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jueves 19 febrero, 2026

Trump y el IV Reich (Americano)

Pocas veces hay más consonancia en el juicio internacional acerca de algo o de alguien y también, muy pocas veces, ese acuerdo y esa unanimidad se concentra en una sola persona como está pasando hoy con Donald Trump. Escribo este suelto justo cuando se cumple un mes de su toma de posesión y en esos 30 días ha conseguido echarse a la espalda el odio unánime de muchos dirigentes, muchos jueces, muchos economistas y ha convertido la agenda internacional en una verdadera bomba de relojería.

Se atribuye a Calígula la famosa frase de “que me odien mientras me teman” y parece que Donald Trump quiere que ese odio se desarrolle extramuros de su casa y todo indica que lo está consiguiendo. Ha construido un general estado de cabreo, indignación y posible, sólo posible, coordinación de posiciones muy complicada de conseguir.

¿Cual es el problema? Que da – me da a mí – la sensación de que lo hace desde una postura que tiene mucho más de visceralidad que de racionalidad y método. El mensaje parece el de un mesiánico enloquecido que desafía al mundo, pero que no tiene al lado a profesionales tan bien preparados como los que Hitler tuvo a su lado. Parece andar en busca de un Himmler que le facilite la solución final o de un Goebbels que le asegure la pasión de las masas y ensalce aún más a su hipertrofiado ego mientras un reencarnado Albert Speer le construye unos Estados Unidos monumentales y a la medida de su soberbia. Sí tiene a un Ferdinand Porsche que le construya “coches para el pueblo” pero sin el pueblo, es decir, sin conductores en la figura de Elon Musk. También tiene a su lado, como Hitler tuvo, a su propio médico-chamán Theodor Morell en la figura atropellada y balbuceante de Robert Kennedy, del que no sabemos si sube o baja la escalera y que, en cuestiones sanitarias, se muestra más como gallego defensor de las meigas que como alguien que sabe de lo que habla en cuestiones médicas y científicas.

Rodeado de adoradores y familia, vive la ensoñación de crear universos que le reconocen como demiurgo que puede borrar y trascender la verdadera realidad, esa que se empeña en alcanzar sus sueños y hacerlos añicos con un empecinamiento que él no entiende. Se arregla y medio enamora de Putin porque es el adalid de lo que a él le gustaría hacer con Canadá y Groenlandia y bendice la razón de la fuerza porque eso le abriría las puertas de la inmortalidad: el verdadero fundador de la nueva América, el cuarto fundador de una nueva Roma que dure mil años, como soñaban los alemanes del III Reich.

Lo que se especulaba en la maravillosa novela de P. Roth “La conjura contra América” se hace realidad día a día mientras el fascismo, puro, duro, orgulloso de su propia naturaleza, se va abriendo paso y arrumbando principios, leyes y personas como una marea tóxica e imparable que no sabemos qué nos va a deparar. Esa América aria, blanca, radicalmente cristiana según ellos se consideran, inexistente y peligrosa se va imponiendo y hoy la democracia se bate en retirada, camino de refugios asediados por ejércitos a los que sólo les falta el toque estético de las ceremonias de Nuremberg, con milicias ciudadanas uniformadas por Hugo Boss y fotografiados por Leni Riefenstahl: para todo hay que saber y tener nivel, que la estética es importante y ese payaso de los cuernos…no es lo mismo.

Goering condecoró a Lindbergh y Elon Musk está esperando al domingo para condecorar a la extrema derecha alemana. El tiempo da marcha atrás mirándose en un espejo.

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