Francisco Fuster, joven profesor de la Universidad de Valencia, acude puntual a su cita editorial con su libro Insobornables. Vida de Gaziel (Galaxia Gutenberg). Aludo a su puntualidad porque ha acostumbrado a sus lectores a la aparición de una biografía, de Pío Baroja, de Julio Camba, de Azorín, cada dos años; un ritmo algo frenético, invitado acaso por ese peculiar -y detestable- sistema de “acreditación” que representa la ANECA. Por esa regla de tres, los investigadores se ven obligados a publicar para afianzarse en la profesión. Lo que en algunos es obligación -publicar en revistillas o morir- es en Fuster afición a los libros, talento de historiador y de escritor. Ahora tenemos entre las manos un libro ceñido, esencial, que no se dispersa en divagaciones o en excesos de erudición. Un libro que, ¡ay!, carece de índice onomástico.
Gaziel es el nom de plume de un extraordinario periodista y escritor llamado Agustí Calvet, catalán de San Feliú de Guíxols. Comenzó Calvet sus primeros balbuceos literarios y periodísticos en la esfera del catalanismo político, publicando en La Veu de Catalunya. Tuvo un empleo fugar en el Institut d´Estudis Catalans, formado para la depuración y estudio de la lengua y cultura catalana; una perdurable institución vinculada a la novísima Mancomunidad, inaugurada en 1914. Conoció al senyor Prat de la Riba, el alma de todo aquel tinglado. Fue influenciado por su obra, La nacionalitat catalana. El joven Calvet -un pratiano de la cabeza a los pies- asimiló los conceptos fundamentales de la biblia del moderno nacionalismo catalán: que Cataluña era una nación con carácter diferenciado, producto de la naturaleza, y que esos rasgos eranopuestos en todo a los de Castilla. Este es un aspecto en el que Fuster no repara. ¿Por qué no atender a la formación intelectual de un periodista, con ambiciones de escritor además? No comparto la inclinación de algunos biógrafos, muy meritorios, a separar las vicisitudes de una vida, prescindiendo de las ideas. Sobre todo tratándose de gente de pluma.
La consagración de Calvet, contemporánea del empleo del mote Gaziel (algo así como su geniecillo benigno) fue consecuencia del estallido de la Gran Guerra. El escritor en ciernes quería ser catedrático, por eso estaba en París, aprendiendo a filosofar. No consideraba digno firmar sus trabajos periodísticos con su nombre de pila. Se hallaba en la capital de Francia en el momento de estallar el conflicto. Comenzó a pasear las callesfijándose en el ambiente, en los detalles menudos, cotidianos. Recogió sus impresiones en un dietario. Al regresar a Barcelona, los cuadernillos fueron leídos por el director de La Vanguardia, Miguel de los Santos Oliver. Póngase a traducir este dietario en artículos, le intimó el director al novel escritor. Desde ese momento, al poco tiempo,vino a convertirse en la estrella del diario. Oliver, de origen mallorquín, era un excelente ensayista e historiador, vinculado al regeneracionismo, políticamente cercano al maurismo. Al fichar a Gaziel, ayudando a convertir un dietario en libro, el Diario de un estudiante en París, acertó de lleno. Aquel joven era “todo un periodista”, uno de los mejores.
Fuster narra con habilidad y buen criterio la larga carrera que llevó a Gaziel a la dirección de La Vanguardia, el diario de la dinastía Godó. Primero fue una dirección compartida, por desconfianza y cicatería de la propiedad. Luego, a partir de 1933, llegaría la plena responsabilidad sobre el periódico. Gaziel convirtió La Vanguardia en un periódico actual y cosmopolita, con maquinaria moderna, corresponsales en el extranjero y colaboradores escogidos entre lo mejor de los literatos españoles. Al lado de la calidad, como resultado de ella, vino el negocio. Con detalles como el de colocar grandes esquelas en primera plana, artimaña que debió de aprender en La Veu de Catalunya que ya publicaba esos recuerdos funerarios, tantas veces en la vecindad del Glosari de Eugeni d´Ors. Los burgueses catalanes no morían felices si el “fatal desenlace” no era anunciando a toda plana en los principales periódicos de la región. La Vanguardia enriqueció a los Godó; un linaje desagradecido, que devolvió el favor en la inmediata posguerra mediante repugnantes denuncias, dejando desatendido y a la intemperie a uno de los artífices de su fortuna. ¡Pobre Gaziel!
Titula su libro Fuster con un rotundo Insobornable. Ajustado nombre, siempre que se refiera a que no aceptó sobornos de ningún género. Gaziel fue un hombre de una honradez sin mancha. Pero nada adecuado si atendemos al carácter del periodista, necesariamente ondoyant et divers, obligado, primero, a escribir exclusivamente en castellano y a soportar, por tanto, las acusaciones de botifler; segundo, a no disentir demasiado de un público lector burgués y, desde luego, a lidiar con una propiedad de ideas a veces no coincidentes con las suyas, particularmente en el periodo republicano.“Yo -escribe en la posguerra- que siempre he sido contemporizador y dúctil”. Esa tibieza y el haber pasado muchos años “al baño maría” que le reprochaba el inimitable Josep Pla. No le quedaba más remedio.
