miércoles 14 octubre, 2026

Ceuta: el despertar del viejo fantasma del «moro»

Algunas voces ilustres de la derecha y de la izquierda moderada española han expresado recientemente, desde la indignación, su preocupación por la situación que atraviesa Ceuta y por lo que consideran una combinación de inseguridad, desorden, violencia y fracaso de la gestión gubernamental. Algunas de las cuestiones planteadas son suficientemente graves como para no ser despachadas con ligereza; los episodios de violencia, los incendios, las agresiones y, por encima de todo, la tragedia humana desencadenada por la llegada masiva de personas a la ciudad.

Precisamente porque lo ocurrido es grave y porque Ceuta es demasiado compleja como para reducirla a consignas, conviene distinguir entre aquello que sabemos, aquello que debe investigarse y aquello que pertenece al terreno de la interpretación política.

Hablar de «quintas columnas marroquíes» que actuarían con el propósito de hacer «invivible» Ceuta para expulsar a los españoles y a los musulmanes que quieren ser españoles, o definir esa supuesta estrategia como una «limpieza étnica blanda», constituye una acusación extraordinariamente grave. Una acusación así necesita pruebas extraordinariamente sólidas. No basta con acumular incendios, reyertas, coches quemados o delitos cometidos por determinadas personas para convertirlos en los elementos de una operación organizada de carácter nacional o étnico.

Hay que recordar algo elemental, un delincuente tiene nacionalidad, pero un delito no tiene nacionalidad. La responsabilidad penal corresponde a quien lo comete, no al grupo al que pertenece.

Los hechos recientes ilustran precisamente la necesidad de mantener esa distinción. Se han producido incidentes graves protagonizados por migrantes y algunos ciudadanos marroquíes han sido detenidos por hechos violentos. Eso debe decirse sin ambigüedad y perseguirse conforme a la ley. Pero también se han producido actos violentos contra los propios migrantes y, en relación con algunos incendios, las primeras informaciones no permiten construir la historia que determinados discursos políticos pretenden dar por demostrada.

Resulta significativo que uno de los detenidos en relación con la quema de vehículos sea un trabajador de la empresa pública de limpieza de Ceuta, y no ese supuesto integrante de una «quinta columna» que el relato ya había construido antes de que los hechos fueran investigados. No se trata de negar la posibilidad de que haya otros responsables ni de anticipar conclusiones judiciales, sino de recordar que la realidad suele ser más incómoda y compleja que las explicaciones fabricadas para encajarla en una determinada narrativa.

Lo mismo ocurre con el incendio del Monte de la Tortuga. Mientras no exista una investigación concluyente, atribuirlo a una determinada nacionalidad o incorporarlo a una supuesta estrategia marroquí no es información, es especulación. Y la especulación, cuando se refiere a una cuestión tan sensible como Ceuta, puede convertirse fácilmente en combustible político.

Una tragedia que no debería convertirse en munición

Hay una cuestión todavía más preocupante, la facilidad con la que desaparece de determinadas discusiones el sufrimiento de las propias víctimas.

En aquellos días de julio no solo hubo una crisis migratoria. Hubo muertos. Muchos perdieron la vida en el mar intentando alcanzar Ceuta; hubo familias destrozadas y personas que desaparecieron ante los ojos de otros seres humanos. Esa tragedia parece haber quedado relegada por la posterior disputa política.

También hubo víctimas de delitos sexuales. La Fiscalía ha contabilizado 23 agresiones sexuales desde el inicio de la crisis, nueve de ellas contra menores, incluyendo cinco violaciones. Son hechos estremecedores que exigen investigación, protección de las víctimas y castigo de los responsables. Pero los datos obligan igualmente a evitar las simplificaciones, entre los presuntos autores identificados hay personas de distintas nacionalidades.

Esto no disminuye en absoluto la gravedad de una violación cometida por un ciudadano marroquí. Quien viola, agrede o delinque debe responder ante la justicia, sea marroquí, español, belga o de cualquier otra nacionalidad.

