Juan Manuel Beltrán
Cuando un español discute, lo hace entregado: la pelea se establece a vida o muerte y sólo la completa derrota del contrario puede dar satisfacción al reto. No caben medias tintas, no caben componendas o arreglos parciales, ni mucho menos. Como decía F.Diaz Plaja en El Español y los siete pecados capitales, si consigues acorralar al contrario con la definición del diccionario de la RAE, la negación del todo siempre es posible al grito “..pues estará equivocado el Diccionario ese”. El español discute, discutimos, sobre cualquier cosa desde la ostentación de la verdad, la única verdad, y somos capaces de retorcer la realidad hasta extremos imposibles para la lógica o la comprobación empírica. Hoy sabemos que también hay “verdades alternativas” gracias al elevado intelecto de D. Trump, pero eso no es más que una tibia componenda para D.Juan Español: la verdad es mía como los israelitas aseguraban que “la venganza es mía, dijo el Señor”.
España ha amanecido plena de juristas de alto nivel capaces de desentrañar las abstrusas añagazas del derecho en pos de una única verdad resplandeciente e inapelable: la suya. Más de 300 páginas de complejos razonamientos y exposiciones de precedentes, jurisprudencia y sentencias consolidadas se tambalean ante los preclaros argumentos expuestos en las barras de los bares, los cafés y las oficinas. De nada sirve apelar a la textualidad de una sentencia que “por supuesto no me he leído” pues el español no se siente concernido por ninguna sabia exposición que no sea la suya propia, ajustada y modelada según su visión de “lo que debe ser”. Vamos, que lo que escriba un tribunal nos la sopla porque nosotros, como el tribunal acusado o defendido, ya sabemos lo que hay que sentenciar sin ningún género de dudas.
Dada mi inclinación a curiosear por muchas áreas de las que acabo captando algunas cosas muy concretas, me he encontrado con expertos de mecánica cuántica, energía nuclear, historia de Roma, Psicología -por supuesto – o astrofísica por no mencionar perros, caza o biología: puestos frente a los hechos demostrados por científicos y expertos, la cara que tengo delante siempre es la misma: “pobre hombre, se va a creer lo que dicen los expertos en vez de hacerme caso a mí”. Nos extrañamos de que triunfen los populismos en España cuando todos somos populistas lanzando nuestras propias proclamas y fáciles soluciones a los problemas del mundo. ¿Cómo no vamos a coincidir con cualquier estupidez mencionada en los medios que consumimos? Pues claro que sí, hombre, ya lo ha dicho…cualquier iluminado opinador que se lanza sin salvavidas a cualquier piscina conceptual.
El español no pregunta -no preguntamos -, no: afirmamos rotundamente y parece que nos va la vida en ello construyendo, tras cada exposición, un campo minado donde se espera destripar al contrario. El que duda, el que busca datos para construir opiniones y posturas, es un blandito indeciso al que hay que acorralar y eliminar. Aquí no hay opiniones: hay sentencias de obligado cumplimiento.
Bueno, pues yo, personalmente, me doy de baja de ese ejército de jueces de horca y cuchillo y prometo seguir disfrutando de mis dudas, de mis búsquedas y de mis inseguros matices a la espera de encontrar alguna pequeña verdad que pueda verse modificada a la luz de nuevos encuentros. Es mucho más divertido, de verdad.
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