Ideas para un Proyecto llamado España (3)
¨Esta sección recoge una serie de artículos con reflexiones sobre temas relevantes que
necesitan afrontarse, y que irán escribiendo distintos autores desde una visión
profesional experta. Se trata de aportar ideas sobre cuestiones que requieren que se haga ya un debate público sobre el Proyecto que queremos que sea España, y su posición en Europa y en el mundo. Un debate serio, con rigor técnico, y respetando siempre las ideas diferentes¨.
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El año 2026 comenzó con dos hechos que pueden afectar de un modo u otro a nuestra vida cotidiana, en función de cómo evolucionen: el secuestro por fuerzas de EEUU del presidente de Venezuela, y una intensa ola de frio y nevadas en la Península y en parte del continente europeo. Y apenas unos días más tarde, escuchamos la noticia de un importante ciberataque a un gran empresa eléctrica que ha afectado a datos de millones de usuarios (a veinte millones, según afirmó en la “dark web” el hacker que lo provocó), la declaración del Presidente Trump de que no renunciará a que EEUU se apropie de Groenlandia, y el terrible accidente de trenes en una línea del AVE.
Obviamente son temas completamente diferentes, pero todos tienen en común un elemento. Las sociedades en las que vivimos, por diversos motivos, se están volviendo cada vez más vulnerables a amenazas causadas por factores en gran medida externos, aumentando la frecuencia con la que éstas se materializan. Es más, muchas amenazas que antes se tenían en cuenta están cambiando, y a su vez otras nuevas están surgiendo. Y nos estamos refiriendo no sólo a posibles conflictos geopolíticos y bélicos, sino también a catástrofes naturales, como danas, grandes incendios, riadas, erupciones volcánicas, sequías, pandemias, fallos tecnológicos como un apagón eléctrico o fallos en la mejor red ferroviaria, o ciberataques a infraestructuras críticas.
En concreto, hoy día podemos hablar de cinco tipos de posibles potenciales desastres que, con mayor o menor probabilidad, pueden producirse, y que de ser así pueden tener un efecto grave sobre la vida de ciudadanos que habitan en las zonas más directamente afectadas, y sobre las empresas y la actividad económica. Estos son:
- Desastres naturales. Que pueden ser :
- Geofísicos, como terremotos, erupciones volcánicas, etc…Hidrológicos, como inundaciones, avalanchas, tsunamis…Metereológicos, como tormentas, ciclones…
- Climatólógicos, como sequías, heladas, grandes incendios…
- Desastres biológicos como pandemias o plagas.
- Desastres provocadas por un fallo humano o un fallo técnico.
- Ciberataques provocados por intereses puramente económicos, o por intereses políticos.
- Desastres directamente provocados por conflictos bélicos.
Les guste o no a los responsables políticos de las diferentes zonas o territorios, el hecho objetivo es que los riesgos de que estas amenazas se materialicen son cada vez más elevados. ¿Quién hubiera pensado, hace siete años, que íbamos a vivir la pandemia de COVID? ¿…o el contagio de explotaciones ganaderas por jabalíes salvajes enfermos? ¿… o la dana que asoló la región de Valencia? ¿ … o la tormenta Filomena en Madrid ? … el cierre del aeropuerto de Bruselas por un ciberataque, el apagón eléctrico en abril, el brutal accidente ferroviario en la línea del AVE, o las afirmaciones de Trump sobre Groenlandia, la cercana guerra en Ukrania o el horror que viven en Gaza y su pretendido plan de reconstrucción.
La preocupación de que el mundo que hemos construido es muy vulnerable es cada vez más asumida. El World Economic Forum, en su último análisis anual de riesgos de 2026, publicado hace unos días, que recoge la visión de 1300 expertos y líderes de 110 países del mundo, entre funcionarios y altos cargos, dirigentes de empresas, y académicos, hace unas afirmaciones clarísimas en este sentido. A corto plazo, los riesgos más elevados se asocian a la confrontación geoeconómica, la desinformación y la polarización, lógico si vemos que pasa en el panorama internacional. Pero a medio plazo, a 10 años, el primer puesto en la lista de riesgos se asocia a los fenómenos climáticos extremos, y a continuación, a la pérdida de biodiversidad, y el cambio crítico de los ecosistemas. Los ciberataques aparecen poco después en la lista de principales preocupaciones.
