Quienes nacimos cabe la mar, y además nos gusta navegar, a quienes la mar nos da vida, esos dos conceptos, deriva y abatimiento, nos son conocidos. Intento explicarme.
Cuando un barco inicia una navegación tiene que tener un rumbo previsto, una dirección concreta hacia un lugar, hacia un puerto. Es lo que marineramente se llama derrota (¡vaya por Dios con el marinero nombre!), y que se define como el camino que sigue ese barco sobre la superficie del agua para ir de un lugar a otro.
La deriva y el abatimiento son justamente el nombre que tienen los desvíos que una nave sufre respecto del rumbo previsto a causa, el uno, por efecto de las corrientes y el otro, a causa del viento. Resultado, el mismo: el barco navega contra lo que se esperaba que hiciera, contra lo que estaba previsto, lo “normal”. El barco deviene imprevisible en su trazado sobre la lámina del agua; el barco confunde a quienes lo observan, el barco no responde a lo que se espera de él, el barco, en definitiva; corre el riesgo de encallar y naufragar con las consecuencias lamentables que se darían si ello ocurre.
¿Cómo se corrige la deriva y abatimiento de una embarcación para evitar esos males no queridos? Pues, en principio, y abreviando en la explicación, hace falta, primero, advertir que ese desvío se está produciendo y siendo consciente de él, hay que calcular cuál es el ángulo del mismo. Y calculado que sea, hacer las maniobras adecuadas, con pericia, conocimiento y solvencia de tripulación y con avezado patrón al mando, así volver al rumbo previsto desde el primer momento.
Hecho esto, hay que poner lo que se llama “caña a la vía”, es decir, poner el timón, fuertemente asido, en el lugar que debe mantener el barco en el rumbo previsto, evitando desvíos peligrosos, costosos e imprevisibles en sus resultados.
Esa deriva o abatimiento, distintos en la causa, pero coincidentes en el mismo efecto que es el abandono del rumbo conocido, pueden provocar por tanto efectos trágicos de resultados. Incluso y, en su caso, podemos llegar a la pérdida por hundimiento, o una difícil puesta a flote de nuevo de aquel recordado bajel al que tanta gente tenía por bueno, robusto, fiable, en el que gustaba navegar, confiando en sus fuertes cuadernas, en el que su naviera ofertaba pasajes confortables, demostrado todo ello a lo largo de los años, pues la puesta a punto y mantenimiento del barco y tripulaciones a lo largo de los años garantizaban su competitividad en el mercado frente a otras navieras.
Puede ocurrir, además, eventualmente, que otra embarcación de similares características, aunque de otra naviera, navegue en las mismas latitudes, con procedencia y destino distintos, pero que comparten rutas en el amplio mar, compitiendo lealmente en fletes y pasaje y, miren ustedes, queridos lectores, puede ocurrir, digo, que sufra el mismo problema.
Ello nos lleva a pensar, lo que no es descartable, que, por las mismas razones de deriva o abatimiento, ambos barcos entren en lo que se llama rumbo de colisión, debido a que sus desvíos de rumbo no fueron advertidos a tiempo y corregidos con la celeridad y pericia requeridas a tripulaciones y patrones. Quiero pensar que esas situaciones de anomalía en la navegación no sean advertidas de buena fe por los mismos. Evito pensar lo contrario. ¡Faltaría más!
Pues lo cierto y verdad es que ambas embarcaciones, que por cierto una se llama “Rosa” y otra “Gaviota”, andan en eso. El rumbo de colisión está asegurado y en él andan desde que han ido a más esto de los bloques, los muros o las trincheras levantados por entrambos. Es eso del y “tú más” en que nos encontramos.
Navegar es complicado. Muy complicado. Conocimientos, pericia, ayudas tecnológicas a la navegación que sean de primer nivel, práctica marinera, titulación suficiente, adecuada selección de la tripulación, buena máquina o aparejo y velamen, cartas náuticas actualizadas, provisiones adecuadas para la duración de la travesía, etc., etc. Todo eso y mucho más son previsiones necesarias para una buena travesía y llegada a puerto pronto y bien.
Y muy importante, además, es conocer las zonas de navegación para evitar sorpresas y tener datos del tráfico marítimo de la zona. Y cómo no, hay que prever la climatología del momento en que se sale a navegar y durante la travesía. Las bonanzas en la mar no son la norma, sobre todo en determinadas épocas del año y en determinados mares y océanos y debemos saber con qué nos vamos a encontrar ahí fuera. Lo contrario, sería una temeridad. Y, además, después de prever lo previsible, hay que saber afrontar lo imprevisible de una navegación desde la pericia que se supone a quienes individualmente y en conjunto dirigen la nave.
Después de este ejercicio de náutica, querido y paciente lector, creo que convendremos en que el “Rosa” y el “Gaviota” andan metidos en estos desvaríos de rumbo. Los dos buques insignia de las dos navieras más potentes de nuestra marina no están en su rumbo. Las dos navieras de prestigio, en la que hemos confiado en los últimos decenios nuestros fletes y pasajes, parece que por deriva o abatimiento han dejado de surcar por donde se les conocía navegaban, con qué tripulaciones lo hacían y eran identificables en su oferta.
Me da la sensación de que en ambos barcos no se han cumplido algunas de las cosas que de forma metafórica he descrito de mis aficiones marineras y que son necesarias para una buena travesía. A qué imputar esos rumbos erráticos resulta complejo. Posiblemente sea un cúmulo de todo y no una sola la causa lo que ha llevado a esta forma de navegación.
