Los incendios no empiezan con las llamas, sino mucho antes: en un invierno húmedo que favorece el crecimiento de la vegetación, en una primavera que no se aprovecha ni se gestiona el monte, en un territorio abandonado, en una administración que confunde el despliegue mediático con la prevención real y en una sociedad que solo mira al bosque cuando el humo ya entra por las ventanas.
El incendio forestal declarado en el Parque Nacional de Doñana no es solo una emergencia ambiental. Es también una señal. Un aviso temprano. Una advertencia severa de lo que puede ocurrir si el verano llega con calor extremo, vegetación abundante, masas forestales mal gestionadas y una política de incendios demasiado volcada en apagar y demasiado poco comprometida con evitar.
En España hemos aprendido a admirar —con razón— el trabajo heroico de bomberos forestales, brigadas, pilotos, agentes medioambientales, técnicos, UME, servicios autonómicos de emergencia y voluntarios. Pero seguimos teniendo pendiente una pregunta incómoda: ¿por qué tantos incendiosllegan a convertirse en monstruos ingobernables? ¿Por qué seguimos actuando como si el fuegocomenzara el día en que se ve la columna de humo?
Para abordar estas cuestiones, La Discrepancia entrevista a Francisco Castañares, uno de los especialistas españoles más reconocidos en materia de incendios forestales, gestión del monte y prevención ambiental. Castañares fue director de la Agencia de Medio Ambiente de la Junta de Extremadura, etapa en la que tuvo un papel relevante en el impulso y consolidación del primer Plan Infoex, el dispositivo extremeño de prevención y extinción de incendios forestales. Ha sido también una voz constante en el debate público sobre la necesidad de profesionalizar la lucha contra el fuego, reforzar la prevención durante todo el año y entender que el problema de los incendios no se resuelve únicamente con más medios de extinción, sino con una gestión inteligente del territorio.

Su posición es clara: los incendios actuales ya no son los incendios de hace treinta años. Son más rápidos, más intensos, más difíciles de controlar y, en determinadas condiciones meteorológicas, pueden situarse fuera de la capacidad de extinción. Por eso, para Castañares, la clave está antes del verano: en el invierno, en la primavera, en el pastoreo, en la gestión del monte, en los cortafuegos, en la planificación, en el trabajo técnico silencioso y en una política forestal que no viva pendiente únicamente de la foto institucional.
Con él queremos hablar de Doñana, pero también de España. De los riesgos de este verano, de las debilidades del sistema, de las fortalezas que sí existen, de la coordinación entre administraciones, del abandono rural, del cambio climático, de la acumulación de combustible vegetal y de la necesidad de construir una verdadera política de Estado para los montes y los bosques.
Francisco Castañares nos cuenta.
1. Riesgo de la campaña
El incendio en Doñana ha llegado antes del verano más duro. Desde su experiencia, ¿qué indicadores permiten anticipar si una campaña de incendios puede ser especialmente grave y qué factores concretos deberían preocuparnos este año?
Así es. Doñana nos ha puesto ante el espejo, aunque solo es el cuarto gran incendio forestal de 2026. ¿Es un presagio de lo que puede ocurrir este verano? Puede serlo, sobre todo si continúa como ha ido el final de la primavera, con calor extremo, sin lluvias y con abundantes tormentas secas. Los horribles años de 2022 y 2025 igual se quedan en el trailer de la película de terror que podemos ver este verano y veremos sin duda en los siguientes. Todo va a depender de la meteorología que tengamos en los próximos tres meses. Mire usted, el fuego es una reacción química que precisa solo de tres elementos para producirse: una fuente de calor intenso, comburente (el oxígeno del aire) y combustible. El calor ya lo tenemos aquí, el oxígeno también y combustible… Pufff! Este año hay en nuestros montes, como poco, 60 millones de toneladas de combustible más que había el año pasado, resultado del crecimiento natural de la vegetación. Con el calor se secará, o perderá mucha humedad, y se pondrá en disposición de arder. El panorama no es nada halagüeño. El problema es que estamos poniendo en riesgo la vida de mucha gente, la que aún sobrevive en el medio rural y la de los bomberos forestales, esos héroes sin capa a los que se refería usted en la entradilla de esta entrevista. Son héroes sí, pero sobre todo porque les estamos enviando a luchar contra las llamas en escenarios imposibles, de los que salir vivos ya es una auténtica hazaña.
