Lo verdaderamente novedoso del nombramiento de Fátima Ezzahra El Mansouri no está solamente en que una mujer llegue por primera vez a la jefatura del Gobierno marroquí. Está en lo que esa imagen significa dentro de un sistema político en el que la monarquía conserva una posición central y en el que el Rey reúne, constitucionalmente, una doble dimensión, de jefe del Estado y Amir Al Mouminine, Príncipe de los Creyentes.
La Constitución define además a Marruecos como un Estado islámico y establece el islam como religión del Estado.
Por eso, la fotografía de El Mansouri presidiendo el Gobierno no es una simple fotografía de género. Es también una fotografía política y simbólica.
Para el ciudadano marroquí, el mensaje puede leerse de una manera bastante concreta, la mujer ya no aparece únicamente como beneficiaria de las políticas públicas, sino como responsable directa de gobernar, decidir y rendir cuentas. La frontera simbólica ha sido atravesada.
Pero precisamente por eso el nombramiento contiene una segunda pregunta: ¿qué cambiará realmente?
Una mujer al frente del Gobierno no transforma por sí misma el funcionamiento de la administración, ni resuelve el desempleo, la sanidad, la educación, el poder adquisitivo o la distancia creciente entre una parte de los jóvenes y la política. Tampoco garantiza, por el simple hecho de ser mujer, una gestión diferente. El verdadero significado político dependerá de sus decisiones, de la composición de su Gobierno, de su capacidad para coordinarlo y, sobre todo, de su relación con una sociedad que espera urgentemente resultados más que símbolos.
Aquí aparece quizá el aspecto más interesante de su llegada. El Mansouri ha hablado de formar un Gobierno “eficaz y competente”, y ha señalado la necesidad de mejorar la comunicación con los ciudadanos. Esa podría ser una de las claves de la nueva etapa, no tanto hacer de su condición de mujer el programa del Gobierno, sino demostrar que puede traducirse en otra forma de ejercer la responsabilidad política.
Y ahí la comparación con el Ejecutivo anterior será inevitable.
El cambio no será sustancial si se limita a cambiar el rostro de quien ocupa la jefatura. Será significativo si cambia también el estilo, la comunicación, la velocidad de ejecución, la coordinación gubernamental y la capacidad de responder a las demandas sociales.
Dos miradas sobre la misma fotografía
Desde Marruecos, la imagen puede tener una lectura profundamente política, una mujer marroquí, musulmana, al frente del Gobierno, mientras el Rey conserva su condición constitucional de Amir Al Mouminine y jefe del Estado. No necesariamente hay contradicción entre ambas realidades. El sistema marroquí ha construido precisamente su propia combinación entre tradición monárquico-religiosa, instituciones constitucionales y participación electoral.
Desde Occidente, en cambio, la lectura probablemente será más inmediata, “Marruecos tiene por primera vez una mujer al frente del Gobierno”. Será presentado como un signo de modernización, inclusión y participación femenina. Y esa lectura es legítima, pero puede resultar incompleta si convierte el nombramiento en una simple historia de género.
Porque Fatima El Mansouri no llega al poder únicamente por ser mujer. Llega después de una larga trayectoria política, fue alcaldesa de Marrakech, ministra de Ordenación Territorial y una de las dirigentes del PAM (Partido de autenticidad y modernidad).
En el contexto de un país como Marruecos, El Mansouri afronta una paradoja desde el primer día, su condición de mujer constituye al mismo tiempo la mayor novedad simbólica de su llegada y una posible vulnerabilidad política. Si gobierna con eficacia, el hecho de ser mujer puede quedar integrado con naturalidad en la normalidad política marroquí. Si fracasa, algunos intentarán convertir ese fracaso en una cuestión de género. Y quizá por eso su verdadera batalla no sea demostrar que una mujer puede gobernar, sino impedir que su género se convierta en la explicación fácil de sus aciertos o de sus errores.
Por eso, el verdadero experimento comienza ahora.
La primera mujer ya ha llegado. Lo que queda por demostrar es si con ella llega también una nueva manera de gobernar.
Y quizá ahí esté el mensaje más importante de este 29 de septiembre, el símbolo abre la puerta; la gestión decidirá qué hay detrás de ella.