Incluso, a lo peor, estas tripulaciones, sobre todo la oficialidad, están escuchando cantos de sirenas que los confunden en sus previsiones de navegación y que son más potentes de sonido que las que Homero narra en su Odisea. Y tampoco parecieran saber navegar entra la Escila y Caribdis de la política de nuestros días. ¡Ésta nuestra sí que es una Odisea y no la de Homero!
Lo peor, incluso, es que ambos barcos se han metido en una tormenta potente, larga de duración y que no saben (¿o no quieren?) capear. Eso provoca que la escora que bien a estribor o babor, (derecha e izquierda) que están sufriendo ambas embarcaciones les está haciendo perder no sólo el rumbo, sino que, también, por la borda van perdiendo parte de la carga encomendada por falta de una buena estiba.
Y esa carga de ambos barcos que se cae por la borda por su mal y errático navegar, se queda flotando o se va al fondo. La que se va al fondo, perdida y más que perdida está. Pero a la que se queda flotando ,acuden ávidos piratas de estos mares, que rapiñan, hacen presa, y las suben a sus menos sólidas embarcaciones, más pequeñas, pero más maniobreras y que se mueven a la perfección en aguas revueltas. Estas tripulaciones, corsarios de los nuevos tiempos ya no devuelven lo que en este proceloso mar encuentran, pues se lo apropian e inscriben a su nombre.
Incluso con miopía marinera, desde el Gaviota y desde el Rosa, han invitado a hacer travesías conjuntas a tripulantes de esas naves corsarias. Y los buenos piratas nunca renuncian a su hacer piratería, aunque por la buena marcha de sus negocios aparezcan sin parche en el ojo y van ganando la confianza de sus anfitriones, desde dentro de las naves. Y en esas erróneas comanditas de navegación les van mermando las provisiones y pertrechos que para sí guardan para su posterior venta en mercados que no exigen certificado de origen.
Pues ahí andamos.
El Rosa y el Gaviota deben de una vez por todas evitar el rumbo de colisión en el que andan instalados. Desde el respeto a legítimos rumbos contrarios que deben mantener cada uno de ellos, deben ceder lo necesario y respetar las reglas de navegación y conceder el paso al que obliga el reglamento internacional de prevención de los abordajes en el mar (el RIPA). Y en este mar de la política también deben respetarse esas reglas de paso y evitar las colisiones. En esas colisiones sólo ganan los piratas que rapiñan lo que cae por la borda de cada uno de los grandes barcos o que se lo llevan desde dentro.
En breves fechas, los andaluces estamos llamados al solemne momento de apostar por una u otra naviera de las grandes. Los dos patrones que cubren esta travesía debieran ser conscientes de la piratería que les acecha por estribor y por babor. Pueden leer los diarios de a bordo de las recientes travesías de sus colegas patrones de los mares de Extremadura, Aragón o de Castilla y León.
Los patrones de los Gaviotas de esos mares de interior decían y decían hasta la saciedad, antes de zarpar, que navegarían firmes y que no querían someterse a la piratería que les entra, en su caso, por estribor. Los hechos han demostrado que, de lo dicho, nada. Por voluntad propia o forzada por el Patrón Mayor de la naviera azul, han enrolado en sus tripulaciones a marineros de otras navieras menores, expertos o bien en motín en forma de espantada o en daños de rapiña dentro de la nave en que ahora navegan. Ya lo hicieron en anteriores y aún recientes travesías. Veamos qué decide el Patrón andaluz que, de entrada, pareciera que ahora, antes de zarpar, con más fortaleza incluso que los de aquellos otros mares, manifiesta no quiere embarcar a nadie ajeno en su barco. Quiere navegar en solitario, con pabellón propio. Veremos.
Pregunta inocente: Si no consigue cubrir todas las vacantes en su rol para el “Gaviota de Andalucía”, ¿tragará, por sí mismo o por lo que le obligue a hacer de nuevo el Patrón Mayor de su Cofradía, y pactará con los piratas de más, más a estribor que él, al igual que sus colegas? Atentos a la pantalla del pactómetro del día 17 próximo.
En el lado de la naviera del “Rosa de Andalucía”, las cosas de esta navegación se presentan distintas, a priori.
Según las previsiones demoscópicas de esta parte de la navegación, ni con tripulaciones ajenas, venidas por babor, y embarcadas en este Rosa de nuestras andaluzas aguas, se podría llevar el barco a puerto. Eso dicen todas esas previsiones de travesía, a día de hoy. Ya conocemos los riesgos de embarcar estas tripulaciones ajenas venidas desde babor en barcos de más eslora y manga. Acaban más pendientes de lo suyo, de su parte del barco, que de los demás miembros de la tripulación y de la naviera que fleta el barco y asume el riesgo de la travesía. Incluso algunos se permiten el lujo de denostar a otra parte de la tripulación llamándolos hasta malas personas, malos tripulantes.
Hagamos un ejercicio de prospección del futuro. Si el “Gaviota de Andalucía” aunque no lanzara un específico mensaje de socorro, supiéramos, como sabremos todos, que lanzando un bote al agua desde el Rosa de estas nuestras aguas, o tirando desde él un cabo para remolcarlo pudiera navegar solventando de esta manera su complicada situación, ¿lo ofrecería la Patrona y lo consentiría el Patrón Mayor de esta naviera?
Dos opciones: o remolque o asalto de piratas.
Querido lector… ¿Apostamos?
Ya lo hemos visto en otras ocasiones. ¡Cuántas veces en la misma piedra!
Alfonso Garrido Ávila


