Editorial de La Discrepancia – Semana del 27 de julio de 2025
MANUAL DE DISCREPANCIA 2
“La mejor forma de honrar la verdad es no imponerla.”
Erasmo de Rotterdam
Hay palabras que han sido sobadas hasta el cansancio. Desgastadas por el uso vacío, por la retórica hueca, por los gestos de manual. Una de ellas es “tolerancia”. Pero si nos despojamos de su pátina institucional y de su barniz bienintencionado, tolerar no es un ejercicio de cortesía, sino de lucidez. No es la actitud de quien cede por agotamiento, sino de quien comprende que la vida en común no se construye con dogmas, sino con dudas, con debates, con desacuerdos.
Tolerar es respetar el derecho del otro a pensar distinto, a discrepar, a proponer otra visión del mundo. Y eso no es resignación, sino valentía. Porque implica aceptar que uno no es dueño de la verdad completa, que nuestras certezas pueden ser limitadas, que el otro —ese otro que a veces molesta, irrita o incomoda— puede tener razón. O al menos, una parte.
Europa no habría sido posible sin ese aprendizaje. El viejo continente se construyó sobre la sangre de las guerras de religión, pero también sobre los libros que llamaban a la moderación, a la razón, al entendimiento. Y si hubo una figura que encarnó ese espíritu, fue Erasmo de Rotterdam, humanista, teólogo, polemista delicado, padre espiritual de una Europa que aspiraba a sustituir la espada por la palabra.
Erasmo escribió con elegancia y valentía en medio del fanatismo, y su apuesta fue clara: más diálogo, menos excomunión; más ironía, menos dogma; más pedagogía, menos inquisición. “Prefiero la paz más injusta a la guerra más justa”, dijo, sabiendo que la convivencia imperfecta siempre es mejor que la pureza solitaria. Como recuerda Stefan Zweig en su espléndida biografía, Triunfo y tragedia de Erasmo de Rotterdam, Erasmo no fue un cobarde: fue un disidente del ruido, un hereje del odio, un insurgente de la razón.
Y ese espíritu, tan difícil, tan exigente, tan frágil, es el que queremos reivindicar esta semana desde La Discrepancia.
No vivimos en el siglo XVI, pero los reflejos inquisitoriales no han desaparecido. Las redes sociales nos han convertido en jueces y verdugos. Las tertulias, en trincheras. Los partidos políticos, en castillos sitiados. Y la conversación democrática ha cedido el paso al monólogo con aplausos. En ese clima, tolerar parece una debilidad. Pero es todo lo contrario: es el único modo de evitar que las diferencias se conviertan en fracturas irreparables.
No hay democracia sin pluralismo, ni pluralismo sin tolerancia activa. No basta con permitir que el otro hable: hay que estar dispuesto a escucharle. A debatir sin insultar. A disentir sin cancelar. A defender ideas propias sin negar la humanidad de quien defiende otras. No es fácil. Nadie dijo que lo fuera. Pero sí es indispensable.
La tolerancia no es la rendición de principios. Es su madurez. Es la convicción de que las sociedades sanas no se construyen a base de unanimidades, sino de contrastes. Es aceptar que el conflicto forma parte de la vida pública, pero que ese conflicto debe resolverse en el marco del respeto, la palabra y la ley, no del odio ni del desprecio.
En tiempos de polarización, de maximalismos y de identidades atrincheradas, reivindicar la tolerancia es casi un acto de rebeldía. Pero lo asumimos con gusto. Porque sin ella, el espacio público se envenena, y con él, nuestra convivencia.
Aprendamos del estilo de Erasmo. De su defensa de la inteligencia frente al grito. De su apuesta por la paz frente al fanatismo. De su ironía sutil, que era una forma de resistencia. Como escribió Montaigne, heredero espiritual del holandés: “La palabra es mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la escucha.” Y si no somos capaces de completar esa mitad, ¿qué nos queda?
En La Discrepancia creemos que tolerar es no renunciar a las propias ideas, sino fortalecerlas en el contraste. Que tolerar es tener el coraje de convivir sin fusilar intelectualmente al adversario. Que tolerar no es ceder al relativismo, sino a la complejidad. Que tolerar es, en última instancia, construir comunidad en vez de arrasar al contrario.
Y si no defendemos esa forma de estar en el mundo, lo que queda es la barbarie con Wi-Fi. El grito. El meme. El insulto. Y al final, el silencio: no el de la paz, sino el de la imposición.
Por eso, este editorial quiere ser un elogio sereno, pero firme, a la tolerancia. Porque sin ella no hay discrepancia posible. Y sin discrepancia, no hay democracia.
Editorial LaDiscrepancia
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