Lo que no podemos hacer es transformar a las víctimas en munición para acusar colectivamente a millones de personas que no tienen ninguna responsabilidad en esos crímenes.

Y aquí aparece una cuestión moral que debería estar por encima de cualquier disputa política, ¿qué hacemos con las niñas violadas cuando dejan de servir al relato? ¿Qué hacemos con los muertos cuando ya no son útiles para defender una posición? ¿Qué hacemos con los propios ceutíes, españoles y musulmanes, cuando una narrativa de confrontación termina colocándolos en medio de una batalla identitaria que no han elegido?

Se puede defender Ceuta sin convertir al marroquí en enemigo

Se puede exigir al Gobierno que controle las fronteras, reclamar una política migratoria más eficaz, pedir más policías y mejores medios, y exigir que cualquier extranjero que cometa un delito sea investigado, juzgado y expulsado conforme a la legislación. Incluso se puede sostener una posición política muy dura sobre la inmigración.

Lo que no hace falta para defender ninguna de esas posiciones es convertir a todos los marroquíes en sospechosos ni presentar a Ceuta como una ciudad amenazada por una conspiración nacional.

Porque Ceuta es mucho más compleja. Es una ciudad española, cuya soberanía es reivindicada por Marruecos, pero también una ciudad profundamente vinculada a su entorno marroquí por la geografía, la historia, la economía, las relaciones familiares y la convivencia cotidiana. Es, además, una ciudad en la que miles de musulmanes son tan españoles como cualquier otro ciudadano. Presentar la cuestión como un enfrentamiento entre «españoles y marroquíes» significa ignorar precisamente esa compleja realidad ceutí.

La cordura también es una forma de patriotismo

Ceuta necesita seguridad, autoridad, medios, justicia y una política migratoria seria. Necesita que el Estado cumpla sus obligaciones, que los responsables de cualquier delito sean identificados y juzgados y que sus policías puedan trabajar en condiciones dignas.

Pero necesita también que quienes tienen capacidad de influencia no conviertan una situación extremadamente delicada en una guerra de identidades.

No es necesario negar los problemas para rechazar el odio. No es necesario justificar los delitos para rechazar la culpabilización colectiva. No es necesario defender los gobiernos para denunciar sus errores. Y tampoco es necesario atacar a los marroquíes para defender los intereses españoles en Ceuta.

La crítica política es legítima. La indignación también. Lo que debería preocuparnos es cuando la indignación empieza a necesitar un enemigo colectivo para poder expresarse. Entonces dejamos de hablar de seguridad y empezamos a hablar de identidades; dejamos de hablar de delincuentes concretos y empezamos a hablar de pueblos; dejamos de hablar de víctimas y empezamos a utilizar su sufrimiento como arma política.

Y eso es peligroso, especialmente en Ceuta, donde cualquier palabra irresponsable puede atravesar la frontera mucho más rápidamente que cualquier política pública.

España y Marruecos tienen demasiadas cuestiones que discutir como para añadir otra guerra, migración, fronteras, seguridad, comercio, cooperación, pesca, energía, inversiones y el futuro de una relación que, guste o no, resulta imprescindible para ambos países. Ninguna de esas cuestiones se resolverá construyendo enemigos colectivos.

Ceuta merece que se diga toda la verdad, no solamente la parte de la verdad que conviene a cada bando. Merece justicia para sus víctimas, seguridad para sus ciudadanos, y responsabilidad para quienes gobiernan. Pero también merece que no se utilice a los pueblos y a las personas como piezas de una batalla política que hace tiempo ha empezado a desbordar las fronteras.

Defender a Ceuta no significa odiar a Marruecos; defender a España no exige demonizar a los marroquíes; y defender a los marroquíes que viven honestamente en España no significa negar un solo delito cometido por cualquiera de ellos.

Entre la negación de los problemas y la fabricación del enemigo existe un espacio mucho más difícil, pero también mucho más responsable, el de los hechos, la justicia y la cordura.

Fuentes:

  • Créditos de imagen de portada: Mehmet Turgut Kirkgoz

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