2. Doñana como advertencia
Más allá de la emergencia concreta, ¿qué lectura hace usted del incendio de Doñana? ¿Es un episodio aislado o una advertencia sobre el estado de nuestros montes, espacios protegidos y políticas de prevención?
Doñana es un símbolo y lo que ocurre allí siempre encuentra un eco mayor. Por tanto, nos ayuda a entender y explicar el problema al que nos enfrentamos. Fíjese bien: ha ocurrido en mayo, en el que quizá es el más importante espacio natural protegido de Europa y en un territorio, Andalucía, que cuenta con el que probablemente sea uno de los mejores servicios de extinción del mundo, tras el CalFire, el servicio de extinción de California, y a la par que el INFOCAM de Castilla La Mancha y los GRAF de Bombers de la Generalitat de Cataluña. ¿Qué conclusiones podemos extraer? La primera: los incendios ya no son solo un problema del verano. Pueden ocurrir en cualquier época del año. Acuérdese de que, en la ladera sur de la Sierra de Gredos extremeña, ardieron más de 1.000 hectáreas en los últimos días de marzo, en plena Semana Santa, el doble de las que han ardido en Doñana dos meses después. La segunda: Declarar un espacio como protegido no es garantía alguna de su protección real. El fuego no respeta normas, ni decretos, ni leyes, tiene su propia ley, que es natural como la vida misma. Si hay vegetación tan abundante que el suelo sobre el que crece ya no la puede mantener, se secará, se pondrá en disposición de arder y cualquier chispa, fortuita o no, la quemará, como ocurre desde que hay vida vegetal en el planeta, mucho antes de que existiéramos los primeros humanos. Y la tercera: contra los incendios forestales que sufrimos hoy en día, con espacios forestales cargados de combustible en disposición de arder, en escenarios especialmente cocinados por el cambio climático, no hay servicios de extinción que valgan. Hasta los mejores, como el INFOCA en Doñana o el CalFire en tantos grandes incendios en California, fracasan. Le diré una cosa más, que las administraciones no suelen tener en cuenta: La extinción es nuestra respuesta ante los incendios forestales, pero no es la solución. Ni lo es, ni lo va a ser, por muchos aviones y helicópteros que contraten los gobiernos para extinguirlos. Lo que ha ocurrido en Doñana, este mes de mayo, y lo que ocurrió en Gredos en marzo, es más que una seria advertencia de lo que puede ocurrir en los meses venideros.

3. Prevención frente a extinción
Cada año se presentan grandes dispositivos de extinción, con medios aéreos, brigadas, UME y operativos autonómicos. ¿Existe en España un desequilibrio entre lo que se invierte en apagar incendios y lo que se invierte en evitarlos?
Absolutamente. Si los gobiernos destinaran a gestionar los montes la mitad de lo que se gastan en extinguir los grandes incendios que en ellos se producen, los montes no se quemarían y además se ahorrarían la mitad de lo que gastan, que podrían dedicar a otras cosas. Evitar un incendio es muchísimo más barato que apagarlo, pero eso no es noticia, no sale en los telediarios, ni sus frutos los recoge el gobierno que lo haga. Hacerse una foto ante una impresionante flotilla de aviones y helicópteros, que no servirán para nada cuando España arda de verdad, sí lo es. Por eso la política, la mala política, opta por la foto para mostrarnos cuán preocupados están por la que se nos viene encima. Pues ya es tarde, señores. Si de verdad estaban preocupados y hubieran aprendido la dura lección de aquellos vente días de agosto del año pasado, en septiembre se habrían puesto manos a la obra. Habrían destinado presupuestos extraordinarios para gestionar un millón de hectáreas, atendiendo en primer lugar a las zonas estratégicas de gestión y a los entornos de los pueblos y urbanizaciones que están enclavados en medio de los bosques o en sus inmediaciones, para proteger la vida de la gente que vive en el medio rural. Esta es la realidad que tenemos. Pero no solo es culpa de los gobiernos. Lo es también de los grandes medios de comunicación y de la sociedad, que en invierno permanecenimpasibles y en verano se lamentan e indignan. Si la gente exigiera y los medios acompañaran,los gobiernos no tendrían más remedio que cambiar sus políticas en la dirección correcta, que es la prevención.
