lunes 15 junio, 2026

Algunas reflexiones sobre la enseñanza en la era digital

Las repercusiones de la revolución digital en la enseñanza son muy amplias y complejas, por lo que solo tocaremos en este artículo algunos aspectos. Hay que tener en cuenta además que aún es muy pronto para hacer un balance de los efectos de la IA en el ámbito académico, pues la inteligencia artificial está empezando su andadura y aunque vemos a qué velocidad avanza, desconocemos cuál va a ser su alcance en el futuro.

La irrupción de las nuevas tecnologías en las aulas ha provocado estos últimos años reacciones diversas y hasta contradictorias. El uso de las pantallas en lugar de los libros, las redes como fuente de información y supuestamente de conocimiento y el impacto de la IA tanto dentro como fuera de las clases han pasado de ser considerados una panacea que revolucionaría el aprendizaje y la educación a ser valorados como un elemento perturbador y negativo.

En esta controversia sobre el mundo digital en la enseñanza podemos observar a los apocalípticos, que nos advertían de los males de la sustitución de la lectura en papel, los lápices y el cálculo mental por la IA como a los integrados, que abrazaban una fe en el progreso educativo de la mano de la revolución tecnológica. Las advertencias del neuropsiquiatra francés Desmurget en La fábrica de cretinos digitales, a partir de estudios empíricos exhaustivos, de cómo las pantallas estaban haciendo bajar el cociente intelectual de las nuevas generaciones, hicieron sonar las alarmas. 

En un primer momento el pedagogismo encontró en la fascinación tecnológica, como la llama Javier Orrico, o el fetichismo digital, por emplear la expresión de Laura R.Montecino, una herramienta para liquidar lo que la pedagogía dominante viene llamando “la enseñanza tradicional”.

Uno de los mantras del pedagogismo ha sido siempre que “no se puede enseñar como se hacía hace treinta, cincuenta o cien años”.  Desde todas las instancias educativas se ha insistido en que todos los centros se tenían que informatizar para llevar la tecnología al aula como una imperiosa necesidad y una prioridad indiscutible. Aún hoy la llamada competencia digital sigue siendo para las administraciones educativas una prioridad en la formación del profesorado que se defiende con ardor guerrero.

Es cierto que en la actualidad, gracias al desarrollo de la técnica, tenemos muchísimos más medios que nunca para acceder de forma rápida y exhaustiva a la información. Sin embargo, los efectos del mundo digital en la transmisión de esa información y no digamos del conocimiento no siempre han arrojado esos esperados resultados positivos. Uno de esos efectos es el peligro de que el estudiante se dedique al pega y recorta sin saber de lo que está hablando. En las redes, en la propia Wikipedia, esa tendencia a valerse de la copia sin reflexión es una muestra de la falta del control de calidad de los datos que se transmiten. En la enseñanza puede ser el peligro de valerse del gigantesco almacén de Internet sin aprender nada. Con el chat gpt ni siquiera es pegar y recortar. Simplemente puede ser copiar, incluso sin entender lo que se está copiando. Está claro que si la tarea académica se limita a reproducir, el desarrollo de competencias académicas es nulo. Si la competencia digital es saber manejar un programa de ordenador pero no va acompañada de las operaciones que tiene que hacer la mente humana para formarse en el ámbito escolar (sintetizar contenidos, analizar los textos, procesar y evaluar la información, entre otras muchas), podemos hacer que la máquina haga un resumen o un dossier más o menos exhaustivo y correcto sobre una materia, pero de esa forma ni se aprende nada ni se desarrollan hábitos intelectuales ni se crea en el estudiante un espíritu crítico. 

Algo parecido podemos decir de otros presuntos materiales educativos disponibles en la red. Hay vídeos educativos que pueden ser muy interesantes, aunque no todos son igual de rigurosos ni didácticos. Pero vemos que casi nunca son interactivos. Obviamente, no pueden sustituir a una clase con un profesor si no se da una mínima interacción, que es la que va modulando de manera más dinámica y eficaz situaciones reales e individualizadas de aprendizaje.

