sábado 18 julio, 2026

La inanidad de Núñez Feijóo

Según la Real Academia Española, el adjetivo inane describe algo que es vano, inútil o carece de contenido y trascendencia. Se emplea habitualmente para referirse a cosas que no aportan nada, que están vacías de significado o que carecen de interés como, por ejemplo, un discurso repetitivo. ¿Alguien puede mo—strar algo  trascendente que haya aportado el señor Feijóo, o aporte actualmente, a la política española? Se trata sin duda de una tarea difícil. Y, sin embargo, entra dentro de lo posible que este señor se convierta en Presidente del Gobierno en un futuro próximo. Si así sucediera, no sería por sus méritos —que son muy pocos—, sino por los errores del adversario.

Su programa político consta de un solo punto, que podría resumirse en la frase “váyase usted que me pongo yo”. Al igual que otros aspirantes populares a presidir el Gobierno de España, su estrategia de oposición no consiste en tratar de seducir a sus potenciales votantes con un programa coherente y bien armado, repleto de propuestas sobre los problemas que preocupan a los españoles, sino tan solo en señalar las deficiencias de quien gobierna, que suelen ser cualesquiera decisiones que este tome. Así, Aznar acababa sus ácidos discursos con un “váyase, señor González”, Rajoy con un “váyase, señor Zapatero” y Feijóo lo hace con un “váyase, señor Sánchez”. Nada nuevo bajo el sol.

Llegó a la política nacional prometiendo no insultar —su predecesor, el señor Casado, había tenido que recurrir al adjetivo “felón” porque había agotado el repertorio de los insultos habituales— y ha conseguido superar en cantidad y variedad los insultos de los anteriores aspirantes populares. Y la razón de fondo no es que los dirigentes populares sean maleducados —aunque lo son bastante—, sino que ese partido, o más bien la derecha sociológica a la que representa, lleva muy mal estar en la oposición.

Tengo la convicción de que la derecha sabe que no puede competir en buena lid con la socialdemocracia o, más en general, con la izquierda. La población española se autoubica en términos ideológicos —en una escala de 1 a 10— en un 4,6, lo que equivale a un centro izquierda moderado. En promedio, tiene en gran estima su sanidad y educación públicas y el sistema de pensiones, le preocupa el cambio climático y es tolerante en materias como el aborto, la eutanasia o las formas que cada uno tenga de vivir su sexualidad.

El Partido Popular no puede ofrecer nada seductor en estos asuntos sino, más bien al contrario, tiene que esconder públicamente su verdadero programa, consistente en privatizar y recortar los servicios públicos, frenar las energías renovables, potenciar la energía nuclear y descafeinar las conquistas de la izquierda en el resto de los temas enumerados. Todo ello, al tiempo que baja los impuestos a las clases más acomodadas. No publicita este programa, pero eso es lo que hace allí donde gobierna. Por eso, han diseñado una estrategia consistente en descalificar cualquier iniciativa —buena o mala— de los gobiernos de izquierda, embarrar la arena política y crear un clima irrespirable mediante hipérboles, insultos y bulos. El mensaje que se transmite es muy claro: “no tendréis tranquilidad mientras gobierne la izquierda”.

Dentro de este habitual contexto crispador, el señor Feijóo ha tenido una aportación original: la de blanquear a la ultraderecha de Vox. Casado no se atrevió a hacerlo, pero, Feijóo, sí. Se ha convencido de que, entenderse con Vox, es la única forma que tiene de llegar al gobierno. Pero, en esa relación de amor-odio con Vox, nos ha regalado otra aportación: la de copiar su discurso con la vana pretensión de robarle votos. En lugar de pactar con Vox desde la diferencia, lo hace desde el mimetismo, con lo que el resultado final es doblemente negativo: por un lado, no consigue desviar ningún voto, más bien consigue lo contrario, que Vox engorde a costa del PP; por otro, normaliza y blanquea el discurso xenófobo y machista de la ultraderecha, con lo que contribuye a difundir esos valores retrógrados en la sociedad.

Lo hemos visto con su oposición a la regularización de los inmigrantes promovida por el gobierno. Aznar llevó a cabo dos regularizaciones durante su mandato y el Partido Popular no se opuso a las que también realizaron González y Zapatero. Pero, en estos tiempos, quienes imperan no son la coherencia ni los principios, sino la competencia con Vox. Y el señor Feijóo es pragmático: no importa cambiar el criterio si el fin lo merece.

En esta ausencia de principios, tampoco le importa desestabilizar el sistema democrático si estima que eso le puede reportar algún voto. Su última ignominia ha sido descalificar como “fábrica de votantes” la llamada “ley de nietos”, que permite optar a la nacionalidad española a, entre otros, los descendientes de aquellos que sufrieron exilio al término de nuestra guerra civil. La ley lleva 15 meses en el Parlamento sin objeciones y el PP propuso una redacción muy similar en 2022. Pero, ahora, de lo que se trata es de parecerse a Vox, que habla de un “golpe de estado en diferido” y a quien no le importa sembrar dudas sobre la solvencia de nuestro sistema electoral. En esa línea, también propone eliminar el voto por correo.

Abundando en este sembrar confusión, durante un tiempo, tanto Vox como el PP se refirieron a la regularización de inmigrantes como un modo de que Sánchez consiguiera nuevos votantes. Afortunadamente, los medios serios han hecho un esfuerzo por desmentir el bulo y, finalmente, han tenido que rectificar o callarse: la regularización no otorga nacionalidad sino residencia, por lo que los regularizados no podrían votar.

Lo último de la factoría Feijóo ha sido proclamar en Cataluña que “hay de pasar página del procés”. Lo dice quien dedicó infinitas energías e improperios en atacar a Sánchez por la ley de amnistía, quien convocó numerosas manifestaciones denunciando su “traición”, quien se negó a cualquier interlocución con Junts y quien descalificó a aquellos que la tenían. Ahora, en cambio, estaría dispuesto a hablar con ellos y a pasar página, tan solo porque así le cuadrarían los números con los que poner una moción de censura a Sánchez. Pero, como además de inane, es también un dirigente débil, ya se han encargado Aznar y Ayuso de ponerle en su sitio: “no vayas por ahí, muchacho”.

Programa electoral desconocido, pactos con la ultraderecha, mimetismo con su discurso, ausencia de principios, debilidad, … ese es el patrimonio de este supuesto líder. Se me abren los carcañales de imaginar lo que haría un gobierno de este señor con Santiago Abascal sentado a su derecha.

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