miércoles 10 junio, 2026

Cuando el pensamiento es un guion de televisión

Y los pensadores hablan de la geopolítica de Putin o de las memorias de la Presley, …al mismo tiempo.

La polarización ha dejado de ser un fenómeno político para convertirse en una forma de pensamiento. Lo que antes separaba a los partidos, ahora fractura también la cultura, la lengua y «la reflexión intelectual». La lógica del frentismo lo ha contaminado todo: ya no discutimos ideas, sino trincheras; ya no buscamos razones, sino aliados. Y en esa degradación general, el pensamiento —ese espacio que debía servir de refugio frente al ruido— ha sido arrastrado al fango del espectáculo.

Hoy los nuevos “centros de pensamiento” se encuentran en los platós de televisión y en los estudios de radio. Allí se improvisa cada día una batalla de opiniones donde los viejos Hegel, Ortega, Marías o Gramsci serían descartados por lentos, por complejos, por carentes de carisma y nada violentos ni sexys. En su lugar desfilan figuras que se presentan como analistas, especialistas o intelectuales, pero cuyo mérito consiste en saber elevar la voz y no perder la sonrisa ante la cámara. Son los filósofos de la inmediatez: argumentan con Wikipedia, tararean la música pero ignoran la letra y creen que pensar es sinónimo de interrumpir, siendo el más rápido en Google.

El pensamiento se ha hecho guion televisivo, y el guion en pensamiento ideológico. Lo importante no es tener razón, sino tener audiencia y seguidores. No convencer, sino vencer, en el relato. No razonar, sino mantener encendido el espectáculo. Y lo peor no es que esto ocurra, sino que muchos lo confundan con debate. Cada cual es libre de entretenerse con lo que quiera, pero del agujero en que estamos no se sale con chistes ni con gestos, sino con razones fundadas.

En ese contexto, los dos hechos de la semana pasada son algo más que anécdotas. Son síntomas. El primero: el director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, comportándose como un comisario político más que como custodio de la lengua. En el Congreso Internacional de la Lengua en Arequipa, atacó públicamente al director de la Real Academia Española y sugirió su próximo reemplazo por criterios de conveniencia política. No fue un lapsus, fue un signo de los tiempos: el pensamiento reducido a facción, la institución convertida en trinchera. La cultura deja de ser bien común para transformarse en herramienta de poder.

El segundo: el Premio Planeta, antaño referente de la excelencia literaria, otorgado en 2025 a Juan del Val, tertuliano y empleado del mismo grupo mediático que concede el galardón. Lo que antes fue reconocimiento al mérito se ha transformado en autopromoción de empresa. En otros países, ese conflicto de intereses sería motivo de exclusión; aquí se celebra como normalidad. El valor literario ha desaparecido, sustituido por el valor de mercado. Ya no se premia a la obra, sino a la nómina y su atracción de ingresos. Lo importante no es escribir, sino vender. El millón de euros oculta el vacío: la literatura ya no es aventura estética, sino producto de consumo.

Y mientras el Cervantes se politiza y el Planeta se mercantiliza, los platós siguen fabricando pensadores instantáneos. Pongan los nombres que quieran y tantos otros que se imaginan que se turnan con ellos ante los focos repitiendo la misma fórmula: ruido, gesto, frase corta. De izquierda o de derecha, da igual; todos forman parte del mismo ecosistema donde lo esencial no es la verdad, sino la tensión y se “zasca” que meter en las redes. ¿Asalariados de la bronca?  O mercenarios de la frivolidad este tiempo que nos ha tocado. Viven de la polémica como otros del trabajo. Y a fuerza de escucharlos, hemos acabado creyendo que eso es pensar.

Pero no, pensar no es gritar, ni decir ocurrencias leídas a otros diez minutos antes. Pensar no es polarizar. Pensar no es convertir la cultura en entretenimiento ni la inteligencia en espectáculo. El pensamiento es otra cosa: una forma de lentitud, de rigor, de distancia; un esfuerzo por comprender el mundo sin plegarse a los bloques ni a los micrófonos previamente indicados.

El frentismo cultural —esa necesidad de dividirlo todo entre nuestros y vuestros— ha vaciado el espacio común de la razón. La cultura se ha vuelto campo de batalla; la lengua, bandera; la literatura, mercancía. Y entre tanto ruido, los verdaderos intelectuales, los que piensan sin pedir permiso ni pagar peaje ideológico, van desapareciendo o son silenciados por falta de audiencia.

De ahí la urgencia de recuperar un territorio que no responda a la lógica del bloque ni del mercado: el de la inteligencia libre. Hay que devolver la cultura a su sentido más alto: no como decoración del poder ni como entretenimiento de masas, sino como ejercicio de conciencia crítica. La libertad de pensamiento exige un suelo firme de conocimiento y un aire limpio de demagogia. No se sostiene sobre eslóganes ni sobre titulares.

Si alguna vez existió un país donde el debate era sinónimo de cultura y la discrepancia de inteligencia, ese país tiene hoy la obligación de recordar que el pensamiento no es un oficio de cámara, ni una estrategia de partido, ni un negocio editorial. Es, sencillamente, la última forma de dignidad que nos queda.

Porque cuando un país convierte su pensamiento en espectáculo y sus intelectuales en asalariados del poder, lo que se apaga no es la cultura: es la inteligencia colectiva. Y un pueblo que deja de pensar, empieza a obedecer a todo sin saberlo.

Saben aquello de que: “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa que convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar.” Es de un tal Joseph Goebbels, hay que saber si era un enfermo social o un visionario.

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