Tiene cara de buen chico. Ojos claros, frente despejada, sonrisa abierta. Se trabuca algo al hablar y le sobran los circunloquios. Su figura es la de un político que no ha hecho en su vida más que política. Un practicante de la «politique politicienne». Cargos orgánicos, diputado durante siete legislaturas, líder del PSOE y presidente del gobierno. España es un país en que se puede llegar al gobierno sin haber sido siquiera concejal, sin experiencia en los vericuetos de la administración y sin haber aprendido cosa alguna sobre las artes de gobierno.
Quizá por ello, Zapatero ha sido un hombre que se ha creído profeta. Anunció la tregua permanente de ETA y días después ocurrió el atentado contra la T 4 en el aeropuerto de Barajas. Declaró que España volvía a ser un país europeo -«Volvemos a Europa»- en el momento más bajo de su prestigio internacional. Su historia fue la de un político que no hizo en su vida más que política. Decretó que España militaba en la primera división de la economía mundial cuando ya eran visibles los efectos de la crisis de 2008. Creyó que la crisis era coyuntural, algo así como un bache cíclico y trató de combatirlo aumentando hasta límites insólitos el gasto público para estimular la demanda. La crisis, evidentemente, se volvió catastrófica y ello acabó con su proverbial fortuna política. Un profeta fallido, pues.
Su política internacional se caracterizó por el antiamericanismo. Se hizo famosa su indiferencia, el día de las Fuerzas Armadas, al paso de la bandera norteamericana. Un antiamericanismo, sin darse cuenta de que para defender occidente y sus valores democráticos es imprescindible la colaboración norteamericana, a pesar de Trump, cosa evidente desde la Gran Guerra a las guerras de Bosnia y Ucrania). Antiamericanismo y una paralela, digamos, querencia o devoción por los regímenes populistas de América, por el peronismo de Kirchner, por el tercermundismo de Lula y, peor todavía, por el régimen dictatorial de Venezuela, aparte de otras frecuentaciones poco recomendables como las de Obiang Nguema o Mohamed VI, países a los que viaja en compañía de Moratinos, su exministro y presunto lobista. Este Zapatero no parecía tener una noción clara de cuales habían de ser las tareas de un ex presidente: Representar a su país de manera no partidista, defender y promocionar sus intereses, pero nunca apoyar a regímenes en entredicho y menos hacer negocios con lobbies de su propiedad.
Pero no todo fue malo durante su mandato: muchos le debemos el haber dejado de fumar con su ley antitabaco. Los suyos parecían haber echado en olvido sus equivocaciones garrafales. Zapatero resucitó a la voz de Pedro Sánchez. Ha hecho de intermediario con la extrema izquierda, se ha dado cita frecuente con el prófugo Puigdemont, profetizando de nuevo los males que le esperan a España si la derecha llega al gobierno. De hecho, Zapatero y Sánchez no son comprensibles el uno sin el otro. Zapatero ha desempeñado el cargo informal de ministro de exteriores, convirtiendo al menguado Albares en una especie de criado. Ha sido el zurcidor de los pactos con el independentismo catalán, y la vía de comunicación permanente con la extrema izquierda. Zapatero ha procurado la supervivencia de Sánchez en los momentos delicados de la legislatura, entrevistándose con unos y con otros. Y en contrapartida, Sánchez le abrió un crédito ilimitado, autorizándole, respaldando más bien sus andanzas por medio mundo; esas andanzas que ahora se han revelado peligrosas.
En realidad, el tránsito de la socialdemocracia al populismo empezó con Zapatero. Fue él quien descubrió la ventura de declararse hijo y nieto de los vencidos en la guerra civil para mantener viva la división fratricida de entonces. Las leyes sobre la llamada memoria histórica fueron continuadas por aniversarios de antifranquismo póstumo. «Más que socialdemócrata soy un demócrata social». «Ideología significa idea lógica», dijo en alguna ocasión. ¡Bravo por la doctrina! Estrella invitada en multitud de actos públicos, le cuesta bajarse del carro de la política y ceñirse al papel institucional que debería tener un expresidente, rebajándose a los juegos de palabras en un mitin de pueblo.
Tantas veces viajó a Caracas -solo a la capital, el expresidente no conoce el país- que al final se contagió, presuntamente, de los modales de un régimen corrupto y corruptor, sin dignidad de ninguna clase, cambiando de lealtades como de camisa. Confesó con ingenuidad que presenció en directo el fraude electoral organizado por Maduro y calló. Decía ser un mediador pero solo se le veía como defensor del régimen. También ha reveló que era la dictadura venezolana la que paga sus desplazamientos, ahora suspendidos de manera abrupta. Hay vilezas, decía Unamuno, que no es menester comprarlas. Se dan espontáneamente». Recordemos, por comparar, el caso del embajador Morodo. O el de Monedero. De José Bono hay solamente sugerencias sobre mediación en la venta de armas, cuando era ministro de Defensa. Bono es hoy un hombre rico. Venezuela fue la vaca lechera de varios dirigentes españoles, que vieron en aquel país, amparados, justificados por el izquierdismo, una fácil manera de lucrarse
Nunca he tenido a Zapatero por un hombre inteligente. Al contrario. Llegó a la presidencia del gobierno por casualidad, llevado en volandas por un atentado criminal, usado con inteligencia por el PSOE, así como por el error garrafal de Aznar y su ministro Acebes, que se empeñaron en atribuirlo a quien deseaban y no a su autor efectivo. Un error, por cierto, del que nunca se han excusado. Entonces, en la puerta misma de Ferraz, Zapatero arengó a la militancia: «no os fallaré».
