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martes 22 septiembre, 2026

No ganó nadie, pero perdimos todos

Ricardo Peña

El pasado 30 de octubre, el Presidente del Gobierno compareció en el Senado, citado por una comisión de investigación sobre la corrupción asociada a los ex-socialistas Koldo García, José Luis Ábalos y Santos Cerdán. Fueron cinco horas de bochorno para los españoles. A la salida, tanto los dirigentes del PP como el del PSOE afirmaron que habían quedado satisfechos de su actuación. Dichosos ellos, porque el resto de los españoles hemos quedado profundamente insatisfechos e indignados.

En estos tiempos líquidos en los que todo está permitido, el PP tenía reservada esta “bala de plata” —según su propia terminología— para dar un golpe de gracia a su enemigo mortal, Sánchez. El formato de la comparecencia es tal que permite a los interrogadores interrumpir al compareciente en cualquier momento, repreguntar si no quedan satisfechos con la respuesta y disponer de un generoso tiempo de cincuenta minutos para cada grupo parlamentario.

Desde el comienzo de la legislatura, la mayoría absoluta del PP en el Senado ha sido utilizada de forma torticera para cambiar el reglamento y poder así dilatar la revisión leyes urgentes que vienen del Congreso, para crear y rechazar comisiones de investigación a su conveniencia y para llamar a ministros a comparecer en dichas comisiones. El PP usa el Senado como un instrumento al servicio de su lucha partidista. Esta era la segunda vez en democracia que un presidente en ejercicio comparece en una comisión de investigación. El primero fue Rodríguez Zapatero en una comisión sobre el 11-M.

El PNV y el BNG declinaron participar y otros grupos, tales como Sumar y Compromis, hicieron las preguntas esperables relacionadas con la trama de corrupción y dejaron que el presidente respondiera a ellas según su criterio. Pero la senadora de UPN, el de Vox y el del PP utilizaron su turno para convertir cada pregunta en un interminable alegato en el que mezclaban todo tipo de acusaciones, bulos incluidos, y cuando el Presidente intentaba contestar, le interrumpían inmediatamente con nuevos alegatos. La idea subyacente era tratar de acorralarle, ponerle nervioso para que incurriera en alguna contradicción e impedir que se defendiera de sus numerosas acusaciones. Lo mejor para hacerse un juicio del espectáculo es visionar aquí las intervenciones de Maria Mar Caballero (UPN, minuto 5), Angel Gordillo (Vox, minuto 41) y Alejo Miranda (PP, hora 5, minuto 10).

El presidente Sánchez mantuvo la calma, pero no siempre las formas, porque ridiculizó en algunas ocasiones a sus interrogadores, se refirió a la comisión como “de difamación” y dijo que aquello le parecía “un circo”. El presidente de la comisión —del PP— le acusó de falta de respeto al Senado. Sin embargo, me parece justo complementarlo con que el respeto al Senado ya se lo había perdido el PP hacía mucho tiempo y que su comportamiento durante la comisión no hizo más que corroborarlo.

Este es el problema de fondo, que este tipo de espectáculos evidencian que no hay líneas rojas para algunos partidos. Todo está permitido si el objetivo es derribar al oponente. Se parte, por supuesto, de que este representa todos los malos imaginables y que, por lo tanto, es legítimo acabar políticamente con él por cualquier medio. Aunque por el camino caiga su familia, se desprestigie el Senado, el Congreso y cualquier otra institución.

A nivel internacional caminamos hacia un mundo sin reglas, gracias a los inestimables esfuerzos de autócratas como Trump, Putin, Netanyahu y otros, empeñados en violar todas las leyes que permiten a los países convivir sin agredirse. Pero, es que a nivel nacional está sucediendo algo parecido: las leyes y normas no escritas de la democracia, que permiten a los que piensan diferente convivir sin agredirse, también están saltando por los aires. Cuando el respeto se reemplaza por el odio, la democracia tiene los días contados.

Cada línea roja que se traspasa es un paso hacia el abismo. Pensemos por un momento en ese joven que recibe su primer sueldo de 1.400 € en un trabajo a prueba, pretende independizarse y no encuentra un alquiler digno por menos de 1.600 €. Eso sucede tal vez después de haber cursado un grado, un par de másteres y estudiado inglés. ¿Qué podrá pensar del espectáculo del Senado?: obviamente que la política oficial está a lo suyo y que sus problemas de vivienda, y los de muchos otros jóvenes como él, no preocupan a los políticos lo más mínimo.

Cada línea roja que se traspasa engorda un poco más las fuerzas antisistema, que están deseando cargarse la democracia, no para resolver los problemas de los jóvenes ni ningún otro, sino para implantar su ideario ultra de pensamiento único, tal como vemos hacer a Trump en EE.UU., y a Milei en Argentina.

Quizás muchos piensen que el “todo vale” para dañar al contrario no tiene ningún precio. Siempre ha habido desmesuras en la lucha partidista y no ha pasado nada. Si alguna vez eso fue cierto, ahora ya no lo es. El precio de la desmesura lo pagamos todos, lo paga el hecho de que las instituciones y la propia política dejan de ser respetables. Basta con ver en las encuestas ese 27% de votantes de Vox entre los jóvenes, y no tan jóvenes, hasta los 34 años. Y un porcentaje similar que preferiría una dictadura a una democracia.

Dentro de poco quedaran muy pocas personas que quieran dedicarse a la política con vocación de servicio. Solo se interesarán aquellos que esperen servirse de ella para sus fines particulares o de grupo. Algo de eso ha pasado ya en países como Italia y Argentina: los políticos están muy desprestigiados y son denostados por los ciudadanos, pero las personas honradas se cuidan mucho de afiliarse a los partidos.

En algún momento habrá que dar un viraje y volver a debatir con respeto, a discrepar sin insultar, a apoyar políticas útiles aunque las proponga el partido contrario y, sobre todo, a respetar y no servirse de las instituciones. Ojalá no esperemos a que sea demasiado tarde.

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