lunes 15 junio, 2026

Quien paga, manda

Dos referentes de la información radiofónica, van a desaparecer del panorama mediático: Carlos Alsina y Angels Barceló, dejan -o les retiran- sus programas. No sé bien las razones por las que Onda Cero fumiga a carlos Alsina pero sí se conocen las razones por las que Barceló ha decidido no seguir en la Cadena SER: su deseo de no aceptar imposiciones para modificar su línea de trabajo y la selección de participantes en los espacios de debate y tertulia.

No es que yo comulgue con ninguno de los dos, de manera que busco las razones por las que dos periodistas, con distintos criterios y formas de enfocar la información, dejan de informar en dos medios de gran difusión y, en ambos casos, lo que trasluce es el deseo de que los dueños de sus medios cuentes con profesionales “pastueños” que pongan en el aire la versión de la realidad que más satisfaga a los amos del cotarro, cada vez más reunidos en torno a un solo objetivo: eliminar la discrepancia y las distintas alternativas que deben configurar el panorama informativo.

La información es un producto cuya producción cuesta dinero y los intereses económicos, hasta hace unos años, lo definían casi todo, pero esa época ya acabó: ya lo definen y lo condicionan todo. Las grandes corporaciones se sientan en los sillones donde se decide todo y, dentro de ese todo, se incluyen los intereses que ellas mismas definen como la opción más rentable y adecuada a sus propios intereses.

El periodista no es dueño de los medios, evidente, pero sí es dueño de su compromiso ético a la hora de informar bajo el rigor que le imponga su propio sentido ético de la realidad y del compromiso adquirido consigo mismo. Un periodista que que la propiedad le imponga una forma de entender la información, queda convertido en un pregonero sin criterio propio que cobra por obedecer sin atender a ninguna otra condición.

La libertad de prensa y la libertad de información son pilares fundamentales de la sociedad y es necesario contar con medios cuya finalidad coincida con esa necesidad, pero la capacidad empresarial requiere inversión y el dinero se suele alinear con unos intereses concretos que, mucho me temo, están acabando con esa libertad. Hoy, la libertad es cara, el acceso a la audiencia también lo es y generar contenidos de investigación requiere tiempo y respaldo económico de las empresas, de forma que es mucho más barato y mucho más rentable, lanzar los mensajes adecuados a lo que interesa en lugar de buscar verdades que incomodan a unos y a otros.

Si la digitalización acabó con la necesidad de contar con un soporte físico para lanzar contenidos irreales, el capital está acabando con la posibilidad de que los ciudadanos accedamos a contenidos informativos que ofrezcan credibilidad y estén debidamente contrastados. Y eso, aunque ahora parezca que es bueno para los intereses de los inversionistas, socios y dueños, es malo para todos y, fundamentalmente, es perverso para una sociedad que quiera ser libre y tener criterios propios, no “salir pensado de casa”. Las masas manipuladas las carga el diablo y acaban saliendo por cualquier tronera de la historia que nadie haya tenido en cuenta.

Malos tiempos para la lírica.

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