Las reflexiones de Juan Manuel Beltrán
Elijo una, de entre muchas, una frase lapidaria de Nelson Mandela que explicaba la razón fundamental sobre la que edificó su sueño de hacer una nación unida para blancos y para negros: “Decidí, justo antes de salir de la prisión, que no se podía construir desde el odio”. Como con muchas otras, estoy plenamente de acuerdo y tomo esa afirmación como soporte de lo que voy a preguntar a continuación.
Hay algunos en España que están firmemente decididos a instaurar una dinámica de enfrentamiento y destrucción que me preocupa enormemente. Yo, como muchos otros y entre ellos, algunos amigos, tenemos muchas razones para no desear la continuidad de Pedro Sánchez al frente de un futuro grupo socialista en el Parlamento; la ausencia de presupuestos, la inconsciencia de otorgar a Cataluña la posibilidad de separar la administración central de la autonómica -verdadera fuente de problemas a la hora de atender cuestiones como la sanidad, la jubilación, las prestaciones y la equidad en el reparto de los dineros -, la atención excesiva a cuestiones que han consumido mucho esfuerzo parlamentario que podrían haberse solucionado de otro modo y algunas más que los favorables al PP podrán enumerar sin esfuerzo. De acuerdo, no apetece votar a Pedro Sánchez, pero…
Desde el otro lado, no he encontrado a nadie que, conociendo los planes del PP, me pueda decir que proyecto de construcción tiene Feijoo en la cabeza. Leo los documentos públicos del PP y encuentro un manual de demoliciones y derribos pero, salvo una demencial fijación por “eliminar las huellas del sanchismo”, no veo propuestas que edifiquen, que aúnen y que construyan lo que podríamos llamar un modelo social adecuado para captar el voto de los críticos. Más bien, y es posible que me equivoque, su empeño está enfocado a pasar a Vox por la derecha y tratar de evitar que los perfiles más reaccionarios abandonen sus filas en busca de un refugio más armónico con sus extremas posturas. Estos días hemos visto cómo Almeida y Ayuso toman la bandera del aborto, nuevamente, como llamada a filas olvidando que el 83% de la población ya lo ha aceptado.
No soy sociólogo y no sé lo que motiva el voto de las grandes masas fuera de esa antigua regla que decía que la victoria en España la otorgaba la ocupación del centro, pero ya no se si sigue vigente. Lo que sí sé es lo que yo añoro y que me impide pasar ese Rubicón conceptual, ahora mismo imposible para mi y para muchos como yo que me lo han confirmado.
Debemos escapar de las manifestaciones de odio, asumir que no es bueno ni lógico que las bodas acaben insultando al presidente del gobierno de turno, sea de un lado o de otro, que el insulto no forma parte del lenguaje político o parlamentario, que el contrario tiene legítimo derecho a expresarse y convencer, con argumentos, sobre sus propias posturas, pero…domina, hoy en día, la más abyecta manifestación del odio hacia el contrario y eso, creo, hace imposible cualquier construcción que nos favorezca a todos. Mal asunto.
De paseo con la cabra
Por aquello de pasar de alguna manera la mañana de un domingo sin playa -sí, disfruto de la playa todo el año – y regocijarme sádicamente de ver cómo el público se desgañita insultando a Pedro Sánchez y consolida la tradición de eliminar a los presidentes de la izquierda de la posibilidad de acudir al desfile -para los que insultan sigue siendo el desfile de la victoria, que no han reseteado el disco duro – me tragué el desfile, lo admito: mea culpa. Debo admitir que hubo detalles de muy buen gusto que me parecieron muyadecuados y que, básicamente, integraron a la sociedad civil como parte importante de la acción colectiva en favor de la ciudadanía.
Pasito a pasito, sin alharacas y con buen sentido, nos vamos alejando de ese arquetipo de los desfiles franquistas enseñando el material militar reciclado de la guerra de Corea que nos endilgaron los americanos a precio de oro y eso que todavía se puede mejorar la cosa. No estaría de más que, como ya se hizo un año con la muestra de lo que era una compañía de los tercios, se aprovechara la ocasión para ir mostrando postales de la historia de España -es el día de la hispanidad -y se integren representaciones de todos aquellos países independizados que formaron parte de este estado, que hay que recordar que eran tan España como lo era Ponferrada.
A pesar de que D. Trump puede sufrir un colapso si España le recuerda la enorme deuda, esta sí real, adquirida por los incipientes 13 estados con la corona española, que se volcó en su ayuda militar gastando un pastazo del que no andaba sobrada, lo que fue el imperio español es algo irrepetible. Jamás, repito, jamás, un conquistador ha integrado como súbditos de pleno derecho a los pueblos conquistados de primeras dadas, pero España sí lo hizo y en eso se diferencia por completo de cualquier otro país o imperio colonial. Hasta Caracalla, casi en el final del imperio romano, Roma no otorgó la plena ciudadanía a todos los súbditos de Roma y para entonces, para algunos, había llovido mucho.