4. El monte como combustible
Se habla mucho de inviernos húmedos y primaveras con mucha vegetación. ¿Hasta qué punto la acumulación de combustible vegetal, la falta de gestión forestal, el abandono rural y la pérdida del pastoreo están agravando el riesgo de grandes incendios?
El combustible es la clave de todo. Aún recuerdo una entrevista en la radio pública del Principado de Asturias en la primavera de 2023, en la que un “distinguido ecologista local” me reprochaba que llamara combustible a la vegetación. “Señor, es combustible porque arde”, le contesté. Y en Asturias aquellos días lo estábamos viendo de punta a punta, del oriente aloccidente. Hemos explicado antes el triángulo del fuego (fuente de calor intenso, oxígeno y combustible). De los tres elementos, los humanos solo podemos operar sobre uno: el combustible. La vegetación. ¿A qué esperamos?
El origen del problema está en el abandono rural, que se produce en España en las décadas de los 60 y los 70 del pasado siglo. La tierra dejó de cultivarse, el pastoreo cesó y el matorral lo cubrió todo, creando escenarios propicios para incendios cada vez más grandes, más veloces y más intensos. Esos incendios llegaron a las zonas habitadas, cuyos mecanismos de defensa habían desaparecido (cultivos como los olivares, los huertos, los frutales y los prados en los que pastaba el ganado). La gente, al irse, los abandonó y el matorral lo cubrió todo. El matorral creció, se acumuló, se secó y era cuestión de tiempo que el fuego hiciera su trabajo, creando a veces grandes incendios simultáneos sobre un mismo territorio. Después, el calentamiento global, el cambio climático, amplió el tiempo hábil para que pudiera arder y creó las condiciones para que esos incendios interactuaran con la inestabilidad atmosférica, sumaran su energía a la de las tormentas, se asociaran con incendios simultáneos en zonas geográficas próximas y multiplicaran su energía y sus velocidades de propagación, alcanzando cifras de vértigo, imposibles de contener por muchos medios que pongamos a disposición de la emergencia.
Lo explicaba muy bien Marc Castellnou cuando definió las generaciones de incendios.
Pues es lo que tenemos: incendios cada vez más grandes, más veloces, más intensos, que afectan a zonas habitadas y además pueden ocurrir simultáneamente en zonas geográficas próximas, provocando el caos y colapsando los medios de extinción, que son incapaces de atenderlos a todos.

5. Incendios más extremos
Usted ha advertido en distintas ocasiones de que algunos fuegos pueden situarse fuera de capacidad de extinción. ¿Qué significa exactamente esa expresión y por qué los incendios actuales son más rápidos, intensos y difíciles de controlar que los de hace unas décadas?
Así es. Las estadísticas nos muestran que somos muy buenos apagando incendios, pues controlamos el 98% de los que se producen sin que apenas nos quemen un puñado de hectáreas: el 2% de lo que arde cada año. Pero es que el 2% restante de los incendios arrasa conel 98% de la superficie que finalmente se quema. ¿Por qué ocurre esto? Porque hay incendios que, efectivamente, se sitúan fuera de capacidad de extinción. Es decir, por muchos medios que tengamos, y por muchos más que podamos tener, esos incendios no vamos a poder controlarlosnunca. Los podemos evitar, pero no los podremos apagar hasta que consuman todo lo que puede arder. Los incendios son cada vez más grandes, más rápidos y más intensos porque hay más superficies continuas, cargadas de combustible forestal, que se acumula año tras año por eso simple crecimiento de la vegetación. Si no lo sacamos, si no lo aprovechamos como hacían nuestros antepasados que vivían en el campo, se acumulará, se secará y tarde o temprano arderá. Y cuanto más tarde en quemarse, más grande y devastador será el incendio porque más combustible acumulado habrá. Si no entendemos eso, no entenderemos nada, ni seremos capaces de afrontar el problema con unas mínimas garantías de éxito.