Otro asunto es el de los fraudes aparejados a las nuevas tecnologías. De la chuleta en la manga de la camisa o en un papel enrollado en un bolígrafo BIC o escrita con tinta en la palma de la mano a la sofisticación tecnológica que obliga a los vigilantes de las PAU a controles de acceso a un examen que nada tienen que envidiar a los arcos de seguridad de un aeropuerto hemos avanzado en una modernización del fraude que habríamos considerado ciencia ficción futurista hace unas décadas, pero no una revolución en el aprendizaje.

Para trabajos académicos, del estilo de los que se hacen en la universidad actual, la IA resulta cada vez menos recomendable si no va seguida de un manual de instrucciones y de restricciones de uso. Multiplica el trabajo del profesor para detectar plagios. “Le he preguntado a la IA cuántos alumnos han plagiado su trabajo”, comentaba hace poco un docente en una entrevista. La IA como tal no enseña a investigar, aunque puede ser una herramienta poderosa, que debe acompañarse de la creatividad humana, el talento y los conocimientos previos. Tendrá que haber nuevas formas de mandar esos trabajos, entendidos como instrumentos de evaluación. Unas formas que estén muy dirigidas y orientadas, que obliguen al manejo directo de fuentes. Porque el objetivo didáctico no solo es el producto (que en ocasiones la IA lo borda) sino el proceso de aprendizaje.

La IA puede favorecer que los estudiantes o los profesionales puedan hacer mejores monografías. Pero ha de ser complementada con el factor humano. Sin ser conscientes siempre de los errores que tiene el big data, que es un cajón de sastre donde hay materiales de muy variopinta calidad que es necesario procesar y evaluar para no obtener resultados erróneos, cuando no disparatados. 

En el mejor de los casos los estudiantes pueden obtener el plato cocinado y copiarlo, pero no hacer una aportación original ni utilizar el trabajo académico como forma de aprendizaje. No digamos de evaluación. La inteligencia artificial puede hacer un resumen perfecto de un texto. ¿Pero eso para qué sirve? Podrá servir para suprimir puestos de trabajo o para que quien no quiera leer un documento larguísimo se ahorre el esfuerzo. 

Si queremos que un alumno sepa resumir para progresar en su comprensión lectora, que el trabajo se lo haga la máquina nos retrotrae a un debate similar al producido sobre el uso de las calculadoras en la enseñanza primaria y secundaria. La máquina podrá hacer maravillas, pero si el alumno no realiza el esfuerzo que le permite razonar y aprender, no solo no sirven como ayuda para el progreso académico, sino que son un elemento perturbador.

Las máquinas serán todo lo poderosas que quieran, pueden superar el conocimiento humano en algunos casos. Pero si queremos que los ciudadanos tengan capacidades y competencias, es un error dejar que las máquinas hagan lo que tienen que hacer los estudiantes porque tenemos que plantearnos qué queremos que hagan las personas por sí solas sin el auxilio de las máquinas (leer, escribir, calcular, razonar, pensar, analizar, etc).

Sin embargo, ser conscientes de que la informática en las aulas y en la enseñanza no es un camino de rosas no debería llevar a profesores, padres y administradores escolares a proscribir definitivamente cualquier presencia del mundo digital en la escuela ni en la vida de los estudiantes.  

El justificable pesimismo de los críticos con la revolución digital en el aula,que plantean la exclusión de las pantallas y de la IA no solo en el colegio o el instituto, sino también en la vida de los estudiantes son otra manifestación de la tendencia extrema de buscar soluciones simples y dejarse llevar por la ley del péndulo. Ni todo lo tecnológico es negativo per se ni la escuela puede dar la espalda al mundo digital. La crítica al papanatismo digital y a sus efectos y la necesidad de no desatender labores clásicas de la escuela no debería significar dejar fuera de la enseñanza el mundo digital. 

