sábado 20 junio, 2026

Regenerar la democracia: el deber de no resignarse

Hay algo profundamente inquietante en nuestro tiempo: la democracia sigue en pie, pero ya no convence como antes. Funciona, pero no ilusiona. Se mantiene, pero no entusiasma. Y no se trata solo de una impresión atmosférica o de una intuición moral: los datos empiezan a decirlo con una claridad incómoda. En España, el 79,2% de la ciudadanía sigue afirmando que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno, pero solo un 20,6% se declara muy o bastante satisfecho con su funcionamiento, mientras que un 54,9% se muestra poco o nada satisfecho; además, un 85,1% cree que los mecanismos actuales no bastan para combatir la corrupción y un 87,6% reclama más o nuevas formas de participación ciudadana.

En Europa, la paradoja adopta otra forma: la legitimidad democrática formal se mantiene, pero la confianza en las instituciones nacionales sigue siendo débil. La Comisión Europea informó en mayo de 2025 de que solo un 36% de los europeos confía en su gobierno nacional y un 37% en su parlamento nacional, aunque la confianza en la UE sube al 52%, su mejor dato desde 2007. Y, al mismo tiempo, un estudio reciente de Pew Research Center mostraba que, en una docena de democracias avanzadas —entre ellas España—, una mediana del 64% se declara insatisfecha con el funcionamiento de su democracia, frente a un 35% satisfecha.

En Estados Unidos, el diagnóstico es todavía más severo. Según Pew, en marzo de 2026 el 69% de los estadounidenses se declaraba insatisfecho con el funcionamiento de su democracia; además, un 68% afirmaba que la democracia estadounidense fue un buen ejemplo para otros países, pero ha dejado de serlo en los últimos años, y solo un 24% seguía viéndola como un modelo vigente. A ello se añade otro dato elocuente: en diciembre de 2025, solo un 17% decía confiar en que el gobierno federal hace lo correcto “siempre” o “la mayor parte del tiempo”.

Y es en ese espacio —entre la vigencia formal y la duda íntima, entre la adhesión al principio democrático y la creciente desconfianza hacia su funcionamiento real— donde empieza a gestarse su mayor debilidad.

No es una crisis abrupta, de esas que hacen caer gobiernos o cambian regímenes de la noche a la mañana. Es algo más sutil y, por ello, más peligroso: una erosión lenta, cotidiana, casi imperceptible. Una sensación extendida de que las cosas siguen su curso, sí, pero no exactamente en la dirección que deberían.

Frente a esa deriva, hablar de regeneración democrática no es un ejercicio retórico. Es una necesidad.

Por eso, el próximo 24 de abril de 2026 se celebrará en la Sede Financiera Cajalmendralejo, en Badajoz, la jornada “Regeneración democrática”, organizada por la Fundación Centro de Estudios Presidente Rodríguez Ibarra, patrocinada por Cajalmendralejo y con la colaboración de La Discrepancia. Una cita pensada para fortalecer la democracia, analizar sus debilidades y abrir un espacio de reflexión pública precisamente cuando más necesario resulta hacerlo.

No se trata de una adhesión protocolaria ni de un gesto ornamental. Para La Discrepancia, participar en esta jornada significa formar parte activa de una conversación imprescindible: la de cómo defender la democracia no solo de sus enemigos declarados, sino también de su desgaste interior, de su rutina vaciada, de su creciente desconexión con los ciudadanos.

Como advirtió Hannah Arendt, referencia obligada al hablar de democracia, el mayor peligro de la política no es el conflicto, sino la pérdida de sentido. Cuando la política deja de tener significado para el ciudadano, cuando deja de ser percibida como una herramienta útil para mejorar la vida común, comienza a abrirse un espacio que otros —menos democráticos— están siempre dispuestos a ocupar.

Ese desgaste adopta muchas formas: la polarización que sustituye al debate, la simplificación que reemplaza al pensamiento, la desconfianza creciente hacia las instituciones, la percepción de que las decisiones se toman lejos de la vida real de las personas.

No estamos ante una ruptura, pero sí ante una grieta. Y toda grieta que no se atiende acaba por ensancharse.

Regenerar no es destruir: es fortalecer

Conviene despejar una confusión habitual: hablar de regeneración democrática no implica cuestionar la democracia, sino protegerla y agrandarla. No es una enmienda a la totalidad, sino una llamada a su mejora constante.

La democracia no es un objeto terminado que se hereda intacto de una generación a otra. Es un sistema vivo que exige revisión, crítica y adaptación. Con Norberto Bobbio, filósofo de cabecera de los discrepantes, la democracia es “un conjunto de reglas del juego”, y lo decisivo no es solo su existencia, sino su calidad.

Regenerar significa, por tanto, preguntarse si esas reglas siguen siendo adecuadas, si funcionan como deberían, si generan confianza o, por el contrario, la erosionan.

Significa asumir que no todo está bien.
Y que reconocerlo no debilita la democracia: la fortalece.