6. Coordinación administrativa
En un gran incendio intervienen comunidades autónomas, gobierno central, parques nacionales, propietarios, servicios de emergencia y fuerzas de seguridad. ¿Funciona bien esa coordinación o seguimos teniendo fallos estructurales que se repiten campaña tras campaña?
No funciona. Es más, a veces en lugar de coordinarse, parece como si las administraciones empeñaran todos sus esfuerzos en endosarle la responsabilidad a otros, sobre todo si son de distinto signo político. Falta lealtad institucional. Falta compromiso. Pondré un ejemplo: en julio de 2022 hubo un incendio que comenzó en la comarca extremeña de Las Hurdes, al norte de la región, en un pueblo que se llama Ladrillar. Ese incendio quemó alrededor de 3.000 hectáreas en Extremadura, se pasó a Castilla y León, penetrando en la provincia de Salamanca por un pueblo que se llama Monsagro, y allí quemó 9.500 hectáreas más. ¿Hubo coordinación? En absoluto. Extremadura lo trató como si en “la frontera” con Castilla y León estuviera el mar y lo mismo hicieron los vecinos del norte, considerando el límite entre ambas regiones como si al otro lado estuviera el mar. ¿El gobierno central? Ni estuvo, ni tampoco se le esperó. Eso sí, acudió el ministro del Interior a hacerse la foto, para dar la imagen de coordinación, pero no puso al frente de la emergencia a ninguna autoridad nacional, ni a ningún director de extinción que, dependiendo del Estado, coordinara realmente los medios de ambas comunidades, que es lo que dice la ley que hay que hacer cuando un incendio, o cualquier emergencia, afecte a más de una Comunidad Autónoma. La ley y el más elemental sentido común. Si lo hubiera hecho, habría evitado que extremeños y castellanos y leoneses intentaran controlar el incendio sin tener en cuenta que igual le estaban creando un problema al vecino, como realmente ocurrió. En España nombramos a los incendios por el nombre del pueblo en cuyo término municipal se inician, por tanto, ese incendio se llamó #IFLadrillar. Pues bien, ni siquiera eso funcionó en este caso. En Castilla y León se llamó #IFMonsagro y así consta en las estadísticas oficiales del gobierno central, con dos incendios, uno de 3.000 y otro de 9.500 hectáreas. ¡Oiga! ¡Que fue un solo incendio y quemó 12.500 hectáreas! Pues así todo. ¿Coordinación? Si no fuera un drama sería para morirnos de la risa.
7. Fortalezas y debilidades del sistema español. España cuenta con profesionales muy preparados y dispositivos de extinción con gran experiencia. ¿Cuáles son las principales fortalezas del sistema español y cuáles son, al mismo tiempo, sus debilidades más preocupantes?
Sin duda alguna, España cuenta con los profesionales mejor preparados del mundo, en los servicios de extinción, en el mundo académico y en el científico. Los españoles somos una referencia internacional en todo el planeta. No hay gran incendio en el mundo que no cuente con el asesoramiento y la asistencia técnica de Marc Castellnou, que es el jefe de los GRAF de Bombers de la Generalitat de Cataluña. Él y su equipo están presentes en todos los grandes incendios del planeta, como a la hora de analizarlos está Victor Resco, el científico más relevante, más reputado y más prolífico, por sus trabajos sobre los grandes incendios forestalesque se publican en las revistas científicas de mayor prestigio a nivel global. Hace poco estuvimos en La Patagonia argentina Victor y yo, con el apoyo de Marc desde España, visitando y analizando con la gente de allí los grandes incendios de Puerto Patríada y el Parque Nacional de Los Alerces, en la provincia de Chubut. Nos reunimos con los responsables de la Secretaría de Bosques y del Manejo del Fuego, pero también con los medios de extinción que se habían enfrentado a aquellos dos auténticos monstruos, con Parques Nacionales y con la gente de las comunas afectadas, principalmente ganaderos andinos, que eran los que más los habían sufrido… Buscamos y encontramos respuestas y los gobiernos provinciales se tomaron muy en serio cómo hay que enfrentar el problema con garantías de éxito de cara al futuro. A día de hoy continuamos en contacto con ellos, ayudándoles en la toma de decisiones.