Si Gaziel fue o no fue un periodista de verdadera influencia en la opinión catalana es un asunto discutible. Fuster se inclina por la afirmativa. Yo creo que la vigencia depende del periodo al que nos refiramos. Decía Gaziel que había periódicos reflectores y periódicos espejos. En los años que van de 1914 hasta 1930, desde la Gran Guerra hastael final de la Dictadura de Primo de Rivera. el diario de los Godó fue ambas cosas, faro y espejo. A partir de 1931, ninguna de ellas. En 1931 comienza el momento populista de la política catalana, de la hegemonía abrumadora de la Esquerra Republicana de Catalunya. Entonces es cuando Gaziel tuvo que resaltar el enorme papel moral del antiguo militar español, algo tronado, que fue Francesc Maciá.
Si tuvo o no tuvo sentido político en sus abundantes artículos es materia debatible. Cambó creía que no tenía ninguno. Exageraba, quizás por haber sido víctima de críticas del director de La Vanguardia. A menudo, llevado del orgullo patriótico, sobreestima el peso de Cataluña en la política española. A veces muestra una ceguera asombrosa como, en vísperas de la proclamación de la República, creer que aquellas elecciones municipales pasarían sin pena ni gloria. Pero en ocasiones atina con una fórmula lograda, al describir el mal sino de una República sin republicanos, luego de las insurrecciones de 1934: “Quienes votaron la Constitución de 1931 la han pisoteado y quienes la combatieron son, paradójicamente, los encargados de custodiarla”
En todo caso, la II República fue un momento que despertó las esperanzas nacionalistas de Gaziel, al insistir en los caracteres incompatibles de Castilla -lo vertical, dogmático, ordenancista, jerárquico- y lo catalán -lo horizontal, democrático y pactista-; el mito catalanista que posteriormente, en la posguerra glosará Vicéns Vives. Un mito que, en el contexto republicano, Gaziel cree próximo a invertirse por obra del Estatuto de 1932, para dar paso a la hegemonía catalana. Observemos que, como es frecuente en el nacionalismo catalán, el antípoda de Cataluña es siempre Castilla, no España. Una antítesis que llegó a ser aceptada sin crítica, acaso por ingenuidad y exceso de efusión lírica, por los mismos intelectuales castellanos que, en 1930, fueron invitados a confraternizar con los catalanes en unas jornadas barcelonesas memorables, propiciadas por los caudales y la iniciativa de Francesc Cambó.
“Un burgués liberal”. Así califica Fuster la figura de Gaziel. La descripción es adecuada. El biógrafo nos pone en antecedentes de los valores -coherencia, eficacia, estabilidad, orden- de claro corte liberal. Pero, atendiendo a los testimonios que nos ofrece el libro, siempre con reservas frente a la democracia. Creía Gaziel que si se dejaba funcionar sin trabas al sufragio universal, los totalitarismos de izquierda o derecha se harían con el gobierno de la situación y terminarían por arrasar la democracia. O sea, que la mejor manera de preservar la democracia era limitándola. Extraño razonamiento.
Tuvo Gaziel una suerte triste al inicio de la guerra civil. Tuvo que salir a escape de Barcelona al ser advertido de que su vida corría peligro. Vino una época larga de privaciones y servidumbres, viviendo de milagro, al servicio de la propaganda franquista que dirigía Cambó. Al regresar a España se afincó en Madrid y ofició como gerente de la editorial Plus Ultra, con los libros del Summa Artis como activo principal. Son los años en que escribe, privadamente, las Meditacions en el desert. Desierto es la historia reciente de España; Al diluvi de sang i de foc que fou la guerra civil ha succeït[…] un diluvi de conformisme i putrefacció. En este texto áspero y amargo, publicado en 1970 por las Edicions catalanes de Paris, Gaziel recobra una postura política independentista, latente, semi escondida a lo largo de su larga vida periodística: los catalanes, dice, no som espanyols. El carácter, la manera de pensar y de vivir, los gustos y las costumbres la lengua, todo les separa de España. Parece como si las naciones poseyeran características históricas inmutables. Por eso, en los años posteriores a la segunda guerra mundial, creerá que Alemania y la democracia son incompatiblesCastellanos, alemanes, catalanes, resistentes al cambio histórico, arrastrando una identidad a prueba de diluvios. A partir de entonces, como para desmentir a sus críticospretéritos, escribe exclusivamente en catalán.
Paradójicamente, los últimos años de Gaziel coinciden con una extraordinaria floración literaria. Viajes, dietarios, ensayos y sobre todo, memorias: Tots el camins duen a Roma. Historia de un destí, publicadas en diciembre de 1958. Un grueso volumen, escrito en un catalán que puede paladearse, evocador de la vida barcelonesa de principio de siglo. Unas memorias que arrancan entre las charangas de desfiles militares, olés de corridas de toros y sobresaltos de las bombas anarquistas, en una Barcelona de ayer evocada con maestría. Recuerdos que finalizan en 1914, cuando nace Gaziel al mundo del periodismo. Un libro capaz de justificar el puesto de primera fila que tiene su autor en las letras catalanas. Un libro que, por incuria o cobardía editorial, nunca ha sido traducido al castellano. Merece la pena leer esta biografía de Francisco Fuster y abogar porque alguien, algún editor moderno, se aventure a traducir esas espléndidas memorias, una de las mejores que ha dado la literatura española contemporánea. ¿Quién se anima a ello?