En España no se ha enseñado la HISTORIA, así con mayúscula; se han enseñado distintas versiones interesadas de algunas partes de la historia y eso, hoy en día, se nota mucho a la hora de que algunos indocumentados sigan exigiendo que España pida perdón por su paso por el mundo. Basta un vistazo a las postales de las ciudades para tener claras las zonas por las que pasó España y por las que fueron dominio inglés: si hay mestizos, España, si son todos blanquitos, ingleses. Eso lo puede confirmar hoy en día el nieto de Jerónimo, acérrimo defensor del periodo español del oeste de los USA.
Todo esto me pasaba por la cabeza acompañando el paseo del carnero de la Legión, resumen del camino recorrido por el ejército desde la oscuridad franquista a las condecoraciones internacionales. Sigo alucinado con esa transformación que se consagra en las misiones internacionales y porque, ahora mismo, sea un teniente general español el comandante en jefe de las fuerzas armadas europeas, el Eurocuerpo. Impensable y positivo, la verdad.
El retorno no puede ser el destino
Al acercarnos a la situación de Palestina – recordar que la antigua Palestina acoge hoy a Israel – creo que este alto el fuego, que es esperanzador, no debe olvidar que el retorno a la situación de hace dos años no puede, ni debe, ser el destino de los trabajos y negociaciones. Enderezar el árbol torcido que creció tras la creación del estado de Israel es muy complicado, casi imposible, pero no se debe abandonar la idea de que es preciso que los palestinos cuenten con su propio estado y que ese estado deje de lado la actividad terrorista. Hubo un día, hoy imposible, en el que judíos y árabes convivieron en paz en esa tierra maldita, pero esa convivencia se presenta, ahora, como algo imposible.
La realidad de la zona es espesa, complicada, venenosa y es absurdo pretender que lo que ahora empieza va a ser la última baza de la partida, ni mucho menos. Detrás de lo que hoy se celebra queda muchísimo camino, una ruta larga que debe conseguir que la sangre no sea una moneda de cambio; que la barbarie no avale cualquier postura, que la violencia abandone esa tierra maldita que no descansa desde que tenemos registros históricos. Hamás ha perdido cualquier atisbo de credibilidad, pero en esa pérdida no está solo y Netanyahu está, hoy, tan quemado como cualquier dirigente de esa organización que ahora mismo está pasando a sangre y fuego a muchos palestinos que ellos consideran indignos de seguir vivos en la franja de Gaza. La acusación de colaboracinismo es fácil y conduce a la rápida ejecución mediante unos cuantos tiros en la calle. ¿Los que actúan así pueden formar parte de la futura y necesaria formación del estado palestino que sea único para los dos territorios actuales? Me parece que no, la verdad.
Desde el otro lado, Israel debe abandonar la idea mantenida por sus extremos más ortodoxos del total exterminio de los no judíos en la tierra prometida, algo que va a costar mucho dado el poder y representación parlamentaria de la que goza ese sector. ¿Podrá aceptar el estado judío la división de una tierra que considera suya como ejecución de una promesa divina, presencia religiosa que todo lo contamina y coloca el debate en un plano de imposible entendimiento?. No lo creo, sinceramente. En el gran Israel, ese sueño milenario, exige que sólo quede uno y los árabes no forman parte de lo que su concepción exige.
En política se pueden encontrar muchas soluciones, muchos territorios intermedios que, si no generan plena satisfacción, tampoco suponen la plena frustración de alguna de las partes, es algo conocido y que no puede ser trasladado a la religión. La religión no admite medias tintas, no negocia, es estable, maximalista y radical: o triunfa Yahvé o triunfa Alá, no hay posible componenda. Eso, me temo, va a condenar a los palestinos a un exilio ineludible, a la absoluta pérdida de su territorio salvo que la comunidad internacional cierre filas, de manera absoluta, y obligue a Israel a tragarse la píldora de la imposición de un estado palestino, hoy por hoy, absoltamente inviable. Debería ser algo obvio, pero no lo es, ni mucho menos.
La ONU montó un avispero que se le ha ido de las manos y que ahora, y desde el inicio, no ha sabido gestionar: ha creado un monstruo con vida propia que no controla. Veremos qué pasa, pero no deberíamos engañarnos y asumir que el retorno al avispero anterior no puede ser el destino soñado por nadie.
El desprecio del lenguaje
En los últimos años se viene produciendo un deterioro en la calidad de los discursos políticos inasumible, sin matices. La clase política se ha entregado a lo más chabacano, grosero y zafio de nuestro idioma y de nuestro léxico, suficientemente rico como para decir lo que sea que se pretenda sin necesidad de recurrir a lo más condenable de la degeneración intelectual. Si eso es negativo, peor es la constatación de que, cuanto más largo es el descenso hacia lo escatológico y vulgar, más entusiastas son los aplausos recibido por el que perpetra tal asesinato del buen gusto.