Nos gusten o no, las pantallas, las aplicaciones del móvil y los diferentes programas de la IA forman parte del hábitat de los estudiantes, hecho que no se puede dejar de lado. Se puede prohibir el uso del móvil en clase para que no sea un distractor en la actividad docente, con las excepciones que se consideren oportunas, se puede limitar el empleo de los dispositivos para el estudio y los deberes escolares, pero no es posible ni razonable obligar a un estudiante de hoy en día a prescindir en su vida diaria de los dispositivos electrónicos de la era digital.

La escuela tiene que preparar a los estudiantes para desenvolverse en Internet y en las redes, sin descuidar, eso sí, las habilidades y competencias que existían cuando no había dispositivos electrónicos. 

Hay actividades didácticas y tareas docentes en las que conviene que el alumno use solo el papel, el boli o el lápiz y su mente, sin  máquina alguna. Pero la escuela tiene que dar a los estudiantes respuestas a los problemas y las posibilidades del empleo de Internet en su vida, tanto académica como extraacadémica. Deberíaenseñar a usar, a usar bien y a no usar mal los dispositivos que el estudiante tiene a su alcance. Dejamos fuera de este artículo las implicaciones morales o la prevención de delitos, abusos y otros males del uso de los móviles o las pantallas, como el acoso escolar, las estafas o las citas fraudulentas.  Nos referimos en este artículo solo en el buen uso de la técnica para el conocimiento y el aprendizaje. 

¿Dominan más la tecnología los alumnos que sus profesores? Es posible en muchos casos, pero obviamente, por lo general no saben usarla con fines educativospara ampliar su conocimiento. Una de las materias que los estudiantes deberían aprender en la escuela es usar los recursos digitales. No ya el saber manejar técnicamente sus dispositivos. Cómo distinguir información de conocimiento. Es decir, cómo seleccionar las páginas web y recursos digitales con los que pueden aprender, cómo moverse por ellas, cómo buscar información y con qué criterios llevar a cabo esa labor de criba que permita excluir páginas de escasa o nula calidad científica y saber qué páginas web son más solventes científicamente.

El manejo de diccionarios digitales tiene mecanismos de búsqueda similares a los de papel. Acostumbrar a contrastar en el ordenador los artículos léxicos de los diferentes diccionarios y enseñar a moverse por las distintas aplicaciones digitales al tiempo que se prevenga de los errores del mal uso tendría que ser una actividad de aula o de corrección en clase de deberes guiados elaborados por los estudiantes en su casa.

Saber cuáles son las fuentes del conocimiento más fiables. Preferiblemente, no usar Wikipedia como fuente de conocimiento sino más bien como fuente de información. Contrastando esa aplicación con otras fuentes. Es importante llevar a la práctica ese trabajo de cotejo de fuentes para mejorar la calidad y el espíritu crítico. Y emplear algún mecanismo de evaluación de los resultados obtenidos. Lo mismo se podría decir del chatgpt. Sería muy interesante que el profesor diera a sus alumnos pistas y pautas para detectar errores, tan abundantes en el mundo de Internet. Con ejemplos concretos en cada materia.

Por eso es muy importante que la escuela enseñe a usar correctamente las nuevas tecnologías en la vida cotidiana, incluso fuera del aula, dotando de herramientas para el conocimiento, el estudio y la vida académica. Algo tan simple de enunciar como difícil de llevar a la práctica: usar Internet y la IA sin dejar de pensar, no permitiendo que estos medios y sus aplicaciones piensen por nosotros y nos conviertan en meros autómatas.

El profesor necesitaría en este punto una formación que tendría que actualizar permanentemente. No tanto la competencia digital como el saber usar las redes para enseñar y para prevenir los errores de su mal uso. Sin embargo, la competencia digital no es lo más importante en la formación permanente de un profesor, pues ha de entenderse más bien como una herramienta para moverse eficazmente por el mundo digital. Es más útil aprender a prevenir los fallos y errores de la IA y a saber cómo usarla. Justamente lo que tiene que enseñar a sus alumnos.

