La Involución de la Fachada y la Quiebra del Humanismo
Por: Juan de Justo Rodríguez
I. La Metamorfosis de la Exclusión: El Rango sobre la Esencia
A raíz de una profunda reflexión compartida con un gran amigo sobre la acción humana, me he visto impulsado a profundizar en la naturaleza del racismo contemporáneo. Debemos entender que el racismo hoy no es solo aquel que discrimina por el color de la piel o la procedencia del individuo. En pleno siglo XXI, la discriminación se articula mediante una criba silenciosa pero implacable: el rango social. Juzgamos al ser humano en función del logro, del lugar que ocupa en el entramado social que hemos construido, o peor aún, que hemos permitido que se construya a nuestras espaldas.
Existe un sabio refrán castellano que afirma que «el hábito no hace al monje». Es una verdad absoluta, pero solo para aquellos capaces de ver más allá de la mera fachada. Solo quienes saben socializar y comprender genuinamente al semejante pueden descubrir que tras el más «desarrapado» de los seres humanos se puede encontrar el más grande intelectual o la persona más solidaria. Inversamente, tras una vestimenta sofisticada y ademanes exquisitos, a menudo se esconde el mayor de los desperdicios humanos, vacío intelectualmente y carente del más mínimo aprecio por el prójimo.
II. El Culto a la Fachada y la Enfermedad de la Apariencia
Hoy se nos ha conducido —y lo hemos permitido— hacia el culto a la fachada y a unos determinados cánones estéticos, con un desprecio absoluto por el interior intelectual. Solo apreciamos la capacidad de un conciudadano si cuelga de su pared un diploma o si presenta un currículum cuajado de grandilocuencias. No miramos al interior; ignoramos a quienes, aun sin esos adornos externos o trayectorias académicas de alto coste económico, son capaces de darnos opciones de vida y enseñarnos a relacionarnos como seres racionales.
Esta sociedad nos vuelve cada vez más vacíos, aunque más aparentes. Somos más letrados, pero no más cultos; más preocupados por la estética que por la ética. Vivimos ocupados en la persecución del contrario con la intención de destruirlo para ocupar su lugar, una cadena interminable que dirige a nuestras neuronas hacia el abandono del espíritu y el intelecto para trabajar exclusivamente en la apariencia y la competencia irracional.
Al igual que en el mercado no buscamos el alimento por su calidad intrínseca sino por su brillo externo, hacemos lo mismo con las relaciones humanas. Huimos de aquello que no se ajusta a cánones artificialmente preconcebidos sin realizar el más mínimo análisis de su esencia. Esta degradación es la que explica por qué las enfermedades mentales son cada vez más frecuentes y por qué dependemos de fármacos que alivien nuestra ansiedad y nuestra disconformidad con nosotros mismos. Vivir en contra de la naturaleza es destructivo.
III. El Fracaso del Liderazgo y la Sombra de las «Dos Españas»
La evolución no debería ser la mera consecución de máquinas que nos auxilien en lo material; la evolución es un continuo de experiencias intelectuales que nos permiten convivir. Sin embargo, hemos abandonado el humanismo para engancharnos a una corriente que parece simplificar la vida al desnudar nuestras responsabilidades como humanos.
En este contexto, la crítica a nuestra clase política debe ser frontal. Como advirtió ayer Su Majestad el Rey, España atraviesa un momento crítico donde la polarización amenaza los cimientos de nuestra convivencia. Es desolador constatar que los líderes de los dos grandes partidos políticos, en lugar de ser el faro de serenidad que la nación demanda, se han convertido en el motor de la división.
Tanto en un lado como en el otro del espectro político, nuestros dirigentes están inmersos en una estética propia, en el interés individual y en una competencia destructiva. Han abandonado el bienestar de los ciudadanos y la búsqueda de alternativas a los desafíos tecnológicos que destruyen empleo. Han dejado a un lado a la masa productiva, preocupada solo en sobrevivir, y a los mayores que, tras una vida de esfuerzo, se ven abocados a una existencia mísera.
Esta actitud de los líderes de los dos grandes partidos ha provocado una brecha por la que se introduce, de nuevo, la cizaña y la sombra de esas «dos Españas» que creíamos haber dejado atrás con la Transición. El discurso del Rey de ayer fue un soplo de esperanza porque reconoció que el problema no reside en el pueblo, sino en quienes, debiendo dar ejemplo, utilizan la polarización como estrategia de supervivencia personal. Esos líderes son hoy el verdadero problema: han transformado la política en un campo de batalla de intereses egoístas, totalmente alejados del bien común.
IV. Recuperar el Espíritu de la Transición
Quienes participamos en la construcción de nuestra democracia sentimos que los radicalismos actuales son un síntoma de una sociedad enferma que ha olvidado sus raíces. Necesitamos un parón y una respuesta clara sobre nuestra finalidad como existencia. Hemos de replantearnos cómo hacer posible que la evolución continúe por el camino del humanismo y abandone el afán materialista desmedido que solo busca el enriquecimiento de unos pocos.
Es imprescindible eliminar cualquier atisbo de discriminación y desigualdad para continuar el camino para el que existimos: la mejora de nuestra conciencia, de nuestro ser y de nuestras interrelaciones. Debemos buscar aquello que nos une y huir de lo que nos separa. Debemos aprender a elegir a nuestros representantes desde la convicción de que solo es apto para dirigirnos aquel capaz de comprender algo elemental: que su libertad encuentra su límite en el ejercicio de la libertad del semejante.
V. Llamada a la Conciencia: Tu Papel en el Cambio
Llegados a este punto, querido lector, la pregunta no es qué harán nuestros políticos por nosotros, sino qué estamos dispuestos a dejar de tolerar. El Rey ha señalado el camino de la convivencia, pero somos nosotros quienes debemos transitarlo. No podemos seguir siendo cómplices de una sociedad que premia el envoltorio y castiga el alma.
Te invito a que, a partir de hoy, rompas con la criba del rango social. Busca la excelencia en el trato con el vecino, con el trabajador, con aquel que no tiene diplomas que exhibir, pero sí lecciones que dar. Exijamos a quienes nos representan que abandonen la trinchera y vuelvan a la mesa del diálogo. El espíritu de la Transición no fue un regalo, fue un ejercicio de valentía de gente corriente que decidió no odiarse más.
No permitas que la cizaña de la polarización eche raíces en tu mesa ni en tus conversaciones. Vota por el entendimiento. Apoya a quien te ofrezca unión y no división. El futuro de las generaciones que hoy se forman depende de que nosotros, hoy, decidamos que el humanismo es innegociable. Porque si no somos capaces de ver al ser humano tras el hábito, habremos fracasado no solo como ciudadanos, sino como especie.
La solución no está en las siglas, sino en nuestra capacidad de volver a mirarnos a los ojos sin prejuicios.
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