Pero hay muchos más, auténticos especialistas a escala global, como Joaquín Ramírez, un brillante leonés que es el principal asesor estratégico del CalFire, o Domingo Molina, ya jubilado, que es el padre de todos los grandes referentes mundiales en materia de incendios forestales.De él, o con él, aprendieron gente tan brillante y tan grandes profesionales como Eduardo Rojas, Juan Sánchez, Luis Berbiela, Fede Grillo, Ferrán Dalmau, Pepe Almodóvar, Alejandro Garcia,Miguel Ángel Clavero, Juan Picos, Fernando Pulido, Arantza Pérez o Javier Madrigal, que es, con Víctor Resco, otra de las grandes referencias científicas mundiales.
Tenemos los mejores profesionales, casi ninguno es profeta en su tierra, pero todos son admirados, seguidos y reclamados a escala global. Basta salir del país para comprobarlo.
Ellos son nuestras principales fortalezas y no contar con ellos, no escucharlos, quizá sea nuestra mayor debilidad. Aquí preferimos echarle la culpa a “los pirómanos”, los políticos de signo contrario, las condiciones meteorológicas adversas o el cambio climático, ignorando que el problema está en el combustible y en la despoblación. Y la solución también. Esa, junto con el no hacer aprecio y no escuchar a los magníficos profesionales que tenemos, es nuestra mayor debilidad como país.
8. Una política de Estado para los montes
Si tuviera que diseñar una estrategia nacional para reducir el riesgo de grandes incendios en los próximos diez años, ¿qué medidas considera imprescindibles y qué habría que empezar a hacer desde otoño e invierno para no improvisar cada verano?
Al terminar la campaña de incendios pasada, Lorena García, copresentadora de Espejo Público, el magazine matinal de Antena 3 TV, que hizo un extraordinario seguimiento y un magnífico trabajo informativo de los incendios que se produjeron en agosto de 2025, nos preguntó a Víctor Resco, a Eduardo Tolosana, decano de los Ingenieros Montes y a mí que, si pudiéramos hacer una sola cosa de cara al próximo verano, por qué medida apostaríamos. Yo respondí que proteger los pueblos, recuperando las zonas de cultivo, los huertos y los olivares abandonados, al menos en una franja perimetral que los rodeara, con una anchura de 500 metros, en la que eliminaríamos todo el matorral y el sotobosque, dejando los árboles en una densidad baja, con la única condición que no se toquen sus copas. Después, en mayo (ahora), pasamos el tractor con la grada para eliminar el pasto y ya tendremos la seguridad de que la gente no correrá peligro en sus casas. Esto es vital, porque estamos hablando de la vida de las personas, pero ni lo han hecho, ni lo van a hacer, pesar de que es una medida bien sencilla y cuesta poco dinero. Victor Resco eligió gestionar al menos un millón de hectáreas anuales, con especial atención a las zonas estratégicas de gestión. Y Tolosana apostó por la bioeconomía, el aprovechamiento de la biomasa y el uso de la madera frente a otros productos derivados del petróleo que son, por tanto, insostenibles medioambientalmente.
Con esas tres medidas me quedo. Y con una más, aprovechando ahora que no me ha puesto usted límites: con el uso del fuego técnico prescrito, de baja intensidad, para eliminar combustible en aquellas zonas en las que no podamos aprovecharlo. El fuego técnico funciona como una vacuna. Lo introducimos a tiempo y con la dosis adecuada en los montes, y los preparamos para que sean resistentes y resilientes frente a los grandes incendios, que ya no podrán ser tan grandes, ni tan intensos, porque habremos reducido estratégicamente el problema que los provoca.
Estas cuatro medidas son básicas e imprescindibles para sacar los incendios de las portadas de los grandes medios y de la preocupación de la gente, aunque hay muchas más. En las Jornadas que hicimos en Plasencia (Cáceres), en octubre de 2025, organizadas por la Fundación Presidente Rodríguez Ibarra, sacamos un total de 13 medidas e identificamos algunos problemas más. Unas y otros fueron consensuados entre todos los grandes expertos que participaron en ellas.


