jueves 2 julio, 2026

La sombra de Montevideo

Una llamada desde Francia, el nombre de Josu Ternera y el silencio que aún cubre el final de ETA. Un nombre que no termina de irse Hace unas semanas escribí un artículo sobre la próxima salida de la cárcel de Josu Ternera, tras haber cumplido condena en Francia y mientras aguarda su entrega a España para responder ante la Audiencia Nacional. Aquel texto no nacía solo de la actualidad judicial, sino de una inquietud más honda, casi áspera: qué hacemos, como país, con los nombres que creíamos enterrados bajo la losa del tiempo y que, de pronto, vuelven a levantarse entre nosotros. Porque hay pasados que no se marchan; simplemente aguardan en silencio a que alguien pronuncie de nuevo su nombre. La llamada de Monsieur Maigret Y quizá por eso me impresionó tanto recibir, estos días, la llamada de un viejo comisario de la Policía francesa, ya jubilado como yo, con muchos años de servicio en la DST, aquel discreto y severo servicio de inteligencia francés donde tantas veces se cruzaban las sombras del terrorismo, la diplomacia y la razón de Estado. Hacía muchos años que no hablábamos. Su voz llegó desde el otro lado del teléfono como llegan ciertas voces del pasado: sin pedir permiso, con una mezcla de distancia, afecto y melancolía. Durante mis años en Interior yo me dirigía a él, medio en broma y medio con admiración, como Monsieur Maigret, porque había en su manera de escuchar, de callar y de observar algo que recordaba poderosamente al personaje inmortal de las magníficas novelas policiacas de Georges Simenon. No era solo un apodo; era una forma de reconocer en él esa inteligencia paciente, casi triste, de quienes han visto demasiado y aun así conservan la cortesía de no contarlo todo. Después de recordar aquellos tiempos difíciles, pero profesionalmente intensos, en los que cada operación llevaba adherido el cansancio de las noches largas y la gravedad de lo irreversible, su voz cambió apenas de tono. Fue una inflexión mínima, casi imperceptible, la clase de matiz que solo se reconoce cuando se ha pasado media vida escuchando lo que no se dice. «Monsieur Maigret —le dije, recuperando aquel viejo tratamiento que el tiempo no había conseguido borrar—, hay nombres que nunca terminan de irse». Al otro lado hubo un silencio breve, denso, de esos silencios que pesan más que una explicación. «No —respondió al fin—. Algunos nombres solo cambian de frontera». Entonces me habló de Urrutikoetxea Bengoechea, de Josu Ternera, y me dijo que, según le constaba, estaba camino de Montevideo y que no comparecería ante la Audiencia Nacional. «¿Montevideo?», pregunté, más para ganar unos segundos que por no haber entendido. «Montevideo», repitió él, sin énfasis, sin teatralidad, con esa sequedad antigua de los hombres que han aprendido a desconfiar de las palabras demasiado grandes. Según su versión, se habría alcanzado un acuerdo entre los gobiernos de Francia y España para cerrar una negociación que venía abierta desde los tiempos de Zapatero. Al escucharlo, sentí que la conversación dejaba de pertenecer al territorio amable de la nostalgia y entraba, de golpe, en una zona mucho más fría: la de las razones de Estado, los silencios pactados y las verdades que, cuando aparecen, no iluminan; queman. Montevideo, la palabra que abrió la sospecha Al principio me entraron dudas. La idea de que Josu Ternera pudiera estar escapando ya de la justicia española tenía algo de noticia demasiado perfecta, demasiado redonda, de esas que uno escucha con el corazón acelerado y, al mismo tiempo, con esa desconfianza seca que se instala en la garganta cuando la experiencia ha enseñado a no creer del todo ni siquiera lo verosímil. Pero cuando pronunció Montevideo, algo cambió. La palabra cayó en la conversación con un peso distinto, casi físico, como si al otro lado del teléfono se hubiera abierto de pronto una ventana hacia el aire húmedo del Río de la Plata, hacia sus avenidas largas, sus cafés antiguos, sus fachadas discretas y esa melancolía atlántica que parece envolverlo todo. Uruguay no era un nombre cualquiera en aquel viejo mapa de sombras. Había sido una de las bases más organizadas y potentes de ETA en América Latina, en el corazón mismo del Cono Sur —Uruguay, Argentina y Chile—, allí donde en los años de la Guerra Fría se cruzaban exilios, siglas revolucionarias, servicios de inteligencia, refugios discretos y violencias que hablaban idiomas distintos, pero se reconocían entre sí por el mismo olor a clandestinidad, a papeles ocultos, a habitaciones cerradas y a miedo administrado. Me vinieron entonces a la cabeza los apoyos, las afinidades y hasta las colaboraciones que ETA recibió en su ofensiva terrorista de organizaciones como el MIR chileno o los Montoneros argentinos. Otros tiempos, sí; pero hay otros tiempos que no desaparecen del todo: se repliegan, cambian de nombre, aguardan en silencio detrás de una puerta que nadie termina de clausurar. La ciudad de las fachadas discretas A finales de los años ochenta viajé a Uruguay con algunos colaboradores de entonces, acompañados por el juez de la Audiencia Nacional Carlos Bueren y por el fiscal Ignacio Gordillo. Recuerdo aquel viaje no como una sucesión de reuniones, sino como una impresión persistente: la luz baja de Montevideo sobre las calles, el ruido cansado de los coches, el olor mezclado de humedad, café y tabaco en los bares, la cortesía sobria de los policías uruguayos y esa sensación de caminar por una ciudad tranquila sabiendo que, bajo la superficie de la normalidad, podía latir otra vida. No era un viaje de turismo ni de protocolo; era una de esas travesías ásperas en las que uno aprende que el terrorismo no vive solo en zulos, comandos y comunicados, sino también en mesas de formica, en