Los acontecimientos internacionales referentes a Sudán, Irán, Israel-Gaza, Ucrania, Venezuela, Groenlandia, producen una sensación que alterna el asombro con el estupor, la impaciencia y la ausencia de sentimientos, incluyendo la pérdida de la ingenuidad, cualidad esta que debe tener todo ciudadano creyente en la democracia, pues la incredulidad en las leyes democráticas solo genera animadversión, comportamientos incívicos y caos.
Desde la terminación de la Primera Guerra Mundial parecería que las enseñanzas de los clásicos estaban vigentes en las relaciones internacionales y entre ellas aquella que señala que ningún país debe ingerirse, con la fuerza en la Constitución o en el gobierno de otro (Kant, Por la paz perpetua,1795).
El pensamiento occidental se ha empeñado en crear instituciones basadas en reglas aceptadas tras largas discusiones de forma universal, así como crear organismos internacionales en los que participan todos los países del mundo. El conjunto de organismos relacionados con la Organización de las Naciones Unidas , incluyendo las de carácter humanitario, son una prueba de la colaboración mundial para la pervivencia de la paz que, no obstante, permanece con guerras, aunque de carácter más o menos local.
Pero resulta que cuando los intereses de las grandes potencias no coinciden, la solución a los conflictos no utiliza el carril de las Naciones Unidas, sino el uso directo de la fuerza o la imposición de medidas económicas como los aranceles, transgrediendo los pactos adoptados de forma unánime pocos años antes en la Organización Mundial de Comercio.

Desde la Segunda Guerra Mundial, la existencia del derecho de veto ha impedido solucionar importantes conflictos, el más importante el de Israel-Palestina, pero en otros se ha logrado la paz , al ponerse de acuerdo los países más poderosos, en ocasiones con intervención de las Naciones Unidas.
Sin embargo, 2026 parece inaugurar una nueva época que ya tuvo su antecedente en la guerra entre Rusia y Ucrania, en la que la actuación de Naciones Unidas, a pesar de la buena voluntad del secretario general cuyo mandato pronto termina, Joao Guterres, ha sido mínima. El liderazgo de Estados Unidos en este conflicto que podría ser calificado de intermitente, no logra su terminación, para desesperación del pueblo ucraniano y a pesar de las continuas reuniones de apoyo de los lideres europeos.
Los actuales acontecimientos de Venezuela parecen augurar que será la continuación de actuaciones individuales, donde los Estados poderosos hacen valer sus intereses utilizando incluso el poder de las armas, infinitamente superiores a las de los países agredidos. Por encima de todo, Venezuela necesita que la comunidad internacional deje de limitarse a palabras vacías con respecto a los derechos humanos y defienda la Carta de la ONU y el derecho internacional. De lo contrario, las consecuencias serán terribles en todo el mundo, ha declarado Volker Türk, alto comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos.
La discusión y el debate no están en la defensa o animadversión del régimen del país agredido sino en la agresión misma , determinada no por un órgano multilateral sino por otro país. La actuación del actual presidente norteamericano parece cambiar las reglas del juego de las relaciones internacionales puesto que se convierte en puro unilateralismo, uso de la fuerza e intimidación de los más débiles. Contrasta con el apaciguamiento y respeto que muestra hacia los fuertes como Vladimir Putin y Xi Jinping, a los que ha cargado de razones respecto de Ucrania y de Taiwán (Luigi Ferrajoli, 2026).
Este hecho, ha supuesto el derrocamiento de Maduro y su posterior traslado a un tribunal de Nueva York, que conmociona estos días al mundo, parece ser la antesala del no resuelto conflicto de Ucrania, y de la presión ejercida por Estados Unidos sobre Groenlandia, parte integrante del reino de Dinamarca y con anterioridad a 1814 de Noruega. La presión es particularmente insólita, pues Dinamarca pertenece a la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) y en su suelo existe una importante base norteamericana. El asombro es general, como han declarado algunos líderes europeos : “No puedo imaginar una situación en la que los Estados Unidos de América se vean en la posición de violar la soberanía danesa” (E Macron, 2026).
Allí se juegan numerosos intereses, no sólo por su inmensa extensión territorial, que puede esconder bajo su capa de hielo mineral, tierras raras y petróleo, sino porque parece que el calentamiento del planeta está permitiendo el paso de barcos cerca del polo Norte, inaugurando rutas marítimas más rápidas y económicas entre Oriente y Occidente.
La pervivencia y utilidad de los organismos internacionales dotados de medios y efectividad constituye una garantía de un mundo en paz. Las grandes potencias que aprendieron la necesidad de los pactos multilaterales en los años de las guerras mundiales harían bien en recuperar los principios del multilateralismo que han permitido en los últimos ochenta años el progreso universal a pesar de los conflictos locales. Sin los organismos internacionales no hay reglas.
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