El reciente viaje a México de Isabel Díaz Ayuso, su reivindicación de la figura de Hernán Cortés y las reacciones airadas de los mandatarios mexicanos han vuelto a poner de actualidad la figura del conquistador español. A ello se añade la propuesta previa del pintoresco ministro español de Exteriores, acorde con su homólogo mexicano, de construir una “narrativa común”sobre unos hechos acontecidos hace siglos, como si la historia fuera el resultado de un acuerdo político y no una construcción, todo lo provisional y revisable que se desee, hecha por los profesionales del gremio académico. Como colofón podemos reseñar las opiniones periodísticas – ¿no se imaginan de quién? – que califican de “revisionista” la versión de la conquista de México ofrecida por la dirigente madrileña, propia de “la derecha y la extrema derecha” (El País, 6 mayo 26) como si hubiera una versión ortodoxa, canónica, afín a los intereses y creencias de los gobiernos “progresistas” de España y México.
Acaso sea el libro de Bernal Díaz del Castillo, soldado de Hernán Cortés, uno de los mejores relatos de la hazaña cumplida por los españoles que conquistaron México. Miguel de Unamuno recomendaba su lectura, teniéndolo como un clásico, por el sabroso castellano que emplea el que fue capaz de enlazar las armas y las letras. Su lectura puede servir hoy para disipar enredos y medias tintas sobre la conquista y sobre Hernán Cortés; enredos que sigue tejiendo el nacionalismo mexicano. Lo de Bernal es un relato ordenado por fechas; desde que la primera expedición procedente de La Española toma tierra en el Yucatán y luego en la actual Veracruz, hasta es ascenso a la meseta central, la entrada en Tenochtitlán, la prisión de Moctecuzoma, la refriega de la noche triste y el regreso de Cortés, una vez que ha logrado incorporarse la expedición de castigo, al mando de Pánfilo de Narváez, enviada por el gobernador Diego Velázquez al considerar rebelde a Cortés. La victoria final, con el cerco y apoderamiento de la capital mexica, acaba por dar a la narración su conclusión definitiva.
El relato del conquistador corre paralelo a l justificación de la empresa. Una justificación religiosa, pues los mexicas rendían pleitesía a ídolos que parecen diabólicos. Una justificación que podríamos llamar humanista, pues los mexicas practican sacrificios humanos (algo que en su reciente apología de la civilización azteca parece olvidar López Obrador, historiador aficionado y dominical).
Describe Díaz del Castillo los choques militares entre aztecas y españoles. De esa pintura podemos deducir que no fue decisiva la superioridad militar en la conquista. El hierro cortante, el caballo y los «tiros» de una rudimentaria artillería eran superiores al armamento local. El orden cerrado de las formaciones castellanas, el arte moderno de la guerra que había empezado a practicarse en los campos de Italia, estaba por encima de la «guerra florida» de los locales. Pero era más el ruido y la sorpresa de ver a unos grandes cuadrúpedos desconocidos los que ponían espanto entre la milicia local. También ignoraban el efecto letal de los perros de guerra, grandes mastines entrenados para morder y herir, en los que tanto se fijó el cronista Fernandezde Oviedo.
A su llegada al continente, Cortés tuvo la suerte de toparse con un superviviente de una expedición fallida, la de Grijalva, anterior a la suya (hay un río que lleva en el Yucatán ese nombre, el río de Grijalva, que discurre encañonado). Este hombre había aprendido la lengua de los mayas. También le acompañó la suerte al toparse más adelante con una cautiva totonaca, Malintzin o Malinche, que sabía náhuatl y podía entender el idioma maya. Así pudo comprender Cortés, a través de una doble traducción, la situación política del imperio azteca, la subordinación y explotación de unas etnias por la dominante mexica y ser capaz de aprovechar esas diferencias para acabar convirtiéndose en caudillo de indios. A la indudable fortuna se añadió la habilidad política, un saber típicamente renacentista el de considerar la política al margen de los asuntos morales y religiosos ¿Acaso puede pensarse que apenas 500 españoles fueron capaces de apoderarse de uno de los grandes imperios mesoamericanos? Sin los nativos descontentos y oprimidos, aprovechados para engrosar el magro contingente español, la conquista no hubiera tenido lugar.
La figura de Hernán Cortés es una de las más interesantes -y controvertidas- del Renacimiento europeo. Hombre de letras, acaso pasado por la Universidad de Salamanca, escribió unas curiosas «Cartas de relación», justificación ante Carlos V de su aventura, de su desobediencia al gobernador de La Española, y de los beneficios que podía reportar a la corona su conquista. Hombre valiente e incansable, que no se conformaba nunca con lo logrado y siguió explorando y conquistando hacia el sur y hacia el oeste de México, hasta el mar de azul bellísimo que hoy lleva su nombre entre la Baja California y el continente: el mar de Cortés.