La IA todavía está en desarrollo; no sabemos aunque podamos imaginar cuáles pueden ser sus potencialidades. De momento, ya vemos cuáles son los inconvenientes. No se puede usar de cualquier manera. Ya ante este mundo nuevo o relativamente nuevo de la IA es conveniente considerar la experiencia que se vaya acumulando, sin prejuicios tecnófilos ni tecnófobos, Ver la posibilidad de que los alumnos estudien apoyados en la IA cuando proceda, guiados y evaluados por el profesor.

La IA también puede ser un auxiliar del profesor en su trabajo. Y también en este campo ha de ver en cada caso concreto sus limitaciones y potencialidades.

Conclusiones (necesariamente provisionales).

Hay que entender la revolución tecnológica como una aportación que puede presentar ventajas e inconvenientes, pero no como el signo de una nueva era que echa por tierra las llamadas formas “tradicionales” de aprender: la memoria, la lectura o el cálculo mental, por citar algunas.

Hace no mucho tiempo existía en la pedagogía oficial de muchos países occidentales una fe ciega en las virtudes taumatúrgicas de la presencia de las llamadas nuevas tecnologías en el aula, una panacea que iba a conseguir revolucionar las formas de enseñar y aprender. En los últimos tiempos ha habido una reacción contra los excesos de esas tecnologías en el aula, al extremo de que en algunos sistemas educativos se han prohibido las pantallas en ciertas etapas del sistema educativo y se ha vuelto deprisa y corriendo a la vieja escuela, como un movimiento de defensa frente al tsunami.  

La red proporciona unos medios espectaculares en cantidad y rapidez para acceder a la información. Pero es más discutible que sea una herramienta para el conocimiento sin más, sin intervención de una orientación de los profesores para su uso. Información y conocimiento no son sinónimos. Hace falta conocer una materia en particular para ser capaces de evaluar, procesar y filtrar la información que nos proporcionan los dispositivos digitales y sus aplicaciones.

Hay que delimitar el terreno en el que saberes, destrezas y hábitos deben mantenersesiguiendo un esquema “tradicional” y cuáles son susceptibles de usarse recurriendo a la ayuda de la técnica. En cada materia el profesor debería repasar el currículum y el plan de estudios y mirar lo que se puede aprender con la IA, sin la IA o combinando la técnica y los usos más clásicos.

Está suficientemente demostrado que el uso excesivo y exclusivo de las pantallas en detrimento de otras formas de conocimiento, información y entretenimiento nos puede hacer más tontos. Por tanto, la escuela no debe descuidar las actividades que contribuyan al crecimiento intelectual de los alumnos, aunque esas actividades las pueda hacer una máquina.

Es necesario que los estudiantes tengan autonomía para realizar muchas tareassin máquinas ni dispositivos: acceder a materiales; memoria, cálculo mental. Saber escribir a mano, la lectura en papel, la lectura en voz alta. Pero hoy no tenemos por qué renunciar a una buena comprensión lectora sin acudir al hipertexto. 

La innovación educativa ha de ser entendida como un nuevo ingrediente,siempre que sea útil y provechosa, no como una forma de arrumbar formas de conocimiento que funcionen por muy antiguas que sean. Hay que aprender de todos los papanatismos pasados de presuntas innovaciones didácticas cuyos resultados no siempre han sido muy exitosos.

Eso de que los ordenadores y la IA van a sustituir al profesor aún está por ver. El profesor puede que deba tener en cuenta la realidad del mundo digital para aprovecharla didácticamente. De momento, el factor humano sigue siendo imprescindible en la enseñanza. 

Y finalmente, sin dejar de lado herramientas que habrá que saber usar, con medida y tino, ¿por qué la escuela no se propone que los estudiantes practiquen, desarrollen y aumenten de vez en cuando su inteligencia natural?

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