El sábado pasado, 7 de febrero, volví a Polloe, treinta años después. Justo los que han pasado desde que enterramos al bueno de nuestro Poto, al gran Fernando Múgica Herzog. ETA lo había ASESINADO el día antes.
Nos congregamos allí un conjunto de personas, algunos por obligación institucional presuntamente debida (y se agradece, empero) y la gran mayoría, por amistad con él y con la familia. Y también por obligación, pero de otro tipo, de la que hablaré a continuación.
Los que por esta razón fuimos a acompañar a la familia Múgica-Heras, éramos gente de muy diversa adscripción ideológica. Y además de por la amistad al Poto y su familia, estuvimos allí unidos por la necesidad de seguir diciendo con la fuerza que nos queda y nos dejan, lo que al parecer muchos no quieren seguir oyendo. Y es, simplemente, la necesidad de reivindicar, recordar, rendir homenaje, reconocer y NO OLVIDAR, de todas las maneras posibles, lo que en España ocurrió no tanto tiempo ha.
Y es que en España, hasta anteayer, se mataba por pensar distinto, por ser coherente con lo que pensabas y representabas, por ser representante público, de paisano o uniforme, del Estado; por militar en partidos y sindicatos que no apoyaban las tesis de los asesinos, por ser simplemente un niño que pasaba por donde no debiera haber pasado un día concreto a una hora impensable; por ir a comprar a unos grandes almacenes en el día equivocado, por ser pasajero de un coche el día menos apropiado; en suma, se moría por estar en el sitio, sea cual fuere, en el que los asesinos de ETA habían decidido dejar su rastro de sangre y barbarie contra quienes no pensaban como ellos y lo hacían en nombre de no sé bien qué liberación ni de qué opresión. Ni ellos, tampoco, convertidos en pistoleros a sueldo de la extorsión que practicaban otros de sus socios.
Pues eso, hoy, para muchos, pareciera como que nunca ocurrió y pareciera que pretenden que lo olvidemos. Pues, NO. Rotundamente, no. Y mientras podamos, seguiremos reivindicando el sacrificio de todos aquellos que fueron víctimas de aquella sinrazón y barbarie. Y no. No somos gente trasnochada, incluso resentidos, inadaptados a unos pretendidos nuevos tiempos donde como si con el paso de los días, los asesinos, los victimarios, sicarios, criminales, son las víctimas. No. Nunca lo aceptaremos.
El olvido es lo que parece ser, debiera ocurrir. Nunca ocurrirá para nosotros. Nunca olvidaremos. La sociedad no puede olvidar que ochocientos sesenta y uno de nuestros compatriotas y alguno de otras nacionalidades como franceses y ecuatorianos, fueron asesinados por la barbarie de las tres letras.
Y hoy, cuando aún quedan sin poder ser esclarecidos al menos trescientos setenta y nueve asesinatos, en exceso vemos cómo se calla y blanquea todo aquello con comportamientos que chirrían y ofenden a tantos de nosotros y en especial a las familias que sufrieron el desgarro del asesinato de uno de los suyos, que son uno de los nuestros.
El 3 de mayo de 2018, esta sociedad del crimen anunció su disolución. Hasta ese momento se llegó con el esfuerzo de toda la sociedad española, toda la que creyó en los principios de la vida en democracia. Al frente de esa desaparición se pusieron los funcionarios de la seguridad y la justicia, los partidos y organizaciones democráticas que, con muchos de sus miembros, pagaron el precio de llegar a esa disolución. Fue la sociedad en su conjunto la que arrinconó y obligó a los asesinos a parar, aunque ahora, a veces, parece que un expresidente del Gobierno se lo atribuye en exclusividad.
Durante el tiempo en que la banda mató, tuvo un brazo presuntamente político, ora legal, ora ilegal, que se decía representar en política lo que los asesinos practicaban con las armas. Hoy, mutatis mutandis, no ha desaparecido una organización política que ha heredado algunos de los postulados de entonces y participa en la vida política, aunque siempre con esa ambigüedad en demasía calculada y, lo que es peor, sin hacer ningún esfuerzo por ayudar en el esclarecimiento de los asesinatos que quedan por resolver.
Esa organización, hoy incluso, se presenta como parte de la “mayoría de progreso” que sostiene al actual Gobierno de España en ese conglomerado donde se suman otros progresistas con sede en Waterloo, no como víctimas de un exilio, sino en situación de prófugo de la justicia. Y más progresistas que el lector bien conoce, y que son enemigos declarados del modelo constitucional vigente al que aspiran, sin ambigüedades, a dar de baja.
