viernes 5 diciembre, 2025

Myanmar como escenario crítico: la nación fragmentada (Parte 1)

Marco conceptual: los desheredados de la geopolítica

Llamamos desheredados a aquellos pueblos que, pese a habitar territorios estratégicos o poseer culturas milenarias, carecen de poder político real, representación internacional efectiva o autonomía sobre su propio destino. Son comunidades atrapadas entre fronteras impuestas, estructuras coloniales no desmanteladas o regímenes autoritarios que las instrumentalizan, fragmentan o silencian.

En la geopolítica clásica han sido tratados como paisaje, no como sujeto; como variables de negociación, no como protagonistas. Myanmar encarna de forma brutal esta condición: una nación rica en diversidad étnica, espiritualidad y aspiraciones democráticas, que ha sido sistemáticamente excluida, reprimida y fracturada.

Su historia no es una excepción, sino el espejo de un patrón global: pueblos sin voz, aunque rebosantes de humanidad, arrastrados al conflicto por intereses militares, rivalidades identitarias o codicia geoeconómica. El caso birmano —como tantos otros— no es solo una tragedia nacional, sino una advertencia internacional sobre lo que ocurre cuando la dignidad de los pueblos es sustituida por el cálculo de los poderes.

Otros ejemplos reveladores abundan en el mapa contemporáneo. Haití, devastado por el colapso institucional, la pobreza extrema y la violencia de bandas, se ha convertido en un territorio abandonado a su suerte. Sudán del Sur, el Estado más joven del mundo, permanece sumido en guerras internas sin que la diplomacia global logre articular una paz efectiva. Afganistán, tras décadas de ocupación extranjera, ha sido entregado a los talibanes sin reconstrucción ni garantías mínimas para su población. Yemen sigue siendo escenario de una guerra devastadora, convertido en campo de pruebas para potencias regionales, con millones de civiles atrapados entre el fuego cruzado, la hambruna y el bloqueo.

También los pueblos indígenas amazónicos, amenazados por el extractivismo, la deforestación y la negación sistemática de sus derechos, siguen invisibilizados en la agenda internacional, a pesar de custodiar territorios esenciales para el equilibrio climático del planeta.

Palestina, sin embargo, constituye un caso singular. No es un país invisible. Es, por el contrario, una nación visible, herida, desplazada y desheredada, atrapada en el corazón de la geopolítica global sin derecho a decidir sobre su propio destino. Pero ya no basta con señalar su marginación estructural: Palestina es hoy un pueblo sometido a una campaña sistemática de destrucción, amparada por el silencio o la complicidad de buena parte del sistema internacional.

Lo que presenciamos no es un simple conflicto: es un proceso de borrado político, social y humano, que algunos países, especialmente aquellos con estrechas relaciones diplomáticas, económicas o de seguridad con Israel  evitan nombrar, pero que los hechos, las cifras y las evidencias legales comienzan a definir con crudeza como un genocidio[i].

Palestina no ha sido solo olvidada. Ha sido abandonada a su exterminio, sin juicio, sin garantías y sin tierra donde volver a florecer.

Preámbulo Myanmar

Narrativa ficticia inspirada en hechos reales: El susurro del Irrawaddy.»

El sol se alzaba sobre el Irrawaddy[ii], tiñendo sus aguas de un naranja pálido. Nya, una joven maestra, examinó sus pertenencias en un hatillo improvisado. No podía llevar más que lo esencial: una fotografía descolorida de su familia, un cuaderno donde anotaba fragmentos de sueños y un amuleto que su abuela le había dado años atrás.

La vida en Yangón había cambiado drásticamente desde el golpe militar. Las protestas que antes llenaban las calles ahora se habían convertido en murmullos temerosos tras puertas cerradas. El estruendo de las balas y el rugido de los vehículos militares eran comunes al anochecer. Pero aquella mañana, el sonido era distinto. Un silencio pesado envolvía la ciudad, roto solo por el crujido de las botas en las calles.

