En la despedida de 2025
Abdelhamid Beyuki
Estamos en el umbral de un tiempo. Miramos a 2025 como se mira un rostro querido que se aleja despacio, lo saludamos con la mano sin saber si la despedida está a la altura de lo que nos dio, o de lo que nos arrebató. Un año que se va con pasos pesados, arrastrando tras de sí las sombras de días en los que reímos hasta el agotamiento y lloramos hasta quedarnos en silencio.
Decimos adiós a un año en el que se fueron seres queridos y amados. Seres que habitaron en nosotros como habitan las canciones en la memoria. Rostros que partieron, pero dejaron huellas, una palabra dicha en el momento justo, una mano tendida cuando la caída parecía inevitable, una presencia capaz de ordenar el caos de nuestras almas. Y, en la otra orilla del relato, llegaron nuevos rostros al mundo, nacimientos que parecían promesas, ojos que se abrieron por primera vez a este mundo cansado, como si la vida, pese a todo, siguiera diciendo: “Aquí estoy”.
2025 no fue un año liviano. Acumulamos en él decepciones pequeñas y grandes, victorias tímidas, sueños aplazados y otros que consumimos hasta el último resto de entusiasmo. Nos regaló muchas preguntas y nos quitó parte de nuestras certezas. Fue un ir y venir de emociones, alegrías incompletas, tristezas sin explicación, calma provisional, y una inquietud prolongada. Aprendimos que los corazones no envejecen de golpe, sino a plazos.
En el centro de este mundo, Palestina sangró durante todo el año, y Gaza fue una herida abierta en la conciencia de la humanidad. Un dolor que nos aprieta el pecho cada vez que vemos a un niño buscando una seguridad inexistente, o a una madre reuniendo a sus hijos entre los escombros. La pregunta creció dentro de nosotros: ¿cómo puede el mundo acostumbrarse a este dolor? ¿Cómo celebrar la llegada de un nuevo año cuando algo en nosotros está roto en esa tierra que nos enseña al mismo tiempo vivir, nos enseña el significado de la resistencia y el de la traición?
Cruzamos de un año a otro no con la ligereza del que pasa de largo, sino con el peso de quien carga el mundo sobre los hombros. Cruzamos mientras los mapas arden, las ciudades se convierten en cifras en los telediarios, y las guerras dejan de ser excepción para convertirse en rutina. Cruzamos mientras el racismo se quita las máscaras y avanza con una seguridad aterradora, dividiendo a las personas por color, lengua o religión, como si la humanidad fuera un privilegio, y no un derecho compartido. El odio ya no susurra, se proclama, se legisla, se normaliza a costa de los más débiles.
Pasamos de un año a otro viendo cómo las reglas que aprendimos se rompen una tras otra, sin maquillaje ni coartadas morales. La justicia se aplaza, la verdad se deforma, y a las víctimas se les pregunta por su culpa en lugar de preguntar al verdugo por su crimen. El mundo parece entrenarse para perder la sensibilidad, para acostumbrarse a la barbarie, para contemplar la devastación sin parpadear. Y nosotros, en medio, intentamos conservar algo de nuestra humanidad, como quien protege una vela del viento por miedo a que se apague para siempre.
El mundo cambia a una velocidad que nos descoloca. Mapas que se redibujan, valores que tiemblan, certezas antiguas que se agrietan, y un futuro cuyo rostro desconocemos. Avanzamos tratando de mantener un equilibrio frágil, buscando sentido en medio del ruido y humanidad en una carrera desenfrenada hacia todo… excepto hacia la calma y la paz.
En los rincones del corazón, el amor también tuvo su lugar. Un amor que se fue dejando cicatrices hermosas, cicatrices que duelen a veces, pero que nos recuerdan que estuvimos vivos. Y otro amor que asoma desde lejos, sin rasgos aún definidos, al que dejamos la puerta entreabierta porque pese a todas las pérdidas, seguimos creyendo que lo que viene puede ser más amable, más justo.
Llega 2026, no como un milagro, sino como una posibilidad. La recibimos con cautela y con una gran dosis de esperanza. La recibimos —quizá— menos ingenuos y más conscientes, llevando con nosotros lo aprendido, y tratando de dejar atrás lo que pesó demasiado en el alma. No le pedimos perfección, sino algo de paz, algo de justicia y un poco de luz, la suficiente para seguir caminando.
Adiós, 2025… gracias por intentar revelarnos quiénes somos.
Bienvenida, 2026… acompáñanos con cuidado y cariño, estamos cansados, pero seguimos intentándolo.
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