lunes 15 junio, 2026

Los diarios de Rafael Cansinos Assens

 Se publica ahora la tercera entrega de los diarios de Rafael Cansinos Assens (1882-1964) correspondiente a la posguerra madrileña. El de ahora fue escrito entre 1945 y 1946. Nos hacen recordar sus diarios anteriores, con el título de La novela de un literato, publicados por Alianza Editorial, que abarcan el periodo anterior a la guerra civil; unos diarios que tanta impresión hicieron entre los lectores y la crítica española y que llegaron a inspirar alguna novela sobre la bohemia negra, la desastrada vida de aquellos personajes de la lumpen inteligencia de la villa y corte. Personajes como Emilio Carrere, el más literato entre los bohemios, que tenía su cuartel general en el café Varela (todavía existe, pero ni sombra de lo que fue, sin los frescos que pintó Bagaría). Eugenio Noel, el militante antiflamenquista, el hombre al que engordaban las privaciones, enemigo feroz de la lidia que no perdía corrida, enamorado en secreto del arte de torear. Pedro Luis de Gálvez, un hombre terrible, entre el hampa y la literatura. Vidal y Planas que, después de un éxito de público con su Santa Isabel de Ceres (Santa Isabel, calle de prostitutas), acabó disparando sobre Luis Antón del Olmet, otro ejemplar de la “cofradía de la pirueta” (Carrere dixit), “monstruos” y “frotaesquinas” los llamaba González Ruano. Personaje interesantísimo este Olmet: sablista profesional, adherido como una lapa al fondo de reptiles de Gobernación, no mal escritor y periodista aunque venal, diputado en los momentos de gloria. Vidal y Planas fue absuelto del delito flagrante de asesinato porque los jueces interpretaron que fue  provocado por un motivo que tocaba a su honor, el suyo y el de su coima, y el honor era materia muy estimada en aquella España todavía calderoniana.

   La bohemia del tiempo se codeaba en ocasiones con la alta literatura. La escritura era un modo de vivir que no daba para vivir, como decía Larra, y obligaba casi a hacer vida de café, la época dorada de ese género de establecimientos. Entre los aludidos en los diarios de Cansinos figuran, de manera destacada, Ramón Gómez de la Serna o el otro Ramón, Valle Inclán, muy poco apreciado por Cansinos, hombre en ocasiones de desconcertantes gustos literarios y extravagantes amistades.  Por aparecer, en sus diarios prebélicos aparece hasta Juan Ramón Jiménez, que era el escritor más anti bohemio de todos los escritores.

   Cansinos no suele dejar títere con cabeza. Los escritores del 98 son rebeldes, si, pero por su cuenta. Utilizan el cómodo rótulo de anarquistas y se las dan de superhombres pero, en el fondo, nada. Julio Camba fue anarquista furioso en su juventud y enemigo acérrimo del burgués, condición que envidiaba en el fondo porque era amigo de las mujeres finas y del bistec bien hecho, y no paró hasta convertirse en uno de ellos. Y Ruano, ¡ah!, González Ruano, hombre inteligente y hasta demasiado inteligente, es el depositario de todos los vicios. Todos tienen para Cansinos alguna tara, física, moral o literaria. A veces prodiga elogios públicos a sus colegas de letras que desmiente en sus apuntes privados. ¿De quién habla bien este hombre?

   Cansinos dedicó mucho tiempo a escribir y convivir con estos monstruos o “frotaesquinas”, desde sus inicios como literato, en la época del ultraísmo, cuando se reunían en un café de nombre absurdo, un ismo que mezclaba otros ismos: del creacionismo de Huidobro al futurismo de Marinetti. Cansinos era un hombre de variadas facetas: traductor incansable, crítico, poeta y narrador. Todavía estaba por explorar su afición al diario íntimo. Entonces era un iconoclasta de salón. Aconsejaba a los jóvenes: “El estado de poesía es un estado de locura”. Y escribía con letras gordas en una de sus revistillas, Grecia, Ultra:

LOS ULTRAISTAS ESTAMOS DESVIRGANDO EL HIMEN DEL FUTURO

   Llevaba una vida monótona de crítico literario, de escribidor metódico de artículos larguísimos que publicaba en La correspondencia de España, primero, y en La Libertad hasta la guerra civil.  El personaje era mucho más morigerado que el crítico, de una timidez patológica, con una sensualidad que reprimía a conciencia. Conservó, incluso en la posguerra, el hábito del trasnoche. Y no es raro que se describa, en el Madrid a oscuras por las restricciones de luz (y de agua, de aceite, de carne, de todo), volviendo a su casa a las tantas, rodeando un fantasmal parque del Retiro, a cuya vera vivía. Cansinos fue una especie de Amiel español, polígloto y malgeniado, erudito y solterón. Su figura destartalada, de un metro noventa, el rostro caballuno y triste, fue descrita en varias ocasiones por su discípulo Ruano en tonos poco favorables, por ejemplo e las Semblanzas de escritores contemporáneos (1949):

“Su altivez estaba formada en una especie de estética enfermiza del fracaso, y físicamente iba por las calles como un gallo desplumado, haciendo de mártir oficial de la literatura española”.