Una apreciación similar es la que se recogía en el Informe sobre las principales amenazas debatido en el Foro Internacional de Seguridad de Halifax, en su edición de 2024, cuando se afirmaba que los incendios, las inundaciones y las olas de calor se han convertido en la norma y, por lo tanto, la proporción de personas que piensan que un desastre natural importante en su país es una amenaza se sitúa en el 69% en 2024 frente al 58% en 2015.
Esta nueva realidad, a la que no se le debe dar la espalda o ignorar, exige que el conjunto de la sociedad y, sobre todo, sus responsables políticos, asumamos una conciencia clara de la mayor vulnerabilidad que tienen nuestras sociedades, y de los riesgos de posibles catástrofes que podemos vivir en España. Como indica la OCDE en su “Informe Marco para la gestión de riesgos críticos emergentes”, el futuro es incierto, pero los Gobiernos pueden dar pasos para comprender estos riesgos, anticiparlos y abordarlos tomando medidas antes de que ocurran.
Para ello es necesario, en primer lugar, hacer un análisis técnico riguroso de las posibles causas de estos desastres y de los factores que pueden agravar sus impactos, y en segundo lugar, en función de ello y del riesgo real de que las amenazas puedan hacerse efectivas en nuestro territorio, adoptar las medidas adecuadas para reducir al máximo esos riesgos.
En cuanto a las causas que provocan o hacen más recurrentes e intensos los diferentes tipos de desastres, hay que decir que son muy variadas. Así, en el caso de los desastres naturales, y como sostienen la mayoría de expertos científicos, el calentamiento global y el cambio climático están generando más evaporación y más humedad en algunas zonas de la atmósfera lo que lleva a que haya, cada vez más, zonas con intensas sequías y otras con fuertes lluvias. De hecho, es previsible que el fenómeno de las danas vaya repitiéndose a lo largo y ancho de toda la Península ibérica, lo mismo que la intensidad y frecuencia de los grandes incendios. Al menos a esa conclusión llegan los expertos, entre otros, Angél Ribera, metereólogo y responsable de predicción de la AEMET durante muchos años, que inventó el término dana, más explícito que el antiguo de “gota fría”. En un libro publicado recientemente así lo explica.
En cuanto a las pandemias o plagas, en un mundo tan globalizado, es obvio que irán también en aumento, siendo clave el seguimiento, la protección, y la coordinación internacional.
Otro tema es el de los fallos técnicos, accidentales, que se pueden reducir con una adecuada prevención. Más difícil es el problema de los ciberataques, al tratarse de una actividad muy lucrativa del crimen organizado, o un arma de terrorismo. Sin duda, seguirán claramente en aumento, lo que exige un buen sistema de prevención, detección y gestión contra estos.
Por último, está el tema de los riesgos bélicos o de incidentes internacionales, cuya detección y análisis exigen una buena política de Seguridad Nacional que los evalúe y actúe en consecuencia.
Ante esta compleja realidad surge la pregunta de si en España somos suficientemente conscientes y estamos bien preparados ante estas situaciones de emergencia.
Afortunadamente, y en términos generales, en España existe un marco institucional muy articulado y eficiente con el soporte de equipos muy profesionalizados, para la gestión de los diferentes tipos de crisis. Desde que en 1986 se creara la Comisión Delegada del Gobierno para Situaciones de crisis, más conocida como “Comité de crisis” que incluía entre sus funciones la gestión de los posibles desastres o catástrofes, la evolución y mejora ha sido continua. Así hoy día la gestión operativa descansa en tres ejes:
- En materia de catástrofes y emergencias naturales, la responsabilidad recae en el Sistema Nacional de Protección Civil, con un centro estratégico y de gestión, el Centro Nacional de Seguimiento y Coordinación de Emergencias o CENEM, que coordina la información y alertas con los diferentes centros de gestión autonómicos, así como los centros internacionales; gestiona la Red Nacional de Información sobre Protección Civil y la Red de Alerta Nacional de Protección Civil y la Red de comunicaciones y emergencias de la Dirección General de Protección Civil y Emergencias. Activa la Unidad Militar de Emergencias, UME, a partir de la solicitud que hagan las autoridades competentes.
- En materia de crisis biológicas y de salud, siguiendo la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 que considera las epidemias y las pandemias como un desafío a la seguridad nacional, el Ministerio de Sanidad es quien coordina las acciones entre la Administración General del Estado y las Administraciones autonómicas, y con la OMS o en el seno de la UE, el Centro Europeo para la Prevención y el Control de las enfermedades.