Nya sabía que no podía quedarse más tiempo. Había ayudado a organizar una red clandestina de enseñanza para jóvenes, un acto considerado subversivo por la Junta Militar. Ahora, su nombre estaba en las listas negras.

El viaje hacia la frontera sería peligroso, atravesando aldeas bajo la vigilancia de los soldados y bosques plagados de espías. Pero quedarse significaba una muerte segura o algo peor: desaparecer en una prisión sin nombre, sin que nadie supiera nunca qué fue de ella.

 A medida que el día avanzaba, la temperatura subía y el miedo se hacía más denso. En las aldeas, la gente evitaba el contacto visual, temerosos de que un simple saludo pudiera delatarlos. En una de ellas, un anciano le ofreció un poco de arroz y agua en un cuenco. Su mirada era un recordatorio de la resistencia silenciosa de un pueblo que no podía ser doblegado.

Las noches eran las peores. El canto de los insectos era interrumpido ocasionalmente por disparos lejanos. Nya se aferraba a su amuleto, recordando las palabras de su abuela: «Las tormentas no duran para siempre, niña. Incluso el río más bravo encuentra su calma».

Cuando finalmente llegó a un campamento de refugiados cerca de la frontera, sintió una mezcla de alivio y desolación. Al otro lado, estaba Tailandia y la promesa de seguridad, pero también el peso de haber dejado atrás a tantos que no pudieron escapar.

En el campamento, se encontró con otras almas desplazadas como ella. Una mujer cocinaba arroz para un grupo de niños que no podía dejar de temblar; un joven compartía historias sobre las protestas en Mandalay, su voz llena de esperanza sorprendía, a pesar de las heridas que marcaban su rostro.

Nya decidió entonces que no bastaba con sobrevivir. Necesitaba encontrar una forma de mantener viva la llama de un Myanmar libre, de resistir. Bajo el manto estrellado del cielo, comenzó a escribir en su cuaderno, no sobre sueños, sino sobre la realidad que vivía. Quizás algún día, sus palabras serían leídas por aquellos que no podían ver ni oír lo que ocurría en su tierra. El río Irrawaddy seguía su curso, ajeno al dolor y a la lucha. Pero Nya sabía que su pueblo, como el río, seguiría fluyendo, encontrando fuerza en la resistencia y esperanza en cada nuevo amanecer.

Introducción al país.

Myanmar, ubicado en el sureste asiático, limita con Bangladesh, India, China, Laos y Tailandia. Posee una extensa costa sobre el mar de Andamán y el golfo de Bengala. Es un país de aproximadamente 55 millones de habitantes (2024), repartidos en una superficie de 676.578 lo que da una densidad media de alrededor de 81 personas por km². Su capital administrativa es Naypyidaw, una ciudad construida por decisión del régimen militar en 2005, aunque la ciudad más poblada y centro económico y cultural sigue siendo Yangon (Rangún).

El país se divide en 14 unidades administrativas principales: 7 regiones dominadas por la etnia bamar (mayoritaria) y 7 estados que corresponden a áreas con fuerte presencia de minorías étnicas. Oficialmente, Myanmar reconoce 135 grupos étnicos, siendo los birmanos (o bamar) los más numerosos. Otros grupos relevantes incluyen los Shan, Karen, Kachin, Chin, Mon, y Rakhine, aunque en la práctica muchos carecen de derechos o representación. La etnia bamar representa aproximadamente el 68% de la población, y el budismo theravāda es la religión mayoritaria, seguida por minorías cristianas, musulmanas y animistas. Aproximadamente el 70% de la población vive en áreas rurales, lo que refleja un país aún profundamente agrario y con grandes desigualdades entre el campo y las ciudades.

Contexto histórico y crónica de un Estado sin contrato nacional

El país es el resultado de una compleja historia de migraciones, religiones y reinos multiétnicos que, durante siglos, coexistieron bajo equilibrios frágiles. Su posición geográfica, entre India, China y el Sudeste Asiático, la convirtió en un corredor de pueblos y creencias: budismo, hinduismo, islam y cristianismo confluyeron junto a comunidades birmanas, shan, karen, chin, kachin y rakhine, entre otras.