persianas entornadas, en teléfonos que suenan poco, en negocios de apariencia inocente, en pisos de descanso donde la clandestinidad intenta confundirse con la rutina de cualquier vecino. La policía uruguaya nos fue señalando algunos de aquellos lugares vinculados al mundo de ETA, y recuerdo la extrañeza de mirar una fachada común, un portal sin épica, una barra de bar, una puerta pintada, y sentir que detrás de aquella normalidad se escondían logística, paciencia, dinero, complicidades y geografía. Por eso, al escuchar ahora la palabra Montevideo, no oí únicamente el nombre de una ciudad lejana. Oí el rumor de aquellas calles, el golpe discreto de unas llaves, las conversaciones a media voz, el aire denso de los lugares donde nadie pregunta demasiado. Y pensé, con una tristeza difícil de explicar, que acaso todo siguiera igual, o incluso mejor dispuesto para quienes siempre supieron sobrevivir entre los pliegues del tiempo. La prudencia de quien ya no se juega nada Al colgar, permanecí unos segundos con el teléfono en la mano, como si al otro lado de la línea no se hubiera apagado solo una voz, sino una parte entera de nuestra vida y, con ella, una advertencia que no sabía aún cómo nombrar. No había hablado únicamente con un antiguo servidor del Estado francés; había vuelto, por un instante, a aquellos años en que cada nombre podía traer consigo una herida, cada noticia desde el otro lado de la frontera llegaba envuelta en inquietud, y la prudencia era una forma de respeto hacia los muertos y hacia los vivos. Sentí entonces que la historia no vuelve nunca como un trueno, sino como una punzada: en una llamada inesperada, en una confidencia dicha sin alzar la voz, en una comparación política que de pronto abre de nuevo las puertas de habitaciones donde aún permanece intacto el olor de lo que no se ha terminado de cerrar. No sé si esa información llegará algún día a confirmarse. Por la vía gubernamental, desde luego, no lo espero; por la de los medios de comunicación, tampoco sabría decirlo. En cualquier caso, comprobado el espeso silencio que cubre todo cuanto se refiere al final de ETA —un final sin arrepentimiento verdadero, sin petición de perdón que alcance a estar a la altura del daño causado—, y como no soy periodista ni tengo la obligación profesional de contrastar noticias como debería hacerlo quien vive de contarlas, dejo aquí este episodio con la única autoridad que me queda: la de quien estuvo allí, la de quien ya no se juega nada porque hubo un tiempo en que se lo jugó todo y, de algún modo, también lo perdió todo. No escribo esto desde la ligereza de quien lanza una sospecha al aire, sino desde la fatiga moral de quien sabe que algunas verdades solo se reconocen cuando ya han ocurrido. Tal vez solo sepamos algo cuando pase el tiempo y Josu Ternera no comparezca donde debería comparecer: ante la Audiencia Nacional. La política vuelve al desván de los símbolos La pasada semana, Arnaldo Otegi, líder de EH Bildu, pareció abrir ya el telón del ciclo electoral de 2027 con una escenografía deliberadamente sombría. Invocó el viejo repertorio del guerracivilismo, comparó a su formación con el Gobierno de Aguirre en los albores de la Guerra Civil y llamó a una gran coalición en el País Vasco —con el PSE y el PNV— frente al eventual horizonte de un Gobierno en España del Partido Popular con Vox. De nuevo, la política descendía al desván de los símbolos más inflamables para rescatar de allí palabras cargadas de pólvora, como si la épica pudiera blanquear lo que tal vez no sea sino cálculo, táctica y voluntad de poder. A ese paisaje conviene añadir la reciente comparecencia de Pedro Sánchez en el Congreso para dar cuenta de los casos de corrupción que cercan al PSOE. En aquella sesión, entre la liturgia parlamentaria, los gestos medidos y los silencios que a veces dicen más que las palabras, sobresalió el fervor con que la portavoz de Bildu, Mertxe Aizpurua, sostuvo al presidente. Entre todos los aliados del Gobierno, Bildu fue quien cerró filas con menos reservas, con una disciplina casi ceremonial, como si la antigua frontera entre memoria, conveniencia y poder hubiera terminado por borrarse bajo nuestros ojos. Y entonces la pregunta inicial regresa, más incómoda y más necesaria: no solo dónde está Josu Ternera, sino dónde estamos nosotros cuando su sombra vuelve a proyectarse sobre el presente político de España. La deuda con los que lo perdieron todo Este Gobierno, y con él todos los partidos que han atravesado estos años mirando de soslayo el desván incómodo del final de ETA, tuvieron ocasión de hacer algo más que administrar iniciativas redentoras con los herederos políticos de aquella historia. Pudieron haber abierto, en paralelo, un verdadero proceso de rehabilitación moral, de homenaje público y de reparación íntima hacia tantas víctimas colaterales de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado: policías y guardias civiles que fueron, en buena medida, los verdaderos autores del final del terrorismo, y que sin embargo quedaron muchas veces abandonados en los márgenes de la memoria oficial. Hombres que perdieron sus carreras, su futuro personal y familiar, su nombre y hasta la paz de sus casas por un exceso de celo, por la rabia de haber vivido demasiado cerca del horror, o por haber sido víctimas de acusaciones nacidas en el barro político que rodeó durante años al entorno de ETA. A ellos nadie les ha pedido perdón con suficiente solemnidad. A ellos no se les ha devuelto lo que se les arrebató. Y quizá por eso este silencio pesa tanto: porque bajo la alfombra de la reconciliación oficial siguen respirando vidas rotas que también fueron sacrificadas en la larga derrota del terrorismo.

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