La cumbre del G7 celebrada en Évian, Francia, entre el 15 y el 17 de junio de 2026, estuvo marcada por Ucrania, Oriente Medio, la rivalidad tecnológica con China, la inteligencia artificial y la seguridad económica global. El encuentro permitió mostrar una imagen de coordinación entre las principales democracias industrializadas, pero también dejó al descubierto diferencias estratégicas, económicas y de liderazgo entre sus miembros.
La reunión se celebró en un momento de especial incertidumbre internacional. La guerra en Ucrania, la crisis de Oriente Medio, las tensiones comerciales, los desequilibrios macroeconómicos y la presión sobre las cadenas de suministro situaron al G7 ante una agenda de gran densidad geopolítica. La Unión Europea estuvo representada por António Costa y Ursula von der Leyen, reforzando la idea de que la UE actúa ya como miembro político pleno del foro.
Uno de los mensajes centrales fue la defensa del multilateralismo. En un contexto de fragmentación internacional, los dirigentes del G7 insistieron en que la cooperación entre democracias industrializadas sigue siendo necesaria. Sin embargo, la propia cumbre mostró que ese multilateralismo convive con tensiones internas, intereses nacionales divergentes y estilos de liderazgo cada vez más personalistas.
Ucrania ocupó un lugar central en la agenda. El presidente Volodímir Zelenski participó en la sesión dedicada a la paz y la seguridad para Ucrania y Europa. Los líderes del G7 reiteraron su apoyo a Kiev, acordaron incrementar la entrega de capacidades de defensa, interceptores y sistemas de largo alcance, y confirmaron su voluntad de aumentar la presión sobre la economía de guerra rusa. El mensaje político fue claro: el G7 no contempla abandonar a Ucrania.
Oriente Medio fue otro de los grandes ejes de la cumbre. Las tensiones con Irán, los riesgos para la navegación internacional, la seguridad energética y sus efectos sobre la economía mundial ocuparon buena parte de los encuentros bilaterales y multilaterales. El G7 saludó el anuncio de un acuerdo entre Estados Unidos e Irán y se declaró dispuesto a contribuir a su aplicación, pero reafirmó una línea roja: Irán no debe obtener el arma nuclear.
El Estrecho de Ormuz apareció como uno de los puntos estratégicos más sensibles. El G7 subrayó que el derecho de paso en tránsito, sin restricciones ni peajes, es una piedra angular del comercio internacional. La referencia a Ormuz fue especialmente relevante por su impacto sobre el petróleo, el gas, los seguros marítimos, las cadenas logísticas y la inflación global.
La cumbre también abordó la situación en el Líbano, Cisjordania y Gaza. Los líderes apoyaron las gestiones para lograr el desarme de Hezbolá y reforzar el monopolio estatal de las armas en el Líbano, reclamaron el fin de la violencia en Cisjordania y defendieron acelerar la ayuda humanitaria y la reconstrucción en Gaza. Oriente Medio volvió a aparecer como un espacio donde se cruzan seguridad regional, energía, crisis humanitaria y competencia de grandes potencias.
China estuvo presente como rival estratégico, tecnológico e industrial. El G7 avanzó en iniciativas para diversificar las cadenas de suministro de minerales críticos, tierras raras, semiconductores y tecnologías esenciales. También reafirmó la importancia de un Indo-Pacífico libre y abierto, sustentado en el Estado de Derecho, y expresó su oposición a cualquier intento unilateral de modificar el statu quo por la fuerza o la coacción en los mares de China Oriental y Meridional.
Los minerales críticos se han convertido en un elemento central de la geopolítica industrial del siglo XXI. El G7 reconoció que estos recursos son esenciales para la seguridad económica, especialmente en los sectores digital y energético. La fuerte concentración del mercado y el uso de restricciones comerciales han llevado a las potencias occidentales a buscar más diversificación, trazabilidad, reciclaje, almacenamiento estratégico y movilización de capital público y privado. En este contexto, el grupo impulsó una alianza no vinculante para reducir dependencias críticas y dificultar la instrumentalización económica de estos recursos.
La inteligencia artificial se consolidó como uno de los temas centrales de la cumbre. Los líderes debatieron sobre regulación, seguridad, gobernanza, defensa, economía y soberanía tecnológica. Para la Unión Europea, el reto principal es reducir su dependencia de Estados Unidos y China en infraestructuras digitales, datos, nube, chips, modelos avanzados y capacidades industriales asociadas a la IA.
La IA aparece ya como un asunto de seguridad nacional. No se trata solo de innovación, sino de control de datos, protección de infraestructuras críticas, autonomía industrial, defensa, desinformación, ciberseguridad y competitividad económica. Europa debe regular sin quedar rezagada; Estados Unidos busca mantener el liderazgo; y China pretende avanzar hacia una autonomía tecnológica capaz de desafiar el dominio occidental.