Reinos como Pagan, Toungoo, Ava o Konbaung consolidaron el budismo theravāda como eje espiritual y cultural, a la vez que expandían el poder central sobre periferias étnicas mediante sistemas tributarios o lealtades pactadas. Esta configuración permitía una coexistencia negociada, aunque no exenta de tensiones.

La colonización británica (1824–1948) rompió ese equilibrio. Tras tres guerras anglo-birmanas, Birmania fue incorporada al Imperio Británico como parte de la India y, desde 1937, como colonia separada. Los británicos dividieron el país entre la Birmania central bamar y las “colinas fronterizas” de minorías, promovieron migraciones desde Bengala (especialmente hacia Rakhine), marginaron el budismo en la vida pública y favorecieron a grupos como los karen o los chin, a quienes incorporaron en el ejército colonial y la administración. Esto sembró rivalidades duraderas y añadió una dimensión religiosa al conflicto: el cristianismo se expandió entre varias minorías.

Tras la independencia en 1948, obtenida sin partición como en el caso de India, Myanmar heredó un Estado sin consenso étnico. El general Aung San, líder independentista, fue asesinado meses antes, dejando sin liderazgo el intento de construir una unión federal. Aunque había firmado los Acuerdos de Panglong, prometiendo autonomía a los grupos étnicos, esos compromisos no se cumplieron. La Constitución de 1947 no garantizó autogobierno ni inclusión real. Muy pronto, karen, kachin, mon y otros iniciaron rebeliones armadas, marcando el inicio de una guerra civil larvada que nunca ha cesado.

El golpe de Estado de 1962, liderado por el general Ne Win, instauró un régimen de partido único basado en el llamado «Camino birmano al socialismo». El país se aisló internacionalmente, nacionalizó la economía y reprimió toda disidencia. Durante este periodo se profundizó la marginación de las minorías étnicas y religiosas, imponiendo el idioma birmano y el budismo theravāda como ejes excluyentes de identidad nacional. Grupos no budistas como los rohingya musulmanes o los chin cristianos fueron especialmente discriminados. Las demandas de federalismo se trataron como amenazas a la unidad nacional.

La represión alcanzó un punto crítico en 1988, con las protestas prodemocráticas del llamado Levantamiento 8888, que fueron brutalmente reprimidas. Surgió entonces Aung San Suu Kyi, hija del general independentista asesinado, como figura política y moral, fundadora de la Liga Nacional para la Democracia (LND), galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 1991, mientras permanecía bajo arresto domiciliario. La junta militar refundó su poder bajo el Consejo de Estado para la Paz y el Desarrollo (SPDC).En ese año, el régimen se transformó en un gobierno ‘civil’ controlado por militares, con reformas políticas parciales y elecciones vigiladas, lo que permitió cierta apertura del país.

En 1994, Myanmar estaba bajo el control de la junta militar del SLORC (antecesora del SPDC), que había firmado acuerdos de alto el fuego con varios grupos étnicos armados. Esta tregua redujo temporalmente la intensidad del conflicto y generó una suerte de paz negativa: no había combates generalizados, pero persistían la exclusión estructural, la discriminación y una fuerte represión política. En ese clima de aparente calma, el budismo theravāda y el respeto intracomunitario ofrecían cierta estabilidad social. La hospitalidad era sincera, incluso entre comunidades empobrecidas o de distintas etnias.

No todos los conflictos eran visibles para un visitante extranjero. Muchos abusos del ejército, la persecución religiosa o la marginación étnica se concentraban en las zonas de frontera, lejos de los circuitos accesibles. El miedo a hablar era palpable, y muchas personas ocultaban la tensión por simple supervivencia. Años después, comprenderíamos que lo que vimos fue solo la superficie de un país herido.

