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lunes 21 septiembre, 2026

¡Españoles, a Marruecos!

Hay frases que sobreviven a las guerras porque las guerras, en realidad, nunca terminan del todo. Cambian de uniforme, de frontera, de vocabulario. Lo que ayer fue un grito de combate puede convertirse mañana en una pregunta incómoda.

En 1859, durante el reinado de Isabel II, España entró en guerra con  Marruecos después de una escalada de ataques y disputas fronterizas en torno a Ceuta. El Gobierno de Leopoldo O’Donnell movilizó un ejército expedicionario de decenas de miles de hombres y la guerra despertó un formidable entusiasmo patriótico en España. La prensa, la pintura, la literatura y la propaganda contribuyeron a construir aquella guerra como una empresa nacional.

«¡Españoles, a Marruecos!»

La frase pertenece a aquella España que miraba hacia el sur con una mezcla de temor, fascinación, orgullo imperial y memoria histórica. Una España que todavía buscaba en África un escenario donde reconstruir una grandeza que comenzaba a perderse en otros lugares.

Hoy, 167 años después, quizá haya llegado el momento de invertir la frase.

¡Marroquíes, a España!

No como una llamada a la invasión. No como una consigna. Ni siquiera como una provocación política. Como una constatación histórica.

Porque una parte considerable de la España contemporánea se ha construido también en relación con Marruecos.

Y aquí empieza la parte de la historia que algunos prefieren contar con una sola mano.

De la guerra al protectorado, y del protectorado a la memoria

La guerra de 1859-1860 terminó con el Tratado de Wad-Ras. España obtuvo importantes ventajas territoriales y económicas y consolidó su posición alrededor de Ceuta y Melilla, aquella fue una guerra de grandes victorias militares y resultados diplomáticos más limitados de lo que el esfuerzo bélico podría hacer pensar.

Pero aquello no fue el final; fue apenas uno de los primeros capítulos de una larga relación en la que guerra, protectorado, comercio, emigración, cooperación y conflicto acabarían mezclándose hasta formar un nudo difícil de desatar.

Después vendrían las campañas del Rif, Annual, el Protectorado español, la presencia militar española en el norte de Marruecos y, finalmente, una de las páginas más delicadas de la historia española del siglo XX, el papel de las tropas marroquíes reclutadas por el ejército franquista durante la Guerra Civil.

Es imposible escribir la historia de la España contemporánea sin escribir, de una manera u otra, algunas páginas de Marruecos.

Los dos países han vivido demasiado cerca como para poder permitirse el lujo de ignorarse.

El “moro” que servía para ganar guerras, es el marroquí que después servía para ganar elecciones

Aquí aparece una de las grandes paradojas. Durante décadas, Marruecos fue para determinadas corrientes del nacionalismo español un territorio de aventura, sacrificio, prestigio militar y afirmación nacional. El «moro» podía ser simultáneamente enemigo, objeto colonial, adversario militar, personaje exótico y recluta en guerras ajenas..

Pero cuando terminó el colonialismo, aquel otro dejó de estar al otro lado del Mediterráneo.

Llegó a las fábricas, a los campos, a las obras, a los barrios, a las universidades, a los hospitales, a los comercios..

Y quizá ahí empezó una segunda batalla mucho más complicada, la batalla contra la memoria.

Porque resulta relativamente sencillo fabricar un enemigo cuando vive detrás de una frontera. Es mucho más difícil hacerlo cuando trabaja contigo, cuando sus hijos estudian con los tuyos, cuando compra en tu tienda, cuando vive en tu edificio o cuando tu economía necesita de su trabajo.

Por eso Ceuta resulta tan simbólica, Ceuta no es solamente una frontera.

Es una frontera donde la historia se mira diariamente en el espejo.

¿Qué significa Marruecos para la España de hoy?

Esta pregunta debería hacerse antes de cualquier consigna.

¿Qué significó Marruecos para la España imperial?

¿Qué significó para la España de la Restauración?

¿Qué significó para el ejército que después protagonizaría una parte decisiva de la historia del siglo XX?

¿Qué significó para Franco?

¿Qué significó para la emigración española?

¿Qué significa hoy para la economía española, para la seguridad, para la energía, para el comercio, para la pesca, para la migración y para la cooperación antiterrorista?

Y sobre todo, ¿qué significa Marruecos para la propia idea que España tiene de sí misma?

No hay una respuesta sencilla.

