democráticas a nivel mundial, empeñados andan en quitarle protagonismo y espacio electoral a las sucursales patrias de los trumpistas y lepenianos, consiguiendo así no aumentar su espectro de centro derecha, sino de escora peligrosa a posiciones que los más viejos del lugar aún recordamos, a pesar de que debemos ser los abuelos que chochean. Pues no, No chocheamos. Recordamos y cómo, por haberlo vivido, a dónde llevan esas derivas retrógradas y fascistoides. Y me quedo corto.

Comunes denominadores, aunque con matices y dosis varias, existen en demasía en ambos comportamientos: populismo, radicalización, cortoplacismo, frentismo, simplismo. El “manca finezza” atribuido a Andreotti, don Giulio hoy sí podría quedar corto para los nuestros y para sus propios herederos y para conmilitones varios y variados del mundo.

Hemos vivido peores, seguro, momentos en la política española; aunque todos nuestros próceres de uno y otro lado del bloquismo que sufrimos, con el adanismo que los caracteriza, no lo crean. Dicho sea esto, sin desmerecer las situaciones que ahora vivimos. Difíciles, sí, pero muchas de ellas tenemos que afrontarlas porque por ellos han sido generadas o provocadas por acción u omisión. Por unos y por otros. A otros nos tocó lidiar con situaciones, las más de ellas, heredadas, que no por nosotros creadas. Y no es que eso nos haga mejores. No. Pero las situaciones distintas merecen ser descritas y analizadas.

Paren, por favor. Piensen en que muchos compatriotas como yo, queremos saber esa respuesta simple, aunque compleja de … ¿Quo Hispaniam ducimus?. Esta España cuya gobernación heredaron, los españoles que en ella habitamos, creemos merecer una seguridad y tranquilidad, menos zozobras de las que ya la vida nos enfrenta a diario. Queremos, necesitamos, exigimos democráticamente saber a dónde nos dirigen ustedes. Queremos de verdad saber ¿Quo Hispaniam vos ducitis? A dónde lleváis nuestra España. Qué España estáis diseñando. ¿Tenéis modelo?

Hagan esa hoja de ruta, como ya la tuvimos. Se puede y debe hacer. Y hecha que sea en sosiego y pensando en lo común, no en lo partidario y sectario, enséñenla. No la oculten. No la practiquen con nocturnidad o agosticidad. Hablen. Debatan. Cuéntennosla. Déjennos aportarle cosas desde la libertad. Huyan del cortoplacismo. Piensen, no en hoy, acaso en mañana y sobre todo en pasado mañana. En hijos y nietos, al menos. No busquen beneficios rápidos y leoninos a costa de quienes menos pueden. Concluyan en consensos beneficiosos para España y los españoles. ¿No dicen que tanto la quieren y les duele, nos quieren y les dolemos? Pues, eso.

Tienes permiso, querido lector, para llamarme … ¿ingenuo?

No. Seguro que lo están pensando y lo van a hacer.

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