¿Qué usuario no ha conocido la BN en obras, abarrotada de gente o semivacía como ahora? La joya más reluciente del departamento de Cultura. Yo la conocí, allá por los años setenta llena de opositores y jubilados, desempeñando funciones de biblioteca municipal, que ocupaban todas las plazas del salón grande, que hoy llaman de María Moliner. Hubo polémica entonces, con el fin de que la BN recobrara las funciones de biblioteca de investigación. Vino a continuación una gran época de obras, bajo la dirección del historiador Juan Pablo Fusi. Juan Pablo, formado en Oxford, pero miembro honorario de la Institución Libre de Enseñanza. Empleaba entonces con cierta unción el término fino: Fulanito es un hombre fino, educado, cortés. Pues bien, el profesor se escandalizaba de la proximidad de la sala de lectura a la cafetería, cuyos efluvios contaminaban el recinto. Había escenas de un casticismo chocante. Los empleados del mesetón, los mozos que servían los libros tenían a mano un botijo. En los veranos invitaban a beber a los investigadores extranjeros y se regocijaban de su torpeza. Escasa finura había en esas costumbres. Se acabó con todo aquello y la cafetería fue enviada a los sótanos. No más aromas impertinentes de tortilla española y pimientos fritos, viniendo a interrumpir la soledad del lector.
Se sucedieron los directores y siguieron las obras. Directores pintorescos, algunos, como la señora Rosa Regás, de un sectarismo político subido, a punto estuvo de retirar el bulto de Menéndez Pelayo del vestíbulo, por reaccionario y derechista supongo. Unos fueron gente de letras, como Jon Juaristi y otros gente de poco más o menos. Los que vinieron en los años últimos han sido lo que suele llamarse “técnicos”, que muchas veces tienen con el libro una relación digamos “contractual”, y rara vez han investigado o conocen las necesidades del usuario. El de los bibliotecarios facultativos suele ser un gremio difícil que, en muchas ocasiones, acaba creyéndose propietario de los fondos que custodia. Buenos para auxiliar, para poner al servicio de otro su competencia, pero no para dirigir y ordenar. Creo que es un error la designación de un “técnico”, como ocurre ahora, al frente de la institución. En otros países ha sido costumbre seleccionar a un personaje relevante del mundo de la cultura (Jorge Luis Borges, Le Roy Ladurie, etc.), un cargo de representación y dirección secundado por funcionarios. En España hemos optado por rebajar el nivel, rebaja acorde con el papel menor que desempeña la cultura en la tarea gubernamental.
Obras, más obras, siempre obras. Cuando no en la biblioteca, era en el museo de Arqueología, que ocupa la mitad de la manzana que da a la calle Serrano. La sección destinada a Hemeroteca, en una planta superior, ha estado también de reformas a lo largo de un par de años. Los investigadores estábamos obligados a consultar los periódicos en microfilm, en una sala improvisada, de mala manera, dejándonos los ojos y la espalda en el empeño. Hay que decir, en loor del ministerio de Cultura, que la digitalización de periódicos y revistas se ha avanzado bastante. Y ello ha evitado rozarse con los ruidos de la piqueta que han convertido la Biblioteca en un lugar hostil. Nada más terminar estas reformas, la Biblioteca padeció goteras, que se resolvieron en 2024 en la inundación de los depósitos de la planta superior. El director Óscar Arroyo quitó importancia al asunto: “Se han mojado cien libros que se secarán y volverán a su sitio”. Los empleados pudieron escuchar entonces su opinión de experto, asegurando que “el agua muchas veces consolida las fibras de papel”. Una novedad para conservadores y bibliófilos. Los libros, centenares, tuvieron que ser trasladado a un nuevo depósito externo y ahora llegan, si llegan, tarde a quienes los solicitan. Entonces, se detectó un problema grave en las bajantes cuya costosa reparación ha puesto la biblioteca bajo mínimos, con la mayoría de las secciones cerradas, fondos que no se pueden servir, clausurado el servicio de reproducción y el personal menguante. Resultado final de haber entregado la responsabilidad de la biblioteca a gente de paso, de una mediocridad apabullante, con escasos conocimientos técnicos, sin verdadero interés en los asuntos culturales.