El que debería ser el templo de la palabra, del discurso bien elaborado y estructurado, de la argumentación sutil y de la elaborada e inteligente ironía es, hoy, un lodazal infecto dedicado al insulto más soez y menos inteligente. Es terrible comprobar que eso no conlleva castigo alguno y que los correligionarios del que actúa de esa forma, se convierten en turiferarios aplaudidores entregados a la ceremonia del esperpento.
Los discursos son pobres, escasos de vocabulario, ramplones y decepcionantes; se lanzan insultos que ni siquiera son diatribas porque el conocimiento del lenguaje no llega a ser capaz de elaborar el género como se requiere, sólo se insulta, se descalifica, se invade el terreno de lo personal y estamos cerca de que a alguien se le llame gordo, gafotas o fea en pleno hemiciclo y que haya quien aplauda y se ría.
No quiero extenderme en el lamento, pero creo que hemos llegado a un punto desde el que va a ser complicado recuperar cierto nivel y que el diario de sesiones no nos avergüence ante los ojos de los futuros investigadores.
Por favor, pensar en que si vosotros lo aceptáis, el camino de la degeneración es largo y aunque lento, conduce a la exhibición de las peores conductas posibles en democracia: la violencia. Lo que hoy es terreno de lo verbal, mañana será territorio de los puños y las pistolas, aunque eso les suene a muchos como una afirmación inconsistente.
Que no gane el mal gusto y el insulto, por favor.
¿Se puede?
Alvin Tofler decía algo así como “el cambio es la manera en la que el futuro entra en nuestras vidas” y creo que, los que ahora tenemos cerca de 70 tacos, lo hemos podido comprobar. Nuestra vida es un viaje entre lo analógico y lo digital, entre lo real y lo virtual, entre la certeza y la incertidumbre y hemos abrazado la certeza de que puede que nada sea como nuestros sentidos perciben. La realidad es lo que quiera que un programador determine que sea, lo que interese a la propiedad de algún medio de comunicación o red social, pero también lo real se manifiesta y deja notar su presencia.
Esta semana he podido comprobar que, si bien el mundo cambia, hay cosas que permanecen y que, por supuesto se benefician de lo digital, siguen los antiguos caminos trazados por el más ancestral de los ritos humanos: el comercio. Tras un mes de espera, más o menos, un artículo comprado en un comercio electrónico chino, me ha llegado, por tren, sin ningún problema. El comercio sigue sus tradiciones y este envío ha recorrido la antigua ruta de la seda usando un medio moderno, pero este tren, siendo importante, no es más que una gota de agua en el inmenso océano de la actividad comercial mundial.
Está llamando a nuestra puerta la avanzadilla de un gigante que ya ha hecho sus planes y esos planes, que nadie lo dude, pasan por el dominio -otra vez -del mar, eterna palestra en la que se seguirá jugando la partida de la supremacía mundial. China está tirando la casa por la ventana y potencia su marina comercial y militar a un ritmo inconcebible que, según las fuentes, supone entre el 55 y el 70% del tonelaje bruto botado en el mundo. Eso supone que se ponen en marcha 15 buques cada día y que, según analistas, para el 2030 su marina de guerra habrá superado, en número, a la de los USA con 400 barcos y submarinos, incluidos portaaviones de máximo tonelaje y capacidad.
Como en el 1421, cuando China lanzó su gran expedición diplomática y comercial en busca de nuevos mercados y nuevos reinos con los que establecer alianzas, hoy China ya cuenta con más de 200 puertos en el mundo que esperan, con los abrazos abiertos y los muelles preparados, la llegada de esos barcos que acabarán por controlar gran parte de los envíos de bienes y suministros por todo el mundo. Esta foto supone que, en la lucha entre el comercio y el militarismo, deberá haber un ganador: o la dulce droga china del desarrollo, el dinero y el comercio, o las bases militares y la imposición ideológica de los USA.
Ahora mismo, el ejemplo de mi compra y de la entrega que ha llegado a mi casa supone un suave toque a la puerta del mundo y un susurro que pregunta “¿Se puede?” pero, en la casa de al lado, una bota militar ha golpeado la puerta y la quiere hacer saltar por los aires al grito de “Entrégate”. Mientras China construye un enorme puerto en Perú, Chancay, Venezuela se dispone a hacer el ridículo frente al poderío militar de los americanos del norte. Mientras a China se le importa una higa qué gobierno rige los destinos del país con el que hace tratos y desarrolla estrategia económica con préstamos y empresas mixtas bajo su control, USA se siente llamado, necesita, que los gobiernos compartan su visión y su modelo político, cada vez menos democrático y cada vez más autoritario, pero autoritario como a ellos les gusta, no por el lado contrario.
El mundo sigue con sus cambios y mi generación sigue observando que nada es como fue.
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