La historia de este diario se confunde, casi, con la de mi vida adulta, y la de tantos otros de mi generación. Recibimos con alborozo su aparición. Primavera del 76. Me veo leyendo el primer número frente al edificio B de Filosofía, en la Complutense, aunque no puedo precisar qué es lo que hacía allí. Ningún día dejé de leerlo. Había lectura para rato. Hasta las crónicas de toros, que redactaba Joaquín Vidal, eran gustosas. Y las deportivas, con García Candau, una de las escasas secciones, con la de cine, con el gran Boyero, que han conservado la dignidad hasta la fecha.
Su antiguo director Juan Luis Cebrián recordaba, hace poco algunos titulares históricos: El País con la Constitución, la misma noche del golpe del 23 F. Yo recuerdo otras: Las debilidades de un gobierno fuerte, el día siguiente a la matanza de los abogados laboralistas de Atocha.
Uno reflexiona sobre aquella frase de Javier Pradera, nombrando al periódico como el intelectual orgánico de la transición, el que gobernaba o inspiraba la manera de pensar de un público mayoritario; un creador o hacedor de hegemonía, según el concepto gramsciano. Uno piensa sobre ello y no puede menos que encontrar algún reparo. Por ejemplo, en la posición adoptada frente a la violencia de ETA, al defender su carácter, por así decir, estructural. Bastaba con conceder una generosísima amnistía, con otorgar una autonomía política suficiente para que el terror desapareciera, por arte de magia. Un prejuicio de época, compartido por la izquierda. De ahí el espacio concedido en el periódico a algunos defensores de ETA, como Alfonso Sastre. Un error muy grave el de servir, sin querer, de justificación del terror, ayudando a legitimar su discurso. Otra equivocación: la servir de altavoz a la irresponsable campaña contra Adolfo Suárez. Hasta en los chistes, tratando de convertir al presidente en un personaje de opereta. Me viene a la memoria una viñeta de Peridis, gracioso oficial hasta el día de hoy: Giscard d’Estaing, de visita en España, pide información: «¿oú est le roi?», y la caricatura de Suárez se vuelve desconcertada: «pregunta por un tal Leguá». Convertido en líder de ventas, El País llegó a encarnar una cierta ortodoxia que iba de la crítica literaria a la opinión política. una actitud bien pensante, distribuyendo premios y castigos simbólicos, castigos más notorios a derecha que a izquierda, influyendo a mi juicio no para bien en la vida intelectual española.
La cosa, creo, empezó a torcerse, creo, en los últimos años del gobierno González, cuando el diario llegó a estimular a los columnistas, a premiarlos (ahorremos los detalles) por defender al presidente acosado. El diario fue haciéndose insuficiente, sesgado, acentuando su parcialidad. Era necesario completar su lectura con otros periódicos. Apostó por encumbrar a personajes como Rodríguez Zapatero, el hombre que creía jugar en la primera división europea cuando España se hallaba al borde de la quiebra. Y así fue cayendo, con alzas momentáneas – la época de Antonio Caño- y bajones duraderos, acompañados de purgas ideológicas, reduciendo el pluralismo del diario hasta hacerlo insignificante. Hasta llegar a la actualidad.
¿Qué ha variado desde aquella fecha fundadora de 1976? El Paísmarcaba la agenda del gobierno de turno. Hoy es el gobierno el que marca la agenda de El País, hasta un extremo increíble, conociendo la historia del diario. Algunos sueltos, firmados por ignotos personajes, parecen dictados expresamente desde la asesoría de Pedro Sánchez. Ayer tenía columnistas de primer orden, empezando por Vargas Llosa, grandes comentaristas de la política nacional, como Santos Juliá o el propio Pradera. Hoy son los literatos, a veces de segundo o tercer orden, los que resuelven, con escaso tino, el espacio dedicado a la política nacional. Y tienen a Sánchez Cuenca de estrella luminosa, con el conato de ser más papista que el Papa.
Para terminar: ayer uno recortaba tal o cual artículo para conservarlo. Hoy nos viene a la memoria el perro de Picasso gran aficionado a estos animales. Lo paseaba a diario y le abría las planas de un diario burgués, que quizá fuera Le Figaro o Le Temps; las abría para que el perro hiciera sus necesidades. Sin esta maniobra, aseguraba el pintor, no había manera de que el perro evacuara
Hoy, por desgracia, el gran diario madrileño, tornavoz de un gobierno en crisis, que arrastra penosamente su existencia, sirve sobre todo a los dueños de animales como estímulo para la micción de su can.


