martes 17 marzo, 2026

Nunca mires al balón

Escucho a Juanjo Millás contar que un amigo suyo, que actuaba como ojeador de fútbol para Helenio Herrera, pareja de su madre, recibió un consejo-orden muy exacto: “Nunca mires al balón”. La frase, según me parece, es de universal aplicación a multitud de situaciones y procesos que nos invitan a fijar la atención en un “balón obligatorio” mientras que en la periferia de nuestra atención es donde, de verdad, ocurre todo.

De acuerdo con la frase que nos recuerda esa otra que afirma “cuando un dedo señala la luna, el tonto se fija en el dedo y no en la luna” pienso en cuántas veces la realidad teje una tela de engaños para que nunca separemos los ojos del dedo-balón y no intentemos darnos cuenta de lo que determina el contexto, en lo que constituye la verdadera realidad que nos escamotean. Es una realidad que no pueden ocultarnos, pero que tratan de distorsionar mediante la confusión de múltiples señuelos y movimientos de balón, como hacen los trileros en las calles.

Mientras, la madrugada del domingo Trump ordena el bombardeo de la capital del Yemen, Saná (reconozco mi absoluto desconocimiento previo de esta ciudad de más de tres millones de habitantes), en persecución de ese incógnito grupo de los “hutíes”, Europa navega las confusas aguas que mezclan la defensa de una identidad común, la angustia generada por el reconocimiento de la indefensión del padre muerto y el rechazo a la guerra y hacemos las cuentas sobre el coste de la tranquilidad y la seguridad, todo ello sin ser capaces de separar la vista de los muchos dedos que señalan a la única luna de una realidad, que se presenta cada vez más compleja y más insatisfactoria.

La realidad cruza por nuestra vida con velocidad de crucero, un ritmo que no somos capaces de asimilar y que no nos permite, ni de lejos, estructurar como se necesita todo lo nuevo que va apareciendo en nuestro espacio vital; esos balones que nos lanzan y que van desplazándose de un concepto a otro y que no nos permiten hacernos un mapa mental adecuado sobre la verdadera naturaleza de ese terreno de juego que alberga muchos partidos.

De alguna manera nos han devuelto a la misma confusión de nuestros padres cuando, visitando el colegio en el que trataban de desasnarnos convenientemente, intentaban encontrar la lógica de los muchos partidos de fútbol que se desarrollaban a la vez y que nadie, fuera de los que estaban implicados en cada equipo y competencia, podían llegar a comprender. Sólo separando la vista de aquella vorágine de movimientos colectivos que nos hacían semejantes a los cardúmenes de peces y sus taxias, nos podían encontrar escudriñando los márgenes y el contexto en busca de un jersey, una forma de moverse o, casi imposible, un rostro perfectamente definido.

¿Cuanta distancia debemos mantener para que la visión de la realidad se libere de la obligación de seguir el curso del balón? ¿Cuándo se hace imposible distinguir los dedos que señalan esa luna que domina el paisaje? Creo que la respuesta a esas preguntas es única y depende de cada uno de nosotros: cada cual tiene su distancia focal y una forma de percibir el contexto, de manera que la realidad percibida pierde universalidad en favor de lo que cada uno de nosotros construimos y nombramos como nuestro particular universo de realidad.

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