   Sus diarios de ahora están algo alejados de aquel ambiente literario. Aparecen personajes, casi todos, que hoy resultan desconocidos: cómicos, dramaturgos de segunda fila, poetas sin obra, mucha gente represaliada, algún falangista incluso. Quien más, quién menos hace su faena de estraperlista, como vendedor o comprador, la única manera de conseguir buen pan o aceite o allegar unas tristes pesetas. El ambiente es sórdido, miserable; un ambiente que contrasta con la retórica ridícula y altisonante de los vencedores. Cansinos sigue con su modo de vida noctámbula, cafeteril y bohemia. Pero la bohemia ya no es lo que era. La guerra civil y la eterna posguerra habían implantado una disciplina forzosa. En los años cuarenta era imposible el poder subsistir sin tener dinero. El bohemio que se atrincheraba en la redacción de un periódico vivía de lo que le daban y dormía en un diván o a base de cabezadas en cafés que no cerraban por la noche, eso se había terminado. Ahora, entre el año 45 y 46, Cansinos nos habla de las andanzas de un bohemio, Antonio Cubero, al que ya describió en otra época como “un joven cordobés de cara lobuna y (que) escribe cosas que nadie lee”; un abogado sin pleitos, al que quisieron casar con una chica a la que embarazó:

_¡Cipote! _ tal es a exclamación habitual de Cubero_ Me querían pescar…; cualquiera me pesca a mí.

    En la posguerra el tal Cubero mantenía una especie de tertulia subterránea en el Metro. También aparece otro desharrapado que pontifica en las esquinas sobre la virtud y el vicio, rodeado de gente embobada, “es un intelectual”, dicen, hasta que aparece la policía y disuelve el auditorio.

     El interés de estos diarios últimos, descontando lo bien escritos que están, creo que reside en la descripción de la terrible posguerra. Escaseces de todo género, de luz, de combustible, de agua, de comida, de «suministro». Cansinos emplea el verbo “estraperlear”. Multitud de gente lela, coja, manca o ciega, la frecuencia de muertes y enfermedades; cucarachas por doquier, vidas tronchadas por la guerra, sensación de vivir en una jaula, personas que entran y salen de la cárcel, noticias de fusilamientos. Los tranvías se paran en medio de la calle, los ascensores no funcional. El frío es terrible. Mucha gente padece de sabañones. La prensa parece cortada por el mismo patrón; siempre hay que leer entre líneas. Los bulos más grotescos llenan el vacío que dejan las noticias. Para los que se dedican -todavía- a la profesión literaria, la censura es agobiante. Merece la pena leer estas cosas, para que no nos salga al paso un individuo cualquiera exaltando aquellos años numerados uno tras otro uno como años de la Victoria.

    El personaje de Cansinos es harto singular. Se trata de un tímido contumaz, un hombre triste, tristísimo, políglota, capaz de escribir y hablar en árabe, que siempre ha tenido una relación de quiero y no me atrevo con las mujeres. A veces parece un pobre hombre, muy inteligente desde luego, cultísimo, excelente y prolífico escritor, pero cuitado, por decirlo con suavidad. Vive en esta posguerra de traducciones, de Dostoievski, de Goethe, El Corán, las Mil y una noches, etc.; se publican los libros en Aguilar, esos libros encuadernados en piel, soberbios. Es Cansinos un represaliado, sometido a expediente de depuración, lo uno por reivindicar el judaísmo de sus ancestros, un judaísmo más o menos imaginario; lo otro -que se ahorra de citar- por haber dado muestras en sus artículos publicados en La Libertad, de un anticlericalismo furibundo. Si, el tímido se desató en los años republicanos, jaleando la quema de conventos. ¿Sería un “odium religionis? Cansinos Assens es hombre de izquierdas, de manera forzosamente apagada en la posguerra pero, de vez en cuando, salta la chispa:

“Día del prelado. A cada uno le llega su día” (18 junio 1946)

Otra cosa que conviene aludir, para advertencia del lector, algo que resulta penoso citar, es la edición de estos diarios, la manera en que su único hijo, Rafael Cansinos Galán, administra estas joyitas literarias en la casa editorial ARCA -anagrama familiar-. Las publica con cuentagotas, espaciándolas, se supone, para rodear su aparición de cierto sensacionalismo y sostener las ventas. Las edita con unas notas singularísimas de su cosecha, en que nos cuenta varias cosas, la marcha de la guerra, “lo que no sabe RCA”, “lo que desconoce el público”. Narra al pormenor la persecución de los judíos europeos, que nada tiene que ver con el texto paterno. Hace gala de una cultura wiquipédica notable; notas y más notas, a veces de una página entera, que resultan impertinentes o innecesarias, y distraen al lector. El hijo anuncia nuevas entregas de estos curiosos diarios -los de la guerra civil, escritos en una suerte de idiolecto difícil de descifrar-; unos diarios que, ojalá fueran editadas por algún profesional sensato, alejado de filias o fobias familiares.

  • Gaziel
    Francisco Fuster, joven profesor de la Universidad de Valencia, acude puntual a su cita editorial con su libro Insobornables. Vida de Gaziel (Galaxia Gutenberg). Aludo a su puntualidad porque ha acostumbrado a sus lectores a
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