En ese contexto de apertura parcial del régimen, las autoridades permitieron por primera vez el acceso limitado de visitantes extranjeros. Tras un primer grupo alemán, en agosto de 1994 llegó un pequeño grupo español —unas diez personas— entre las que me encontraba. Aunque Aung San Suu Kyi seguía bajo arresto domiciliario, en las regiones que recorrimos percibimos no solo la amabilidad y religiosidad de la población, sino también una esperanza contenida: la confianza en que aquella transición incipiente podría conducir a una etapa democrática más duradera.

La Myanmar que conocimos entonces ofrecía una imagen serena y hospitalaria, como una pausa frágil dentro de un ciclo histórico marcado por la desigualdad y el autoritarismo. Era un país de gente resiliente, acogedora, capaz de convivir y compartir a pesar de las dificultades cotidianas. Sin embargo, bajo esa superficie, latía una estructura política profundamente excluyente y militarizada. Como en tantos Estados postcoloniales marcados por la diversidad étnica, el aparente orden se sostenía sobre el silencio de las diferencias, la imposición de una identidad única y el férreo control del poder por parte del ejército. Con el paso del tiempo, y ya desde la distancia, comprendimos con tristeza que aquel equilibrio no era sostenible: las tensiones irresueltas, la ausencia de un contrato nacional inclusivo y el monopolio militar sobre la soberanía terminaron, una vez más, por estallar con violencia.

En 2015, la LND ganó con mayoría absoluta, pero Aung San Suu Kyi no pudo asumir la presidencia debido a las restricciones constitucionales. Se creó entonces el cargo de Consejera de Estado, desde el cual ejerció de facto la jefatura de gobierno, aunque el ejército mantuvo el control del 25% del Parlamento y de los ministerios clave (Defensa, Interior y Fronteras).

En 2017, el ejército lanzó una campaña militar devastadora contra los rohingya, en el estado de Rakhine. Bajo el pretexto de responder a ataques de insurgentes armados, más de 700.000 personas fueron expulsadas hacia Bangladesh. Naciones Unidas y diversas organizaciones denunciaron una operación sistemática de limpieza étnica y crímenes de lesa humanidad.

Finalmente, el 1 de febrero de 2021, el ejército birmano (Tatmadaw), dirigido por el general Min Aung Hlaing, perpetró un nuevo golpe de Estado alegando fraude electoral. Esto desencadenó una revuelta popular sin precedentes, seguida de una insurgencia generalizada que unió a milicias ciudadanas, juventudes urbanas y ejércitos étnicos. Desde entonces, Myanmar vive una guerra civil descentralizada, colapso institucional, deterioro económico y aislamiento internacional. El país sigue atrapado entre una memoria de coexistencia posible y la imposición de una identidad forzada. Myanmar no ha logrado construir un contrato nacional: es una suma de pueblos sin consenso real sobre el país que desean habitar.

En las montañas del norte, los kachin rezan al mismo tiempo que los monjes birmanos cantan en Mandalay. En los arrozales del delta, los karen siembran esperanza. Pero el Estado nunca aprendió a escuchar todas esas voces. Solo impuso silencio.

Myanmar: tierra de memorias vivas y revoluciones silenciadas

En medio de las protestas de 1988, surgió una canción que se convertiría en emblema de la resistencia birmana: “Kabar Ma Kyay Bu” (“Nunca nos rendiremos”). Más que una melodía, se transformó en un grito colectivo de dignidad frente a la represión militar en 1988 y, de nuevo, tras el golpe de Estado de 2021.

En esta versión, no hay nostalgia, sino fuerza: es un canto de duelo y de combate, de pueblo y de promesa. El vídeo recoge escenas de resistencia reciente, con rostros jóvenes, banderas rojas y un dolor que se transforma en determinación. No es solo música: es la banda sonora de una nación que no se resigna.


[i] La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948 establece como genocidio “Cualquiera de los actos cometidos con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal.

[ii] El río Irawadi o río Ayeyarwadi es un río que atraviesa Birmania y YunnanChina. Es el más largo de Birmania (cerca de 2170 km de largo) y su más importante vía fluvial comercial, con una cuenca hidrográfica cercana a los 411 000 km².

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