En las vísperas del aniversario de Fernando Múgica dos noticias vinieron a poner de manifiesto, de manera vergonzante, por no decir otra cosa, este escenario de blanqueo al que se está sometiendo toda esta parte de nuestra reciente historia.
De una parte, el Gobierno de España ha pactado con esa organización progresista, con Bildu, sacar a ETA de la lista de organizaciones terroristas de la Unión Europea.
De otra, el que fuera jefe del aparato militar y de los comandos liberados de ETA, Txeroki, alcanzaba un grado de semilibertad desde la prisión de Martutene, a petición del competente Departamento de Justicia y Derechos Humanos del Gobierno Vasco que está atribuido a la parte socialista de esa coalición de gobierno. Esto se ha hecho, además, con las reticencias mostradas por el Fiscal y el Juzgado de Vigilancia Penitenciaria, según parece. Txeroki, entre otras atribuciones, tiene el atentado de la T-4 de Barajas, el atentado contra Eduardo Madina y asesinatos varios de policías y guardias civiles.
Recordaba Rubén Múgica, hijo del Poto, en su intervención del pasado sábado en Polloe, que en aquellos duros años circuló la idea de que si los violentos dejaban de matar, la democracia sería generosa con ellos. Frente a ello, citaba la reflexión de un luchador desde las letras contra aquella barbarie, José María Calleja, que reflexionaba diciendo que “si los que mataban merecen atención por haber dejado de matar, mayor atención merecemos quienes no hemos matado nunca”. Terminaba Rubén Múgica recordando, en consonancia con el pensamiento de su padre, “que el combate contra el crimen organizado de ETA era, ante todo, un combate contra el totalitarismo: ese tufo racista de los etarras y de sus jaleadores.”
Pues así estamos. La llegada a la vida de la democracia, a la de las urnas y no la de las pistolas o la bomba lapa, bienvenida sea. Pero no debe ser como para dedicarles un ongi etorri como los que se siguen celebrando en los pueblos de la geografía vasca cuando llega, tras cumplir condena, algunos de esos que llamaban en su prosaica verborrea, gudaris. ¿Sabrán lo que fueron los gudaris?
Las concesiones que se han venido haciendo a estos herederos batasunos explican, aunque algunos en Ferraz y Moncloa no lo crean, parte de ese deslizarse por la pendiente que el actual PSOE ha emprendido. Como igual lo explica el no podré dormir tras pactar con Podemos, o aquello de que traeré a España a Puigdemont para que rinda cuentas ante la justicia, etc., etc. Blanqueamientos sobrevenidos que hieren sentimientos profundos de muchos españoles y de muchos militantes y votantes socialistas.
Cuestiones éstas las narradas, que significan, entre otras muchas más, la pérdida por el PSOE de un proyecto autónomo para toda España. Un proyecto que cuando lo tuvo, le hizo albergar las esperanzas al votante y poner a aquel Partido al frente de la gobernación de España durante los mejores años de nuestra democracia. Eso sí, teniendo entonces al frente a un ahora denostado Felipe González, al que los mandantes actuales han erigido en referencia de la derecha. ¡Cosas veredes! (Querido Pachi López, ¿…tu quoque?).
Negociar es más que necesario en democracia. Supone ceder y buscar puntos de encuentro. Y hoy se necesita mucho negociar. Pero nunca, nunca, negociar puede suponer entregar principios básicos de los que son santo y seña identificatorios de lo que cada organización o cada uno individualmente es.
Pero no nos desviemos. Las víctimas del terrorismo y sus familiares, quienes contra el terror de ETA y otras bandas terroristas que en España padecimos, lucharon desde sus respectivas profesiones; los que articularon desde la política y la sociedad en su conjunto que se llegara a ese final de esas sociedades del terror, merecen todos, el respeto de los poderes públicos. Pero no con comunicados y declaraciones grandiosas, sino con su quehacer diario sincero y sin blanquear a quienes, desde la actual configuración de las mayorías parlamentarias, aprovechan debilidades del poder.
No se puede tener una flaca memoria ante estas situaciones. Es algo más que injusto. De la historia se aprende. Actuemos en consecuencia. No lo perdamos de vista.
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