- En materia de ciberseguridad, la responsabilidad recae en el Consejo de Seguridad Nacional como Comisión Delegada del Gobierno para estos temas, y los centros operativos responsables, en concreto el CCN CERT para el sector Público, el CNPIC CCC para las Infraestructuras Críticas, y el INCIBE para empresas y ciudadanos.
- En materia de incidentes bélicos, la responsabilidad es del Departamento de Seguridad Nacional y el Ministerio de Defensa. Mención especial merece la Unidad Militar de Emergencias, UME, y su activo papel al servicio de protección civil, como se ha destacado.
El esquema pues es muy completo. Sin embargo, en la práctica se dan a veces algunas incoherencias. Basta recordar el hecho de que durante la pandemia de COVID alguna Comunidad Autónoma no quisiera aportar datos los fines de semana, o las disquisiciones sobre de quién es la competencia o la responsabilidad de determinadas actuaciones con motivo de la dana de Valencia, o las quejas por no haber tomado medidas adecuadas en su momento para reducir los riesgos.
La reflexión que surge es evidente. En un mundo como el que vivimos, y en un país que, quieran o no quieran los dirigentes políticos, va a tener que enfrentarse en los próximos años a muchos desastres como los comentados, de distinta naturaleza y origen, habría que poner sobre la mesa la afirmación que hacía Alvaro Frutos en un artículo en esta misma Revista hace unos meses, al referirse a los terribles incendios que han asolado España: “… la frivolidad y el cortoplacismo con el que la clase política española, tanto de derecha como de izquierda, aborda esta crisis, constituye en sí mismo un factor de riesgo adicional y una grave negligencia para con la seguridad de los ciudadanos”…..“ mientras los líderes políticos sigan abordando esta crisis desde el cortoplacismo, la simplificación y la búsqueda del rédito partidista inmediato, estarán fallando de manera flagrante a su deber de proteger a la ciudadanía”. Un ejemplo que se ajusta a esta afirmación es el hecho inaudito de ver cómo en momentos de catástrofes, en lugar de primar la transparencia y la información veraz y contrastada, hay quien comunica, por distintos medios y con fines partidistas, verdades a medias o mentiras sobre causas, efectos, o aspectos de la gestión que se lleva a cabo. Este tipo de desinformación contribuye a erosionar la credibilidad de las instituciones.
En definitiva, y ante el panorama que tenemos por delante, esto es, la certeza de que en los próximos meses y años se irán produciendo desastres de distinta naturaleza, como los mencionados al comienzo de este artículo, se requiere un consenso entre las diferentes fuerzas políticas con una visión de Estado y no de partidismo político. El Acuerdo de una estrategia consensuada a partir de un análisis riguroso de las diferentes amenazas y sus riesgos, y el modo de prevenir y hacer frente a los diferentes tipos de desastres, tanto naturales como biológicos, tecnológicos o de ciberataques. No hay que esperar a que surjan asociaciones de víctimas o damnificados, tras producirse una catástrofe, y que sean ellos los que reclamen qué se debería haber hecho, y por qué un anterior Gobierno u otro no lo hizo. Es un espectáculo bochornoso que tras una tragedia como el accidente en la línea del AVE, en lugar de centrar todos la atención en detectar el origen y causas de los fallos, para que no se vuelva a repetir y la exigencia de responsabilidades en su caso, se utilicen estos fallos como arma arrojadiza para el enfrentamiento partidista, generando más rechazo y desconfianza en las instituciones.
Es una responsabilidad de todos. Y la sociedad civil, y en concreto, las Asociaciones empresariales, las compañías aseguradoras, y otras instituciones y Fundaciones, deberían presionar ante los responsables políticos para que se abriera ese diálogo que condujera a un consenso claro, manifestado públicamente, sobre cómo hacer frente a estos problemas, antes de que se produzcan y durante su gestión, lo que evitaría costes y males futuros.
Ese mensaje de consenso tendría además un efecto muy positivo para conseguir una mayor conciencia y sensibilización en la ciudadanía en relación con estos temas, cuestión que debería reforzarse con campañas básicas en medios de comunicación y colegios sobre la creciente vulnerabilidad en nuestras sociedades, y cómo actuar ante los desastres.
Por Fernando Ballestero.