Los hombres del siglo XVI, un condottiero, un hombre de armas como Cortés, no tenían la misma sensibilidad ante la crueldad que algunos -desde luego, no todos- de nuestros contemporáneos. Después de un siglo largo de masacres y genocidios en el continente europeo nos cuesta alardear de ese sentido humanitario que algunos dan por ganado. Algunos de los capitanes cortesianos, como Alvarado, cometieron auténticas masacres como la de Cholula, inspirada por el miedo y el ambiente hostil. El apresamiento de Moctecuzoma era, si seguimos un criterio moderno. una injusta violación de la hospitalidad quizá dictada por un criterio militar: si se logra capturar al jefe se pondrá en franquía la dominación del adversario. Un cálculo que resultó errado. Pero de ninguna manera es adecuado emplear el modernísimo término de genocidio. Ni Cortés ni su hueste trataron de exterminar a las etnias que tuvoenfrente. El objetivo era la de subordinarlas, aprovechándolas como fuerza de trabajo, no el de aniquilarlas. Genocidio fue el que sufrieron las tribus del actual Estados Unidos. La catástrofe demográfica que sufrieron las poblaciones indígenas de centro y Sudamérica fueron el resultado de un intercambio de microbios favorable. o casi, a los españoles. Un criado negro, de la expedición de Pánfilo de Narváez, era portador de la viruela; los nativos no tenían antecedentes de esa enfermedad -común en las tierras europeas- y eran muy sensibles al contagio, mucho más que los españoles. Fueron las epidemias las que acabaron de sellar la suerte de los imperios nativos.
Hay dos biografías modernas de Cortés que me atrevería a recomendar al lector curioso. Una es la de Juan Miralles: «Hernán Cortés, inventor de México», de la editorial Tusquets. Otra, titulada escuetamente «Hernán Cortés», tiene un especial valor por haber sido escrita por un intelectual y político mexicano de primera fila, director del Fondo de Cultura Económica: José Luis Martínez, autor también de una recopilación de Documentos cortesianos en varios volúmenes. Curiosa biografía la de Martínez, oscilante entre la admiración por el conquistador y la defensa de la civilización azteca. Dualidad que bien pudiera ser la nuestra hoy en día.
Ninguna de las grandes figuras del pasado, Alejandro, César, Cortés, Napoleón, serían capaces de resistir hoy en día un escrutinio que considerase al por menor el coste de sus hazañas. Alejandro deshizo el imperio persa con un terrible gasto humano. César paso a cuchillo a miles de hombres de las tribus galas. Napoléon visitaba los campos de batalla, después de vencer, sin turbarse ante la horrible mortandad causada por la artillería francesa. Al narrar la historia de la expansión capitalista europea, Carlos Marx saltaba por encima de las ruinas causadas por el avance de la civilización en el Manifiesto Comunista: «Y del mismo modo que somete el campo a la ciudad, somete los pueblos bárbaros y semi bárbaros a las naciones civilizadas, los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente». Las ideas de Marx acerca de lo que era la civilización y la barbarie estaban más próximas a las nocionesde Hernán Cortés que a las nuestras.
No nos ha llegado ningún testimonio de que Cortés se complaciera en la crueldad y la masacre, aunque desde luego no castigó ninguno de los desmanes cometidos por sus hombres. Nos ha llegado, si, detalles de su curiosidad y admiración por los logros arquitectónicos y artísticos de los vencidos. Es una constante: ninguna gran hazaña del pasado -hazaña fue la incorporación del continente americano a la civilización europea- haya sido hecha sin sufrimiento y ruina y sangre de los vencidos. Hegel o Marx podían contemplar la historia desde la perspectiva altanera de la necesidad, de eso que se ha llamado el historicismo. Nosotros ya no somos capaces de ello y nuestra visión del pasado lejano es necesariamente ambigua.
Octavio Paz, el gran humanista mexicano. gran amigo de España, afirmaba que México era una nación que insistía en olvidar sus verdaderos orígenes. El México moderno es el resultado de la unión entre Hernán Cortés y la Malinche. México es la única nación mestiza de América Latina. Entiéndase bien: la única. Este mestizaje no es una invención o, como afirma el diario El País, órgano de la ignorancia nacional, un argumento simplificador. Basta con usar el metro de Ciudad de México, abarrotado en las horas mañaneras, y observar a los usuarios. No es mestiza Perú, donde las divisorias de etnia se han mantenido hasta nuestro tiempo.
Los torpes dirigentes de México, y sus altavoces españoles, desplegando una hipocresía notable, en lugar de insistir en las cosas que pueden separarles de España, deberían considerar aquello que nos une: una convivencia de siglos bajo el virreinato, época de formación de la nacionalidad mexicana, el largo periodo de incorporación a occidente. O, quizás, exaltar un hecho más reciente, la emigración y acogida generosa por parte del gobierno mexicano de Lázaro Cárdenas de cerca de cien mil refugiados republicanos españoles. Gentes que contribuyeron al aumento de las letras y al progreso económico de México y cuyos hijos acabaron integrándose en la gran nación mexicana.
No falsificar la historia, no servirse de ella por razones de oportunidad política, no resucitar el fantasma del gachupín ansioso de mando, no usar el indigenismo como coartada que oculte una explotación criolla secular. Recordar, conmemorar lo que nos une y no lo que nos diferencia. Si existe algún revisionismo en ello, no tengamos empacho en reivindicarlo.