La responsabilidad última de tanta obra, tanta molestia y tanto desastre corren a cargo de los sucesivos ministros de Cultura. Este departamento tuvo a su frente, nada más crearse por Felipe González, personajes de cierto fuste, como Javier Solana y Jorge Semprún. Pero, a continuación, de escalón en escalón, ha caído en la irrelevancia. Por la casa de las Siete Chimeneas han desfilado políticos de uno y otro signo tan pintorescos como Carmen Calvo, “referente” la nombran unos, “jurista” la dicen otros -sin obra conocida-, aficionada al heavy y al rock; personajes del cine como González Sinde: así hasta rematar la serie con Ernest Urtasun, diplomático de profesión, militante de SUMAR y uno de los exponentes de esa cultura superficial y de importación que llaman woke; un señor partidario de “descolonizar” museos a troche y moche -estimulando el sentimiento de culpa europeo- de superar, según dice, “inercias etnocéntricas”, obsesionado con combatir la tauromaquia. Ministros de ocasión, de saldo, muy rebajados en lo intelectual; gente política en su mayoría, cuya virtud principal ha sido la de pasar desapercibidos por el público. ¿Quién recuerda a Iceta, a Guirao o a Rodríguez Uribes? ¿Han dejado alguna huella, han realizado alguna fundación importante? Recordemos, de refilón, a César Antonio Molina, quien periódicamente nos recuerda su herida, lo cruel que fue el presidente Zapatero al cesarle de improviso. O Máxim Huerta, periodista o comunicador radial, que se hizo célebre por lo efímero de su mandato: apenas una semana. El hombre no pudo dar de sí todo lo que, seguramente, llevaba dentro. La relación de la mayoría de estos señores con cultura ha sido tangencial, azarosa o inexistente. Es una constante en los gobiernos españoles, desde los ayuntamientos hasta el gobierno de la nación: el más lerdo de todos siempre se queda con la concejalía o la cartera de cultura. Es también una muestra de la decadencia política de los años últimos; desde Jorge Semprún en libre caída hacia el barbado Ernest Urtasun, pensador “decolonial”.
La Biblioteca Nacional fue inaugurada como Palacio de Archivos, bibliotecas y museos en 1896. En los años últimos se ha topado con el mismo problema que los organismos similares de otros países. Sedes antiguas y venerables que se han quedado chicas. En España no tanto por el número menguante de investigadores, sino por la avalancha bibliográfica de nuestra época. La biblioteca nacional francesa, durante el mandato de François Miterrrand, se desdobló en dos edificios, el antiguo de la rue Richelieu, destinado a manuscritos y libros raros, y la nueva, espectacular y funcional sede, obra Dominique Perrault, cercana a la estación de Austerlitz. Los ministros españoles de Cultura y los gobiernos que se han sucedido deberían haber tomado la misma providencia desde hace, cuando menos, dos décadas. Elegir un espacio no muy lejano del centro de Madrid y erigir un edificio nuevo, destacado y capaz, donde estuviera centralizado buena parte del fondo moderno. Se hubieran ahorrado gastos inútiles y desplazamientos innecesarios entre Madrid y el depósito de Alcalá de Henares, un edificio que por la alejado de la capital no puede desempeñar las funciones de biblioteca auxiliar o secundaria.
La Biblioteca Nacional puede resumir, hoy en día, los defectos principales de muchas instituciones de nuestro país. Falta de previsión, inopia ministerial, mediocridad en la gestión diaria, despilfarro y un servicio que funciona bajo mínimos, bordeando en este caso el cierre. Como en muchas instituciones de España, se hace necesario un cambio radical desde la charlatanería hacia la neutralidad política, la seriedad profesional y la competencia.