Marruecos ha sido adversario, colonia, vecino, socio, frontera, mercado, origen de inmigración, interlocutor diplomático y escenario de guerras que ayudaron a configurar la propia identidad militar española.

Es demasiado para reducirlo a la palabra «enemigo».

Y también sería ingenuo reducirlo a la palabra «amigo».

Las relaciones internacionales no funcionan como una tertulia sentimental. Funcionan a través de intereses, memoria, poder, seguridad, economía y negociación.

Por eso resulta tan peligroso convertir una relación históricamente compleja en una película de buenos y malos.

¿Lo saben Abascal, Feijóo y los cachorros de la extrema derecha?

La pregunta no es si deben defender Ceuta, naturalmente que pueden defenderla.

La pregunta es qué historia utilizan para explicar aquello que están defendiendo.

Santiago Abascal ha definido la crisis de Ceuta como una «invasión» y un «acto de guerra» promovido por Marruecos. Posteriormente llegó a reclamar incluso la ruptura del tratado de amistad con el país vecino.

Alberto Núñez Feijóo, por su parte, ha afirmado que la operación «salió de Marruecos» y fue consentida por las autoridades marroquíes, mientras reclama explicaciones al Gobierno español.

Son posiciones políticas legítimas dentro del debate español.

Pero una cosa es exigir seguridad y otra muy diferente convertir una relación histórica en una permanente dramaturgia de guerra.

Porque si cada crisis migratoria se convierte en una batalla histórica, cada marroquí puede terminar convertido simbólicamente en soldado de la quinta columna..

Es cuando la política deja de explicar la realidad para empezar a fabricarla.

Pero tampoco Marruecos puede escapar de su propia historia

Hay aquí otra pregunta incómoda, quizá más difícil todavía. ¿qué responsabilidad corresponde a Marruecos en la construcción de esta relación atormentada con España?

La respuesta exige apartarse de cualquier relato complaciente. Marruecos no ha sido únicamente objeto de decisiones españolas ni víctima pasiva de una historia escrita al otro lado del Estrecho. También ha tomado decisiones, ha cometido errores y, en determinados momentos, ha utilizado recursos políticos que han contribuido a alimentar la desconfianza mutua.

La historia compartida contiene episodios que no pueden ser borrados porque resulten incómodos. Uno de ellos es la participación de miles de marroquíes en las filas del Ejército de África durante la Guerra Civil española. Las tropas procedentes del Protectorado participaron junto a Franco en las operaciones militares y quedaron asociadas a algunos de los episodios más violentos de aquella guerra. La historiografía contemporánea ha estudiado esa participación con mayor complejidad, alejándose tanto de la idealización como de la vieja imagen colonial del «moro» presentado como un ser naturalmente brutal. Muchos de aquellos soldados eran hombres reclutados en un territorio sometido al Protectorado, sometidos a una estructura militar y política que no puede reducirse a una supuesta inclinación innata hacia la violencia.

La dificultad aparece cuando esa memoria no se transforma en una reflexión sobre el presente. Marruecos ha tenido también problemas para reconstruir una relación estable con España desde una lógica que vaya más allá de la negociación coyuntural, de la presión fronteriza o de la utilización de determinados asuntos como instrumentos diplomáticos

Pero hay algo todavía más profundo. Una relación de vecindad duradera necesita también una revisión crítica de los propios déficits. Marruecos no puede reclamar a España que revise sus prejuicios históricos y, al mismo tiempo, negarse a revisar los propios .

Pero hay una diferencia fundamental entre responsabilidad política y culpa colectiva.

No existe un «marroquí histórico» responsable de todo lo que haya hecho Marruecos.

Del mismo modo que no existe un «español histórico» responsable de todo lo que haya hecho España.

Los Estados tienen memoria, los pueblos también.. Pero los ciudadanos no deberían ser condenados a heredar indefinidamente las guerras de sus antepasados.

Quizá por eso la verdadera frase del siglo XXI no debería ser «¡españoles, a Marruecos!», ni tampoco su inversión provocadora.

Quizá debería ser otra más sensata:

«Españoles y marroquíes, aprendamos a vivir con nuestra propia historia.»

La historia no desaparece cuando dejamos de contarla, se convierte en fantasma, y los fantasmas son especialmente peligrosos cuando entran en campaña electoral.

Por eso la pregunta no es quién ganó aquella guerra.

La pregunta verdaderamente contemporánea es:

¿seremos capaces de dejar de hacer la guerra con la memoria?

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