Una crisis de confianza, no solo de instituciones

Uno de los rasgos más característicos del momento actual es la creciente distancia entre ciudadanía y política. No es únicamente un problema de estructuras institucionales; es, sobre todo, un problema de confianza.

El ciudadano no siempre siente que la política le represente.
No siempre percibe que sus preocupaciones sean comprendidas.
Y, en demasiadas ocasiones, tiene la impresión de que el debate público discurre en un plano ajeno a su vida cotidiana.

Esa distancia no surge de la nada. Es el resultado de años de acumulación de pequeñas frustraciones, de promesas incumplidas, de discursos que no se corresponden con los hechos. En definitiva, la fortaleza de una democracia no depende solo de sus leyes, sino del vínculo emocional y cívico entre sus ciudadanos y sus instituciones. Cuando ese vínculo se debilita, la democracia entra en una zona de riesgo.

La tentación de la simplificación

En este contexto de desconfianza, la política corre el riesgo de refugiarse en soluciones fáciles: relatos simplificados, discursos polarizados, promesas inmediatas.

Pero la simplificación no resuelve los problemas: los oculta.
Y, a medio plazo, los agrava.

La democracia exige complejidad. Exige reconocer que los problemas no tienen respuestas únicas ni soluciones instantáneas. Exige deliberación, contraste, matiz.

Como recordaba Michael Walzer, la política democrática no consiste en aplicar fórmulas prefabricadas, sino en discutir, en confrontar ideas, en construir respuestas colectivas.

Frente a la tentación del eslogan, la regeneración democrática reivindica el valor del pensamiento. Eso es lo que nosotros reivindicamos.

La discrepancia como condición de la democracia

En tiempos de polarización, la discrepancia ha sido injustamente asociada al conflicto destructivo. Sin embargo, sin discrepancia no hay democracia posible.

Discrepar no es dividir.
Discrepar es contrastar, enriquecer, avanzar, algo que hoy nos está quedando muy lejano.

Una sociedad democrática no es aquella en la que todos piensan igual, sino aquella en la que es posible pensar distinto sin romper la convivencia.

Por eso resulta imprescindible recuperar espacios donde el desacuerdo sea legítimo, donde el debate no se reduzca a la descalificación, donde la diferencia no se convierta en enemistad.

El recientemente fallecido Jürgen Habermas aseguraba que la democracia se sostiene en la calidad del debate público. Y esa calidad depende, en gran medida, de nuestra capacidad para escuchar al otro.

Un compromiso colectivo, no una tarea delegada

La regeneración democrática no puede recaer únicamente en las instituciones ni en los responsables políticos. Es, necesariamente, una tarea colectiva.

Implica a quienes gobiernan, pero también a quienes analizan, a quienes informan, a quienes participan en la vida pública y, en última instancia, a todos los ciudadanos.

Porque la democracia no se limita a lo que ocurre en los parlamentos.
Se construye también en la sociedad civil, en los espacios de reflexión, en los lugares donde se generan ideas y se contrastan visiones.

Renunciar a esa responsabilidad colectiva es, en el fondo, renunciar, aunque no nos demos cuenta, a la propia democracia.

Es desde esa convicción desde la que La Discrepancia participa en esta jornada. No como un gesto puntual ni como una adhesión circunstancial, sino como parte de una línea de trabajo coherente con su propia razón de ser.

Creemos que la democracia necesita más pensamiento y menos ruido.
Más análisis y menos consignas.
Más preguntas y menos respuestas prefabricadas.

Creemos que es necesario abrir espacios donde se pueda debatir con rigor, sin apriorismos, sin la urgencia constante del titular.

Y creemos, sobre todo, que la regeneración democrática exige perseverancia.

Por eso este compromiso no termina el día 24.
Por eso vamos a seguir trabajando en esta dirección.
Ampliando voces, incorporando nuevos colaboradores, ensanchando el espacio de reflexión.

Aunque no siempre sea fácil.
Aunque no siempre tenga eco inmediato.
Aunque, en ocasiones, pueda parecer una tarea silenciosa en medio del ruido.

Hay tareas cuyo valor no se mide por su rapidez, sino por su constancia. La regeneración democrática es una de ellas.

No ofrece resultados inmediatos.
No garantiza éxitos visibles a corto plazo.
Pero es imprescindible. Hay esfuerzos que deben hacerse aunque no produzcan beneficios inmediatos: eso es convicción.

Una oportunidad que no debemos dejar pasar

El encuentro del próximo 24 de abril es, quizá, algo más que un ejercicio de reflexión: puede ser un punto de partida. Un espacio de pensamiento compartido. Una oportunidad para recordar que la democracia no es un mecanismo automático, sino una construcción colectiva.

En un tiempo marcado por la incertidumbre, la polarización y la desconfianza, detenerse a pensar la democracia es, en sí mismo, un acto político profundamente necesario.

Porque, al final, la cuestión es sencilla:

Si no somos capaces de regenerar la democracia,
si no somos capaces de fortalecerla,
si no somos capaces de asumir ese compromiso colectivo…

no será la democracia la que falle.

Seremos nosotros.

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