Ante las revelaciones de sus enjuagues financieros, el partido socialista ha “salido en tromba” a defenderlo. Intuyen que su final puede ser el anuncio de una crisis irreversible para el PSOE. ¿Cómo levantar un partido después de tanta miseria moral? La crisis de los partidos socialistas, antes socialdemócratas, es un fenómeno europeo. Bien por los escándalos repetidos, como en Italia, bien porque las políticas social demócratas se han generalizado, convirtiéndose en una suerte de sentido común político en los partidos centrales europeos; o quizás debido a los nuevos fenómenos sociales, que han vuelto anticuadas a las viejas políticas de clase suplantadas por políticas identitarias, que han acabado por teñir de azul -o peor, de verde vox- a los viejos cinturones rojos. Los viejos partidos socialistas o bien han desaparecido o malviven, como el laborismo británico, en una crisis permanente, o bien han optado por inclinarse, como en Francia, del lado de la competencia populista, prólogo a su defunción como fuerza diferenciada. Los que tratan de recuperar en España a la antigua social democracia, gente bienintencionada, con un largo historial político, tienen a mi juicio la batalla perdida. El aspecto cadavérico, sectario y acrítico del PSOE no facilita precisamente su renovación Si me permiten la sugerencia, más le valdría intentarlo fundando una nueva empresa, separándose del viejo tronco carcomido. Listo para el derribo.
Pero si eso ocurre entre los dirigentes, obligados a formar el cuadro en torno al “amo”, la militancia tiende siempre a olvidar todo lo malo, todo lo dudoso, tratándose de sus líderes. Zapatero dejó el gobierno y pasó a ser lo que ahora se llama un «referente», alguien que encarna las virtudes del grupo al que representa. ¿Talento, capacidad política? No parece tener mucha. Sólo un idiota podía creer que sus andanzas truculentas permanecerían para siempre en el anonimato. En lugar del saber y la capacidad, tuvo la suerte de cara al rivalizar con Rajoy, que nunca fue gran cosa como político. ¿Habilidad maniobrera? La justa, la que es necesaria para rodearse de colaboradores que le redactan libros, en defensa de una política identitaria; libros que luego firma sin complejos, al igual que su sucesor. En otro tiempo le llamaron Bambi, inocente como un corzo. Una apariencia que suelen desmentir sus parlamentos incendiarios -pero pronunciados con torpeza- contra la derecha-extrema derecha, el monstruo bicéfalo creado por Pedro Sánchez. Un referente es ahora el que conforta a la audiencia regalándole los oídos y alimentando sus odios, contra la espantosa reacción que nos amenaza y las togas prevaricadoras. La militancia sigue al referente, en estos tiempos turbulentos, como el rebaño al pastor. No concibe que su persona pueda tener puntos oscuros. No puede ser; tiene que haber una conspiración. De la antigua trama Judeo masónica hemos pasado al golpismo judicial. Hay mucha gente que no es capaz de concebir que el Estado pueda comportarse de forma autónoma. Les parece insólito que la Guardia Civil, la UCO, la fiscalía anticorrupción, el tribunal supremo obren al margen de las presiones gubernamentales. Dicen todos que hay togas buenas, como la del fiscal general o las de la mayoría del Constitucional, y togas malas, todas las demás.
No parece, en una primera impresión, que el juez del caso Plus Ultra -empresa ligada al chavismo- se haya precipitado al ordenar los registros oportunos. El auto es demoledor. Las conversaciones que trancribe sonrojan a cualquiera, dignas de una pandilla de gánsteres. Yo he viajado en alguna ocasión a Caracas en Plus Ultra. Una empresa nada estratégica. Pocos aviones -tres o cuatro- tiene la compañía y bastante usados. A cambio, billetes baratos y holgura en el equipaje a facturar ¿Estaba justificado un rescate de 53 millones? Hasta el diario El País, en el que influye según se comenta el ahora imputado, trata la información judicial con cierta extensión e imparcialidad. Dos millones de euros, dice el auto, conseguidos -presuntamente- sin esfuerzo grande, por su capacidad de influencia y su cara bonita. «No os fallaré» Cara de corzo mezclado con lobo.


