Durante más de dos décadas, Jordi Pujol i Soley fue una figura omnipresente en la política catalana. Curioso personaje. Pequeño de estatura, de discurso quebrado, autoritario, con el rostro lleno de tics. Hombre de pasado antifranquista, que comenzó su carrera política en movimientos católicos. Alguno de sus biógrafos se ha referido a él como un «nacionalista religioso». El caso puede ilustrar el de aquellos que aprendieron el nacionalismo en los grupos católicos de los años cincuenta y sesenta. El CC, por ejemplo, descifrado por unos como Cristo y Cataluña, como Comunidad y Cataluña por otros, tanto monta. Alguno de sus militantes ha descrito su experiencia como una «conversión» al catalanismo. Cosa, dicho sea de paso, que no es de extrañar. Allí donde surge un particularismo étnico o cultural, podemos estar ciertos de que la Iglesia no anda muy lejos.
Aficionado a la historia o, más bien, cultivador de los mitos nacionalistas, como el de la Marca Hispánica. avanzada supuesta del Imperio Carolingio en tierra de infieles, hace más de mil años. Momento en que el ser y el destino de Cataluña como colectividad quedaron fijados. para siempre. Luego vendría una larga historia de auges y decadencias hasta que la verdad se hizo hueco en la historia, en forma de larga hegemonía nacionalista.
La visión histórica del señor Pujol, según sus palabras, se relacionaba estrechamente con su autobiografía, concebida igualmente en términos míticos; con el relato del profeta que anuncia o del mesías que viene a realizar el vaticinio milenario. Solía, en tiempos mejores para su persona, describir su infancia en un medio entre fabril y campesino; un mundo natural, lleno de sentido religioso, unitario, bien trabado, macizo, de una pieza. Una suerte de Marca Hispánica personal. Luego vino la escisión, la duda, esa duda que pudre; un mundo artificioso y mestizo (sic) que parece aludir a los efectos de la modernidad (turismo, riqueza, emigración). Por fin aparece la gran voz capaz de recrear el paraíso perdido, la unidad y la energía.
La voz del mesías fue escuchada. Presidente de la Generalitat de Catalunya entre 1980 y 2003. El president lideró Convergència i Unió (CiU), una coalición que marcó la transición y consolidó un modelo de poder amparado en el nacionalismo catalán de temple aparentemente moderado (el nacionalismo es siempre independentista). Al llegar a la presidencia de la Generalitat, Pujol organizó una estructura harto eficaz. Lluis Prenafeta, secretario general de Presidencia durante diez años, crea la maquinaria del pujolismo, una red clientelar de intereses y fidelidades, rematadas en dos altavoces poderosos, Catalunya Ràdio y TV3. Otra figura clave del pujolismo fue Macià Alavedra, varias veces conseller de Economía y Finanzas. Fue puente entre la administración y el mundo empresarial. Su nombre aparece de forma recurrente en conversaciones privadas sobre adjudicaciones, comisiones y operaciones que nunca llegaron a los tribunales durante aquellos años.
Sin embargo, tras su retirada de la primera línea política, el mito de Pujol como padre de la Catalunya moderna, el hombre que ordenaba y mandaba sobre periodistas (a los que respondía cómo y cuándo deseaba: “avui, no toca”), políticos y empresarios que le rendían pleitesía; el mito, decimos, el pedestal comenzó a desmoronarse bajo el peso de múltiples escándalos de corrupción que implicaban a su familia y a su partido.
Sin embargo, a pesar de las abrumadoras evidencias judiciales, la justicia no ha logrado condenarlo de manera definitiva, y los medios de comunicación, junto con sus círculos políticos cercanos, juntamente con la benevolencia del PSC, han contribuido a tapar o minimizar estas acusaciones, perpetuando su imagen como referente, por encima del bien y del mal.
El caso Pujol estalló en 2014, cuando el propio expresidente confesó haber ocultado una fortuna en el extranjero, supuestamente proveniente de una herencia de su padre, Florenci Pujol. Sin embargo, las investigaciones posteriores revelaron un panorama mucho más oscuro. El juez de la Audiencia Nacional, José de la Mata, describió a la familia Pujol-Ferrusola, en su auto de procesamiento de 2020, cuando dio fin varios años de investigación sobre el clan Pujol. El citado auto lo describió a una auténtica “organización criminal”, cuyo enriquecimiento no proviene de la herencia del avi Florenci. «Existen indicios en este caso de que la familia Pujol Ferrusola ha aprovechado su posición privilegiada de ascendencia en la vida política/social/económica catalana durante decenios para acumular un patrimonio desmedido, directamente relacionado con percepciones económicas derivadas de actividades corruptas». Según las pesquisas, los siete hijos de Pujol y su esposa, Marta Ferrusola, participaron en una red que movió millones de euros a través de paraísos fiscales como Andorra, Suiza y Panamá, con ingresos que no podían justificarse por medios legítimos.