La cumbre incluyó además una declaración sobre la protección de los menores en línea. El G7 pidió a gobiernos, plataformas digitales y autoridades públicas que prioricen la seguridad, la privacidad, la salud mental y la protección de niños y jóvenes en internet, especialmente frente al abuso sexual infantil, el extremismo violento, el terrorismo en línea y los riesgos asociados a la inteligencia artificial.
El G7 vinculó la seguridad económica con la estabilidad geopolítica. Los dirigentes subrayaron que las presiones sobre las cadenas de suministro de energía, insumos agrícolas y fertilizantes afectan a industrias, agricultores y hogares de todo el mundo, especialmente en los países más vulnerables. El mensaje económico fue doble: defender un crecimiento más equilibrado, duradero y resiliente, y evitar restricciones arbitrarias a la exportación que puedan agravar la inestabilidad global.
La cumbre incorporó también una dimensión de seguridad interior y criminalidad organizada. Los líderes reafirmaron su compromiso contra el tráfico ilícito de migrantes, la trata de personas y las redes que se benefician de la explotación de poblaciones vulnerables. También abordaron el narcotráfico, con especial atención a la seguridad marítima y portuaria, la infiltración criminal en instituciones públicas y privadas, el apoyo a países socios y la reducción de la demanda. La criminalidad organizada ya no se percibe solo como un problema policial, sino como una amenaza estratégica.
Aunque la cumbre estuvo dominada por la geopolítica, también incluyó compromisos en materia de salud global. Los dirigentes reafirmaron su voluntad de acelerar la lucha contra el cáncer y pidieron una respuesta coordinada al brote de ébola de Bundibugyo en la República Democrática del Congo y Uganda, mediante vacunas, diagnósticos y tratamientos específicos.
Donald Trump volvió a monopolizar parte de la atención política y mediática. Su presencia condicionó conversaciones y cobertura informativa. En una cumbre concebida para proyectar unidad, introdujo de nuevo un componente de imprevisibilidad política. Su afirmación de que “yo soy el jefe” se convirtió en uno de los titulares más comentados. Para sus partidarios, fue una demostración de autoridad; para sus críticos, una expresión de un estilo político agresivo, arrogante y deliberadamente disruptivo, más orientado a imponer presencia que a construir consensos.
La organización francesa, encabezada por Emmanuel Macron, intentó mantener a Trump plenamente implicado en los debates. La experiencia de anteriores reuniones internacionales había demostrado que cualquier desencuentro con el presidente estadounidense podía alterar el desarrollo de la cumbre y desviar la atención de los asuntos previstos. Una de las anécdotas más comentadas llegó tras el encuentro con Giorgia Meloni, cuando Trump afirmó que la dirigente italiana había insistido en fotografiarse con él. Meloni lo negó con firmeza y defendió la dignidad institucional de Italia.
Más allá de las declaraciones y anécdotas, la cumbre confirmó una tendencia de fondo: Europa continúa buscando una mayor autonomía estratégica. Esa autonomía se proyecta en defensa, energía, tecnología, inteligencia artificial, minerales críticos, cadenas de suministro, industria y seguridad económica. La guerra de Ucrania, la incertidumbre sobre la política estadounidense, la rivalidad tecnológica con China y las tensiones en Oriente Medio están acelerando este proceso.
La gran paradoja europea volvió a quedar en evidencia. La UE aspira a una mayor soberanía estratégica, pero Estados Unidos sigue siendo el actor indispensable para la seguridad occidental. La cuestión ya no es si Europa debe asumir más responsabilidades, sino si será capaz de hacerlo con la rapidez, coordinación, financiación y cohesión política necesarias.
La cumbre de Évian no produjo decisiones históricas ni cambios radicales, pero confirmó las grandes líneas del nuevo escenario internacional. Ucrania sigue siendo el frente principal de contención frente a Rusia; Oriente Medio continúa siendo un espacio de riesgo energético, marítimo y nuclear; China aparece como competidor tecnológico e industrial; la inteligencia artificial se consolida como campo de poder; y las cadenas de suministro se han convertido en una cuestión de seguridad nacional.
La principal conclusión es que Occidente conserva poder, pero ya no puede dar por garantizada su cohesión. El mundo que emerge es más competitivo, más fragmentado e incierto. Y, una vez más, Donald Trump demostró su capacidad para influir en la agenda internacional y convertir cualquier foro multilateral en un escenario donde también se debate el futuro liderazgo político de Estados Unidos, de Europa y del propio bloque occidental.