Entre los casos más destacados está el del 3%, una práctica denunciada clamorosamente por el socialista Maragall, por la cual Convergència Democràtica de Catalunya (CDC), el núcleo de CiU habría cobrado comisiones ilegales a empresas a cambio de adjudicaciones de obra pública. Este sistema fue denunciado públicamente en 2005 por el entonces presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, quien acusó a CiU de tener “un problema que se llama 3%”. Las investigaciones también vinculan a la familia Pujol con el caso Palau, donde CDC se financió ilegalmente a través del desvío de fondos del Palau de la Música, con comisiones pagadas por empresas como Ferrovial. El Tribunal Supremo confirmó en 2020 la comisión de 6,6 millones de euros a CDC por este caso.
Además, Jordi Pujol Ferrusola, el hijo mayor, muy aficionado a coleccionar coches de lujo, ha sido señalado como el cerebro financiero del clan, manejando operaciones por más de 30 millones de euros en paraísos fiscales y beneficiándose de tratos de favor con contratistas de la Generalitat. Oleguer Pujol, el menor, el que se perfilaba como sucesor político al frente de CDC, también fue investigado por blanqueo de capitales en operaciones inmobiliarias millonarias, como la compra de oficinas del Banco Santander en 2007. En total, se estima que la fortuna oculta del clan podría alcanzar los 290 millones de euros, una cifra que contrasta con la narrativa oficial de Pujol sobre una herencia familiar. Las fanfarrias patrióticas han dado paso a una realidad más sórdida. Como decía Charles Péguy: Tout commence en mystique et finit en politique
A pesar de la magnitud de las acusaciones, el proceso judicial contra Jordi Pujol y su familia ha avanzado con una lentitud exasperante. En 2021, la Audiencia Nacional confirmó indicios suficientes para juzgar a los Pujol por delitos como organización criminal, blanqueo de capitales, fraude fiscal y falsedad documental. La Fiscalía Anticorrupción ha solicitado penas de hasta 29 años de cárcel para Jordi Pujol Ferrusola y 9 años para el expresidente, pero el juicio aún no se ha celebrado. La avanzada edad de Pujol y el deterioro de salud de Marta Ferrusola, diagnosticada con alzhéimer, han sido factores clave para retrasar o archivar partes de la causa, generando una percepción de impunidad.
Este retraso no es un caso aislado. Algunos analistas señalan que la influencia política de Pujol durante su mandato, incluyendo pactos con gobiernos centrales del PSOE y el PP, pudo haber creado una red de protección que dificulta su condena. El precedente del caso Banca Catalana en los años 80, donde Pujol salió indemne gracias a la intervención del gobierno de Felipe González, refuerza esta hipótesis. En aquel entonces, el expresidente transformó un escándalo financiero en un ataque a Catalunya, coreado en ese momento por casi toda la prensa de Cataluña, consolidando su imagen de líder intocable.
Los medios de comunicación catalanes, muchos de ellos históricamente alineados con el nacionalismo y beneficiados por las subvenciones de la Generalitat, han jugado un papel crucial en el blanqueo de la imagen de Pujoll Por lo general, estos medios catalanes -TV3 y La Vanguardia abriendo camino- parecen haber echado en olvido la corrupción del clan, centrándose en cambio en los servicios de que Pujol prestó a la “nacionalización” de Cataluña y a la hegemonía política del nacionalismo. “He notado un cambio positivo importante en relación con mi persona en los últimos tres o cuatro años», ha declarado Jordi Pujol en una reciente entrevista de El Punt-Avui, uno de los medios de referencia del catalanismo. El imputado se retrata con naturalidad junto al resto de presidentes autonómicos, incluido el socialista José Montilla. “Pujol es el artífice práctico de la Cataluña autonómica”, afirmó uno de sus apologistas en 2025, Josep Miró i Ardèvol. “El que transforma una incipiente autonomía, casi administrativa, en una estructura de gobierno plenamente operativa”.
El último en reivindicar la figura del imputado -algunos sostienen que Cataluña parece sufrir un ataque de “Pujol-manía”- ha sido Salvador Illa, presidente en ejercicio de la Generalitat, al recibir en el recinto del Palau como un hombre normal, probo ciudadano, al presunto dirigente de una “organización criminal”.
La causa penal sigue empantanada. La Fiscalía pide una condena de nueve años de cárcel para Pujol, al que acusa de integrar -junto a su esposa Marta Ferrusola (ya fallecida) y sus siete hijos- una trama para enriquecerse. A lo que la defensa ha argüido que el encausado sufre un «deterioro cognitivo moderado», por lo que no está «en condiciones» de comparecer en el juicio. En esas estamos.
Corrupción y escandalo político en España
Serie del Profesor Varela
Cuando la brujula del tiempo nunca marca el Norte
- 1.- El caso Esteban Collantes
- 2.- El estraperlo
- 3.- MATESA
- 4.- El caso Juan Guerra
- 5.- El caso Pujol
- 6.- Negra, gris, blanca. Tres tipos de corrupción
- 7.- 5 hipótesis sobre la corrupción
- 6.- Conclusión. El anillo de Giges
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